AL LECTOR CON CARIÑO

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Lunes, 19 de Junio del 2023

AL LECTOR CON CARIÑO

para Daniel Yocca, lector de antes

Los lectores y lectoras sabemos que la lectura va unida a una pasión, a una pulsión, a un interés por leer que aparece en algunas personas y que nos modifica la vida para siempre. En mi caso recuerdo el “no te sientas vencido ni aun vencido” de Almafuerte e inmediatamente el “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendia” de Cien Años de Soledad. Cuando puedo conversar sobre esto, me gusta saber cuáles son los libros con los que iniciaron el periplo lector, qué poema, qué cuento, qué novela despertaron en cada quien la sensibilidad que al día de hoy acompaña esa misteriosa acción de leer.

Tal vez sea Cervantes uno de los primeros lectores que nos contó sobre las marcas de la lectura en la vida de las personas. El Quijote, ese lector genial y perturbado, siente en su vida la huella de tantos libros que ha leído. En el caso de Jorge Luis Borges podemos suponer que su ceguera es casi una consecuencia de la lectura (aunque no lo sea) y sin embargo este destino no ha modificado su condición de lector y así lo manifiesta cuando afirma: “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.

En mi camino lector sigo las huellas de quienes van dejando señales para los que venimos detrás. Para ello es importante andar atento por la vida. Conversar y retener, buscar libros, autores, referencias ocultas y leer, siempre leer y disfrutar. Yo trabajo de abogado solo para poder leer me decía Daniel Yocca (gran conversador, exquisito lector, cómplice en el humor y mejor persona), que llevaba con orgullo su libreta con el registro de los libros leídos por año y le gustaba presumir del orden personal con que los acomodaba.

Puedo afirmar que en mi caso, la lectura me ha llevado por muchos caminos y cuando he tenido que elegir entre ella o mí trabajo, la elegí con gusto. Por seguirla me encuentro en este momento hermoso de mi vida donde ella ocupa un lugar central. Y no he llegado solo, mi amigo Kenneth viene a la par y vamos transitando juntos las arduas y felices calles de los libros. En ellas hemos encontrado la más variada tropa lectora que uno se pueda imaginar. Nos hemos hecho compañeros y compañeras de ruta nuevos que, en muchos casos, nos han brindado su cariño y regalado su amistad. Por eso cuando nos dejan, duele y se añora su visita.

Me contaba Daniel Yocca que le habían contado en Bs As, durante sus frecuentes paseos por las librerías de la ciudad que, entre los libreros, hay una actividad conocida como gilardonear que es definida como la acción o efecto de pasear por las librerías de la ciudad para mirar libros. Así, cuando uno entra a, por ejemplo, la librería Hernández o a la librería Guadalquivir y te preguntan si te pueden ayudar en algo, vos puedes contestar “sólo vengo a gilardonear” y el coso que atiende sabe que debe alejarse y dejarte tranquilo pasear por cada estante de la librería. Y esto Daniel lo sabia por un librero de la calle Corrientes que le contó que Gilardoni (o Gilardone) era una espacie de Funes el memorioso y conocía todas las librerías de Buenos Aires con un detalle asombroso. Si le preguntabas al sujeto en cuestión por una obra, por ejemplo “Fervor de Buenos Aires” en su primera edición, era capaz de indicarte en cuál librería podías buscar ese libro. De tanto andar paseando por ellas, los propios libreros empezaron a correr la bola: “ese solo anda gilardoneando” y lo dejaban tranquilo que mire.

“Los lectores son gente rara ¿queno?”, decía mi amigo Daniel con una sonrisa cómplice.

En otra oportunidad, en la vieja librería Hiperión de calle Belgrano, me encontré con Daniel. Yo buscaba un libro de historia argentina y al pedirle al vendedor su recomendación, Daniel, como al pasar, me extendió su sugerencia. Años más tarde, en Utopía, la librería que ocupa mis días y que construimos con Kenneth, le recordé esta anécdota que había quedado grabada en mi memoria; para mi sorpresa, él también la recordaba. Dudé si me decía la verdad, entonces le pregunté por el libro que en esa oportunidad me había sugerido, sin vacilar afirmó: "Argentina: el siglo del progreso y la oscuridad" de María Seoane, y añadió: "años de gilardonear por las librerías santiagueñas".

Cuando uno se topa con gente de este calibre, no se la olvida así nomás. Al conocer su calidad de lector y su obsesión lectora, aprendes a admirar y tiendes a imitar su ejemplo. No sé si podré jamás tener una libreta donde anotar las lecturas del año, ni ordenar la biblioteca de mi casa con el esmero y la meticulosidad de Daniel. Sí sé que, como él, busco leer muchos libros a la vez, busco transmitir esa pasión que siento cuando un libro me ha gustado para que lo lean también y ayudar al posible lector/a a emprender de una vez el camino de leer, para alcanzar a concebir la lectura, como pensaba Borges (y la practicaba Daniel) solo en términos de felicidad.



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