ALGUNAS DE LAS INFINITAS COSAS QUE ME ENSEÑO MI ABUELA

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Sábado, 14 de Agosto del 2021

ALGUNAS DE LAS INFINITAS COSAS QUE ME ENSEÑO MI ABUELA

Quiero recordar con ojos de niño a mi abuela, me he venido a su casa a escribir, a recorrer todos los lugares a donde podría sentarme a esperarla. Desde su sillón, el tango sonaba como una música de ensueño, ella contagiaba la ensoñación  cuando se subía a la letra y cantaba largas estrofas  de memoria.  A veces, mientras escuchábamos la radio se acordaba de Frias y era como si trazara el pueblo frente a nosotros. En su niñez había una “difusora”, era un gran parlante  colgado en un poste de luz, un cono sonoro que desde la plaza musicalizaba todo el pueblo. El amor por la poesía de cada tango me lo enseño con el cuidado que atesoraba sus discos y casettes.  
Su casa fue un lugar para aprender las tablas de multiplicar caminando en el patio con las multiplicaciones manuscritas por ella. Cortar y pegar figuras. Armar frases.  Hasta salir andar en bici con rueditas, añorando el equilibrio.  
Para cada propuesta tenía una historia, me hablaba con gran entusiasmo sobre un piano que tocaba su madre, uno de mis cumpleaños me regalo un teclado, pero su casa siempre tuvo ese piano en algún rincón atesorado. Me vincule con aquel instrumento por la historia que ella me conto, no porque me haya dicho: “Sebastian tienes que tocar el piano”.  Cuando entro alguna en casa que tiene reservado el piano en algún rincón como una reliquia me acuerdo de ella. 
Llegue a compartir reuniones con sus amigas en el living, me sentaba a su lado y escuchaba la grave conversación de viudas y jubiladas, dolencias, anécdotas y medicamentos, hasta que una vez no tuve mejor idea que gatear por debajo de la mesa donde todas aquellas señoras estaban merendando, el ángulo de mi curiosidad fue tan molesta que me termino echando. Después era ella quien recapitulaba la historia a las carcajadas.
Una noche me enseñó que no tener miedo era por sobre todas las cosas una cuestión de ingenio. Encontrándonos circunstancialmente en su casa, un señor tocó la puerta, ella abrió la puerta convencida de que se trataba de mi madre, cuando confronto el rostro de un desconocido quedo sorprendida. El extraño que ofrecía alguna cosa de venta ambulante  pensó al verla solitaria en su casa ella había sentido miedo,  y entonces la previno:  ¡no tenga miedo señora!  Ella puso se puso seria y retruco "no señor yo no tengo miedo, yo siempre ando con mi revolver" exhibiendo una de sus manos adentro del bolsillo del saco como si el arma cargada de encontrará empuñada en la derecha. El tipo quedo helado y se fue casi corriendo. 
El menú especial de ella eran unas milanesas con papa fritas que cocinaba en segundos, supo demostrarme con gran categoría que la comida frita siempre será la mas rica. En alguna de esas sobremesas promoviéndome una alternativa al visible embole que arreciaba la siesta, me planteo ¿Y por que no haces una festichola en el patio? Recuerdo la planificación, para las compras, la música, en un momento la luz apagada y uno agitando una linterna. La palabra festichola es una ocurrencia primaveral que solo le pertenecía a ella.
Una tarde me convoco a la cocina y como si hubiera estado ensayando el relato, comenzó a  contarme la historia de la  mexicana virgen de Guadalupe. En el momento en que Juan Diego deslizaba las rosas al suelo y se descubría la virgen estampada en el humilde trapo del Indio, en ese preciso momento su voz se quebró emocionada, la historia terminaba con lagrimas en sus ojos.  Ahí aprendí que era  la fe. Cuando falleció mi abuelo escribí una poesía sencilla, ella la leyó, la hizo imprimir y la puso en un cuadro en casa. Fue la primera que me edito un texto haciéndolo cuadro.
Cada tarde me enseñaba la poesía. Corría el toldo cuando el sol recuperaba simpatía en el patio, como quien abre el telón del cielo,  ese era un ejercicio ritual. Ella tiraba de la soga para ver colorear el crepúsculo en las plantas, sobre el limonero. Siempre andaba atenta a los astros, las nubes, aquello que acontecía en las alturas era una cotidiana maravilla. Después íbamos a la puerta a esperar alguien o solo ver pasar la gente, al tiempo que se iba por la vereda, escuchábamos los pájaros que amontonaban sus trinos en el árbol del vecino, "vuelven a dormir", me decía.
Tuve con ella las primeras conversaciones sobre la muerte. Mi bis abuela, Clara, segundos antes de partir le hizo con su dedo índice la señal del silencio para que no llorara, ella estaba al pie de su cama despidiéndose y su madre, partiendo, la consolaba. Elijo ese recuerdo imborrable para evocarla con los ojos de un niño que la extraña.



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