AL LECTOR CON CARIÑO
para Daniel Yocca, lector de antes
Los
lectores y lectoras sabemos que la lectura va unida a una pasión, a una
pulsión, a un interés por leer que aparece en algunas personas y que nos
modifica la vida para siempre. En mi caso recuerdo el “no te sientas vencido ni
aun vencido” de Almafuerte e inmediatamente el “muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendia” de Cien Años de Soledad. Cuando puedo conversar sobre esto, me
gusta saber cuáles son los libros con los que iniciaron el periplo lector, qué
poema, qué cuento, qué novela despertaron en cada quien la sensibilidad que al
día de hoy acompaña esa misteriosa acción de leer.
Tal vez sea Cervantes uno de los primeros lectores que
nos contó sobre las marcas de la lectura en la vida de las personas. El
Quijote, ese lector genial y perturbado, siente en su vida la huella de tantos
libros que ha leído. En el caso de Jorge Luis Borges podemos suponer que su
ceguera es casi una consecuencia de la lectura (aunque no lo sea) y sin embargo
este destino no ha modificado su condición de lector y así lo manifiesta cuando
afirma: “Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven”.
En mi camino lector sigo las huellas de quienes van
dejando señales para los que venimos detrás. Para ello es importante andar
atento por la vida. Conversar y retener, buscar libros, autores, referencias
ocultas y leer, siempre leer y disfrutar. Yo trabajo de abogado solo
para poder leer me decía Daniel Yocca (gran conversador, exquisito lector,
cómplice en el humor y mejor persona), que llevaba con orgullo su libreta con
el registro de los libros leídos por año y le gustaba presumir del orden
personal con que los acomodaba.
Puedo
afirmar que en mi caso, la lectura me ha llevado por muchos caminos y cuando he
tenido que elegir entre ella o mí trabajo, la elegí con gusto. Por seguirla me
encuentro en este momento hermoso de mi
vida donde ella ocupa un lugar central. Y no he llegado solo, mi amigo Kenneth
viene a la par y vamos transitando juntos las arduas y felices calles de los libros.
En ellas hemos encontrado la más variada tropa lectora que uno se pueda
imaginar. Nos hemos hecho compañeros y compañeras de ruta nuevos que, en muchos
casos, nos han brindado su cariño y regalado su amistad. Por eso cuando nos
dejan, duele y se añora su visita.
Me contaba Daniel Yocca que le habían contado en Bs As,
durante sus frecuentes paseos por las librerías de la ciudad que, entre los
libreros, hay una actividad conocida como gilardonear que es definida como la
acción o efecto de pasear por las librerías de la ciudad para mirar libros. Así,
cuando uno entra a, por ejemplo, la librería Hernández o a la librería Guadalquivir
y te preguntan si te pueden ayudar en algo, vos puedes contestar “sólo vengo a
gilardonear” y el coso que atiende sabe que debe alejarse y dejarte tranquilo
pasear por cada estante de la librería. Y esto Daniel lo sabia por un librero
de la calle Corrientes que le contó que Gilardoni (o Gilardone) era una espacie
de Funes el memorioso y conocía todas las librerías de Buenos Aires con un
detalle asombroso. Si le preguntabas al sujeto en cuestión por una obra, por
ejemplo “Fervor de Buenos Aires” en su primera edición, era capaz de indicarte
en cuál librería podías buscar ese libro. De tanto andar paseando por ellas, los
propios libreros empezaron a correr la bola: “ese solo anda gilardoneando” y lo
dejaban tranquilo que mire.
“Los lectores son gente rara ¿queno?”, decía mi amigo
Daniel con una sonrisa cómplice.
En
otra oportunidad, en la vieja librería Hiperión de calle Belgrano, me encontré
con Daniel. Yo buscaba un libro de historia argentina y al pedirle al vendedor
su recomendación, Daniel, como al pasar, me extendió su sugerencia. Años más
tarde, en Utopía, la librería que ocupa mis días y que construimos con Kenneth,
le recordé esta anécdota que había quedado grabada en mi memoria; para mi
sorpresa, él también la recordaba. Dudé si me decía la verdad, entonces le
pregunté por el libro que en esa oportunidad me había sugerido, sin vacilar
afirmó: "Argentina: el siglo del progreso y la oscuridad" de María
Seoane, y añadió: "años de gilardonear por las librerías
santiagueñas".
Cuando uno se topa con gente de este calibre, no se la
olvida así nomás. Al conocer su calidad de lector y su obsesión lectora,
aprendes a admirar y tiendes a imitar su ejemplo. No sé si podré jamás tener
una libreta donde anotar las lecturas del año, ni ordenar la biblioteca de mi
casa con el esmero y la meticulosidad de Daniel. Sí sé que, como él, busco leer
muchos libros a la vez, busco transmitir esa pasión que siento cuando un libro
me ha gustado para que lo lean también y ayudar al posible lector/a a emprender
de una vez el camino de leer, para alcanzar a concebir la lectura, como pensaba
Borges (y la practicaba Daniel) solo en términos de felicidad.