ALMAMULA ES UN VIAJE DESDE LA OSCURIDAD HACIA LA LUZ
El
canto de coyuyo se acerca en este 2023 que va entrando en su ocaso y en la
marca de su paso nos deja el estreno de Almamula
como el acontecimiento del año. La opera prima de Juan Torales sacudió el calendario
cultural de Santiago del Estero, sellando con su presencia en las pantallas de
los cines un hecho inédito: ser la primera película de un autor santiagueño,
filmada en locaciones de la provincia, en alcanzar el estreno comercial y la
distribución nacional.
A la par de un impresionante recorrido internacional que incluye, entre otros, festivales de la talla del NewFest International New York (USA), el Chicago International Film Festival (USA), la 47˚ Mostra Internacional de Cine de Sao Paulo (Brasil), Tel Aviv International Film Festival (Israel), Stockholm International Film Festival (Suecia), Brussels Pink Screens (Bélgica), Festival Internacional de Huelva (España), Cheries Chéris LGBTQ Film Fest Paris (Francia) y la 73° edición de la Berlinale (Alemania); y con premios cosechados en el Inside Out Toronto, Canadá (Mejor Primer Película), en el Oslo Fusion de Noruega (Mención de Honor Largometraje de Ficción) y en el Festival Entre Glaciares de Calafate (Mención Especial a la Dirección). Almamula estrenó en Santiago del Estero el 24 de agosto y se mantuvo en cartelera por seis semanas con gran demanda de público. Ni la Marvel lo habría fantaseado.
Nacido y criado en nuestra ciudad, Torales reside en París desde al año 2007, a donde se mudó tras estudiar cine en Córdoba. En Francia trabaja de editor de documentales para cadenas televisivas como TV5 Monde, Canal Plus y Arte, entre otras. Cada año, Juan visita la provincia durante el verano pero esta vez tuvo que adelantar el viaje para acompañar el estreno de su ópera prima en esta suerte de primavera fresca que los santiagueños tenemos por invierno. Dialogamos con él.
¿Cómo
vives todo lo que está pasando con Almamula?
Estas seis semanas en cartel empezaron con una avant première en la que la verdad no sabía qué iba a pasar. Incertidumbre total y misterio de cómo la gente iba a reaccionar con la película. Para mi sorpresa el recibimiento fue más que positivo. Sentí mucho orgullo por parte del público. Todos muy sorprendidos con la calidad del film. Hubo también sensaciones y emociones encontradas como desconcierto e incomodidad, alegría y bronca. Pero todo desde un punto analítico y siempre de admiración por la obra. Hay cosas que uno ya no puede controlar cuando la película está en salas. Hoy puedo confirmar que es un film que no deja a la gente indiferente y eso es algo valiosísimo para mi. Personalmente me voy con el recuerdo de las salas llenas, la gente entusiasmada haciendo cola, las funciones especiales con los actores. Los debates y las polémicas post proyección hablando sobre temas que nunca pensé poder abordar abiertamente en Santiago. Fue muy sanador, me siento libre y ligero para lo que sigue.
¿Cuánto de autoreferencial tiene la película?
Puedo darte cifras exactas, un setenta por ciento autorreferencial y un treinta por ciento ficcionado. Almamula parte de una herida de mi preadolescencia, de la pubertad. Ese momento en que te crecen pelos por todo el cuerpo, en que las hormonas estallan y se mantiene ese fuego del despertar sexual adentro de tu cuerpo, pierdes el miedo a muchas cosas, te quieres rebelar de tus padres y a veces te metes en situaciones peligrosas sin saberlo. Y esa necesidad de pertenecer, pertenecer a un grupo, pertenecer a alguien creo que se refleja en Almamula. Pero, sobre todo, habiéndolo conocido, es como el limbo de la vergüenza y de la culpa. Un limbo que, como se ve en los primeros cincos minutos de la película, conlleva violencia física y psicológica. A veces, para un niño que no tiene las herramientas para expresar tanta presión, uno se crea una realidad paralela y está como en un limbo, en una especie de oscuridad y tratando de descubrir la luz. Así que siempre hablo del Almamula como un viaje desde la oscuridad hacia la luz. En cierta forma es lo que traté de plasmar en la película.
