AHORA VIENE PALUMBO
Sí, ahora viene, en cualquier rato. Esta es la hora en que sabe venir, son las 16:30, hay sol, él viene en bicicleta o caminando o en el bondi y no lo para la siesta de Termidor ni la ventisca de Brumario. Avanza sólido y temperado con la guitarra al hombro y su robusta humanidad sonriente, exigente y aceptante del vaso de vino que le ofrezco. Y como no, dirá él, y chocaremos los vasos y me dará un abrazo cuánto hacía que no lo veía capitán, es que la cubierta es ancha y ajena, querido contramaestre, diré yo, y por eso a veces nos perdemos de vista en estas semejantes tormentas de los últimos tiempos, usted se acuerda, sí, sí, sí, estuvieron de por medio Saturno, Vulcano, y Thor, debe ser el de la editorial, esos son los libros que me leía mi papá, creo que dirá él. Bastará esa referencia para que me acuerde de todo lo que escuché de su padre de igual nombre, Don Alfredo Palumbo, squire local y emprendedor finquero en Los Mimbres, Manogasta. Venían de Capracotta si mal no recuerdo, formando parte de la corriente italiana que pobló de tambos y viñas la capital, al sud, desde San José de Belgrano hasta el nacimiento del río Nambi. Antes que me diga: capitán, estos recuerdos me hacen bien, podemos tomar otro, yo mismo iré a servir, cómo lo quiere contramaestre, purito o sodiao, hoy asústemelo un poquito capitán si no es molestia, y haga de cuenta que estamos de sobremesa en casa, hola Teresa, pasaba por aquicito nomás y me dio por venir a verla, de lo bien que hizo, ya le traigo un cenicero, y va a buscarlo, y allí pondré las frases que hasta 50 ahora no podía escribir. Entonces, alguien llega, Anuna sos vos, sí, eres tú, y yo soy el padre Gerardo sentado en el confesionario de la Catedral hacia 1983, por favor, amásanos algo con tus manos de maíz y tus bíceps de antigua hembra profunda y fuerte como el humo que ahora llega a mis narices, quiere una tuquita capitán, gracias, me viene muy bien, y de tus pechos no hablo, qué suerte que estamos todos, y capaz que después aparecen Shin-fu, Juan de Dios, Lay & Bam, yo les avisé, pero cada uno anda en lo suyo. Hablando de todo un poco no tiene alguito de paciencia capitán, nada querido contramaestre, por eso nótame usted impaciente y ventisquero como Eolo y con un trueno negro en la cabeza, y usted no tiene nada, nada, pero lo que se dice nada, no, no tengo, pero si usted quiere se hace y se hace ya, cuanto quiere capitán, me refiero al filo, chincuina o pentágono como siempre, ya hablo, aguante un minuto con mano firme el timón, y así hice, mientras él enunciaba ante el teléfono los términos técnicos de la operación que cabía al corredor de bolsa y al ropavejero de la Pellegrini, hola amigo, todavía le quedan esos vaqueritos de veinticinco, anóteme dos enseguida los paso a buscar, de qué talle me habla, ah sí, que sean como para mí, grandecitos, todo lo que se pueda. Es cierto que las telas llegaron junto al cuerpo del crepuscular cartero, que no las traía en el kasche como indica la tradición sino en cierto escondite secreto que afortunadamente olvidé pues si algo conviene al poblador de los márgenes es tener muy buena memoria y a la vez saber hacerse el olvidado. La guitarra está diciendo primero la desmenuza con la yema de los dedos, después la vuelca en la seda como si fuera cunita, ay niño envuelto en el humo, angelito por el aire, posibles vidalas o cifras que podemos intentar cuando venga. Porque ya viene. Y cuando viene, siempre intenta. Antes que llegaran los fríos se había ido para el lado de Cafayate, pero me dijo Kuno que ya volvió. Así que en cualquier minuto aparece. Le sirvo un vasito ya. Son las 22. A esta hora también suele caer. La magia de la tierra Este es Alfredo Palumbo, 43 años recién cumplidos, dos hijos. Larga complicidad con la guitarra y con las costumbres del lugar que, sin embargo, han hecho de él algo más que un músico, algo más que un paisano. Jorge Rosenberg lo llamó su maestro de metafísica, definición que yo considero justísima, pero que a él sólo consigue hacerlo reír bien fuerte. Hombre de naturaleza rabelesiana, huye de toda definición, de todo molde, de toda profesión. Eso sí, cultiva los quehaceres vitales con gran esmero: la artesanía, la conversación, el cultivo del anquito y la sandía en la tierra de sus ancestros, la amistad, el arte de expresarse con la guitarra. Los versos que acompañan esta nota quisieron ser, ya nacidos, una zamba. Pero el alma de Palumbo, musicalmente hablando, es tan robusta allí como en la vidala o en un mantra, en la chacarera añeja o improvisando una y otra vez, junto con Ricardo Sgoifo, el tema del airampo. Rehuye el artificio y la vulgaridad, el escenario y la molicie. Se entiende con pareja naturalidad con la pala, las estrellas del cielo, el mástil de la guitarra, los innumerables nombres de las plantas, los bichitos del monte, la trincheta y la gubia con las que modela unas cajitas pequeñas donde se guardan los secretos Pluma y Pincel, Nuevo Diario de Santiago del Estero, 16 de agosto de 1992. 51 Alfredo Palumbo (1945-2010), músico por naturaleza y popular por adjetivación obvia que no le gustaría, ya que en algunos momentos cultivó la impopularidad, pagando por ella los altos costos que requiere. Nació en Manogasta, donde ahora reside junto a la Teresa, su mamá, que también siento como mía. Me contó que una vez le sangraron los dedos de tanto apretar bordonas. Pero no se le gastaron las manos. Es autor de "El tupinambis", "Pashkil de sueños", el vals "Pequeños movimientos", y cincuenta temas más. Le debemos la música de "No necesito palabras", con letra de Ricardo Sgoifo. Místico y un tanto profeta. Infatigable en el arte de en-cantar. Salud, maestro.
Guillermo Gardenal recuperó su cancionero hace dos años y se lo puede ver en el Google. Es una obra valiosa y un ejemplo de memoria generacional que otros jóvenes cultivan.

Dibujos, Alberto Tasso