ABOGAR POR VOCACION
El
29 de Agosto de cada año celebramos el Dia del Abogado (y Abogada), en homenaje
a Juan Bautista Alberdi, un enorme jurista con una especial sensibilidad por la
música, a quien conocemos por ser el autor de las Bases y Puntos de partida
para la Organización Política de República Argentina.
Siendo este el marco, compartir mi experiencia en el
ejercicio de esta profesión, constituye en lo personal una oportunidad para mirar
el camino recorrido, y preguntarme si estoy en el lugar donde -de joven -me
hubiera gustado estar, o haciendo lo que - de adolescente- deseaba hacer. De
igual manera, celebro la oportunidad de compartir este trayecto del camino con
los lectores de Mundar,
Si me remonto al momento en que elegí
estudiar Abogacía, estoy segura que no dimensionaba los matices y la amplitud
de posibilidades (y dificultades) que esta profesión me brindaría. Me
entusiasmaba la idea de acompañar a las personas en su búsqueda de justicia, aunque
no dimensionaba cómo se encaminaba la “Búsqueda” o el acceso a la Justicia. En
esta elección, mi familia tuvo mucho que ver. Y no porque haya habido
profesionales del derecho en mi entorno, de hecho, junto a mis hermanas fuimos
la primera generación de la familia en acceder a la Universidad. Probablemente mi
inquietud por esta profesión tuvo que ver con el profundo sentido lo justo, y
de estar cerca y acompañar a aquellas personas, que por múltiples y complejos
motivos viven situaciones difíciles e injustas. En mi caso, me decidí por este
camino, y mis hermanas tomaron rutas similares desde el campo de la salud y las
humanidades.
El día que recibí mi título de Abogada, fue una enorme
alegría personal y colectiva. Creo que quien más disfrutó de esa noticia, fue
mi abuelo materno, un obrero del monte santiagueño quien en su experiencia de
vida había atravesado situaciones de explotación laboral, y tal vez, sin saber
que era titular-sujeto de derechos, solo trabajaba con un profundo sentido de la
dignidad y el respeto.
Ya con el título en mano, era la
hora de poner en práctica aquellos saberes que la universidad me había aportado.
Si bien al principio imaginaba que la tarea transcurriría en un Estudio
jurídico o “pasilleando tribunales”, me daba cuenta que no era tan así, puesto
que cada historia que llegaba a la consulta requería de una mirada más amplia,
que permitiera un abordaje integral de la situación. Téngase en cuenta que por aquel entonces, en las
facultades de derecho, nos enseñaban leyes que contemplaban la resolución de
conflictos y, muchas problemáticas -salvo honrosas excepciones- se abordaban divorciadas
de la miradas de otras disciplinas, sin contemplar la multicausalidad de
factores generadores de un conflicto. Probablemente ello fue así, porque la
formación de los y las profesionales del derecho y el ejercicio de la abogacía,
estuvo planteado con una visión hegemónica respecto de las demás ciencias (mal
llamadas) auxiliares. Y esa visión- en muchos casos- se tradujo también al
ejercicio de la profesión. La facultad no nos había enseñado a trabajar en
equipos. Tampoco nos enseñó a intervenir en los conflictos desde una mirada holística, global o
integrada.
En ese camino de aprender a “Ser
Abogada”, sentía que el trabajo de laboratorio, a veces solitario, no lograba
completar esas expectativas que me motivaron al momento de elegir esta
profesión. Andando, me encontré con otros profesionales del derecho, inquietos
y ávidos por encaminar la tarea de abogar desde otra perspectiva. Más que colegas,
los sentía compañeros y compañeras. No nos habíamos cruzado nunca en la vida,
sin embargo, parecía que nos conocíamos desde siempre. Y cómo no sentir eso, si
compartíamos una visión similar de la profesión. Entendíamos que la abogacía también
se podía ejercer en ámbitos no tradicionales, acompañando la resolución de conflictos
colectivos, ya sea generando espacios plurales que incidan y transformen prácticas,
paradigmas, políticas públicas desde la mirada de los derechos humanos. Así fuimos
generando proyectos, y aprendiendo a trabajar en equipos junto a otros
profesionales de las ciencias sociales y de las ciencias exactas,
intercambiando saberes y promoviendo actividades de formación y promoción de
derechos. PRADE (Practica Alternativa del Derecho) era el nombre del espacio
que nos contenía y nos impulsaba a buscar otra veta a la profesión, “acercar el
derecho a la gente”.
La abogacía me fue llevando por caminos insospechados, y principalmente
por el campo de lo social. Me encontró abordando de manera especial, problemáticas
vinculadas con el derecho de las familias, de las infancias y adolescencias, rama
dinámica del derecho, estrechamente vinculada con la multiculturalidad, el
pluralismo de ideas y con la autonomía de la voluntad. Los nuevos paradigmas fueron interpelándome, y
me ayudaron a romper con estructuras desfasadas y anquilosadas, como así
también confirmar la idea que el derecho por sí mismo, en soledad, no puede dar
respuesta a la variada experiencia humana, por lo cual es ineludible el entrecruzamiento
del derecho con otras disciplinas.
La experiencia de haber formado parte de espacios colectivos,
como así también la participación en equipos técnicos, o la coordinación de equipos
de trabajo desde la gestión pública, me permiten aseverar que los cambios
desarrollados a partir de la constitucionalización y convencionalización del
derecho privado, demandan un compromiso mayor en los y las abogadas, puesto que
el derecho se erige como una herramienta de transformación social, tanto a
nivel colectivo como individual. De igual modo, siento que el ejercicio de la
profesión en el campo de lo privado exige una escucha activa, una intervención
respetuosa de las
múltiples relaciones que las personas establecen en lo personal, familiar y o
en los distintos vínculos y proyectos que forjan. Nuestra
tarea, implica también el abandono del rigor excesivo de las formas y del lenguaje
técnico que aleja a las personas de la comprensión del conflicto que los tiene
como parte. La tarea de abogar supone acompañar sin desplazar las posibilidades
subjetivas de cada persona, sabiendo que cada ser humano es protagonista de su
historia y del ejercicio de su libertad y autonomía.
Mientras voy terminando mi relato, pienso nuevamente en el
significado de Abogar y cuántas acciones resultan necesarias para defender,
respaldar, arbitrar, mediar, moderar, negociar, apoyar, patrocinar, conciliar,
interceder por los derechos de las personas que buscan la justicia. Y vienen a
mi mente las caminatas diarias a tribunales o las fiscalías. Pienso en las
esperas en cada juzgado o reparticiones (a veces interminables y en tiempos de
pandemia, mas), pienso en cada golpe de puerta para “encontrar la respuesta”,
Recuerdo los numerosos llamados telefónicos, la presentación de escritos Pienso
en la preparación de audiencias, la coordinación de estrategias de trabajo, el
trabajo en el estudio…Y hay días en que como Mafalda digo: “Paren el mundo me
quiero bajar!” Y hay días (y que por suerte son muchos), donde la pasión por mi
tarea me impulsa a seguir adelante, y por suerte también me encuentra de la
mano de mi querida socia y amiga Cecilia, con quien transitamos este camino.