Dentro
de un cine personal, la influencia de Martel es clara y también puede verse algún
trazo de Apichatpong Weerasethakul, sobretodo en la forma en cómo tratas el
monte y lo mitológico. Al momento de escribir, ¿las referencias cuentan o el
proceso fluye de un modo más personal? ¿Hay un balance entre tus lecturas y tu
experiencia?
En una película tan personal como Almamula, que parte de una necesidad de sanar las heridas de un niño interior, la cosa funciona de otra manera. Al menos para mi. Cuando empecé a escribir la película también empezaba psicoanálisis y trabajé mucho sobre mi subconsciente. En el momento en que desbloqueé ciertos aspectos y ciertas llavecitas de mi pasado, se abrió como un proyector en mi cabeza que empezó a bombardear imágenes de cosas que viví, de cosas de las que fui testigo, sonidos y cosas que me contaron. Sensaciones. A partir de ese momento supe que no tenía que hacer un melodrama de mi infancia. Supe que tenía que hacer una película de sensaciones. No sólo por ir en contra de la estructura sino porque realmente me interesaba la sensación más que la emoción. Porque ir hacia la emoción iba a ser más doloroso y no sé si hubiera llegado al final del camino de Almamula. Trabajar sobre la sensación fue mucho más placentero y cinematográficamente mucho más rico. Creo que generar una emoción es válido y necesario para identificarse a un personaje, pero trabajar sobre las sensaciones me parecía un camino diferente y fascinante en cuanto a la construcción cinematográfico. Por eso me basé en mi inconsciente. Almamula es una pintura inconsciente de esos momentos de mi vida. Y lo que se ve en la película es eso; son pinceladas, fotogramas fantamasgóricos de mi pubertad. Y sí, se encuentran paralelismos con otros cines porque forman parte de mi inconsciente. El cine de Lucrecia representa el cine federal, el cine norteño. Es pionero. Y evidentemente hay locaciones, decorados, ambientes y sonidos que remiten a su cine. Entiendo el paralelismo con Apichatpong pero sinceramente el Almamula, la forma del monstruo de mi película, es algo que yo podría haber visto en el monte, perdido entre las ramas negras de los algarrobos. Siempre esperaba ver esa mujer fina, flaca y de piel parecida a los troncos de los algarrobos. De hecho el monstruo de la película es así y elegí no poner los detalles porque eso llevaba la película hacia otro tono. Es un orgullo que se relacione mi película a Martel y Apichatpong como referencias pero sinceramente creo que son elementos que están sólo en mi inconsciente, que es parte de este ejercicio inconsciente. Escribir fue realmente una urgencia. Traté de ser lo más fiel a esa urgencia y a no trabajar sobre sobre las emociones y hacerlo más sobre las sensaciones.
El monte es un paisaje arisco para filmar, difícil para el encuadre de una mirada urbanizada como la que predomina en el cine argentino. Sin embargo, está muy presente en tu obra, ¿qué significa el monte santiagueño para vos?
El monte santiagueño significa muchas cosas para mi. Si le preguntas al Juan de catorce años te va a decir «es el lugar donde me gusta evadirme y olvidarme de todo lo malo que me pasa en la ciudad. El lugar en el que me encantaría encontrarme con un ser de otro mundo y que me lleve a mostrarme otra realidad». El Juan de ahora te diría que el monte es como un inframundo, un lugar donde todo es posible. ¿Alguna vez has ido al monte a las siete de la tarde, en diciembre, a sentarte debajo de los algarrobos y escuchar a los coyuyos? Es lo más fascinante que te va a pasar en tu vida. Lo hice este verano y entendí cómo cantan las tres especies de coyuyos para hacer este coro en bucle. Es la banda sonora de cualquier verano santiagueño. La experiencia vibracional que vive tu cuerpo es increíble y casi sanadora te diría. Creo que voy a implementar la coyuyo terapia (risas), es algo que no tiene explicación. Es lo que traté de plasmar en Almamula con los coyuyos y con la naturaleza, crear este inframundo, lugar separado de la hostilidad, de la realidad, de la doctrina, de la religión, de la política y de la violencia. Para mi el monte es ese lugar de escapatoria. El monte es cuna de todo el arte santiagueño. Es de ahí de donde sale el folclore, de ahí nacen los mitos. Cómo no darle un lugar preponderante en mi película a un lugar tan simbólico para mi vida y para mi provincia. Es una belleza. Es un paisaje que cambia cada kilómetro. Un paisaje que se adapta a cualquier tipo de clima, puede ser una jungla o un desierto lleno de espinas. Es fascinante. Para mi era más que necesario tenerlo presente en Almamula por todo esto.
El monte castiga pero también puede ser liberador, en este sentido hay un personaje muy interesante en Almamula que juega en esta zona ambigua, el Malevo. ¿Cómo llegaste a él?
Ese personaje existió en mi vida. Todos tenemos como un guía, un mentor. Y en esas siestas que venía con mi papá al campo y me metía al monte y hablaba con los empleados de la finca. Ahí tuve como un mentor que me contó de las leyendas y de los secretos del monte. Era mi amigo con el que íbamos a bañarnos al canal y a pescar bagres. Era esa persona que no podía querer, con la que sabía que no iba a pasar más que esto. Todo parte de una vivencia. Creo que el personaje del peón es como mi mentor. Es alguien que está presente desde el silencio. Alguien que lo acompaña (a Nino, protagonista de Almamula) mostrándole cosas que el resto de la gente no le muestra. Una persona que le tiene paciencia, que lo observa. Cada vez que él aparece, aparece el cielo en la película. El único momento en que se ve el cielo es en el río y al final de la película. De alguna manera eso representa lo que es Malevo; una bocanada de aire. A Beto Frágola, el actor, lo conocí en un bar una noche. Primero me atrajo su fisonomía, luego noté la dureza de su mirada y la dulzura de su voz. Eso me movilizó y le pedí que viniera al casting al día siguiente. Vino e hizo el peor casting que vi, pero io sentía que tenía mucho potencial. Vino al segundo y fue todo un descubrimiento para el casting de Almamula. No sólo se sabía toda su letra sino que se inspiró en los clientes del negocio donde trabajaba en ese momento para componer su personaje. Pasó de la nada al todo para encarnar a este personaje tan ambiguo.

Más
allá de lo cinematográfico, en tu obra respira el paisaje santiagueño de El
país de la selva de Ricardo Rojas, incluso el
de los escritos de Orestes Di Lullo, y al mismo tiempo trasciende a su modo el
folclore local, donde represión, mito y terror se leen como ejes sensibles de
esa percepción, ¿qué hay en tu búsqueda personal?
Es muy fuerte leer a Ricardo Rojas y Orestes Di Lullo en una pregunta que hace referencia a Almamula. Más allá de estas heridas de niño que decidí sanar con todo este viaje, el origen de Almamula viene en el momento en que io estaba viviendo en pareja hace doce años y con dieciocho años de vida en París, una ciudad tan lejana, y me agarró una necesidad tremenda de conectar con Santiago, con mi familia y con mi niño interior, y de hacer algo que me una a mi provincia y a mi tierra para siempre. Y para eso tenía que hacer algo desde mis entrañas. Almamula es poner la sangre y la tierra junta y meterla en ese lienzo blanco que es Santiago y empezar a pintar. Como toda chacarera, como toda canción folclórica, Almamula nace del desarraigo. Es la añoranza. Y esta película es eso, es mezclar la sangre con la tierra y hacer una obra nueva. Un cuadro más que represente a Santiago, que me una con él y con mi familia y, por supuesto, que cure esas heridas de mi niñez. Esa es mi búsqueda personal. Y también en sembrar la semilla de un arte que no se ha desarrollado mucho en mi provincia, que dé frutos, que rompa prejuicios, que haga animarse a la gente a hacer cine, a mostrarse, a hacer cosas que los incomoden. A dar el paso hacia adelante para terminar con viejos fantasmas.
Tu cine, es un cine de escucha, y eso más allá del legado de Martel, tiene que ver con la experiencia propia. ¿Cómo trabajas las bandas sonoras de tus películas, cuánto de ello está marcado en los guiones?
Trabajar el sonido es para mi una de las actividades más placenteras que hay. Si fuera por mí pasaría cincuenta y cinco semanas haciendo el sonido de una película, pero en este caso sólo tuve dos. Estuve más que consentido con todos los sonidos que me dio el monte, que es como una caverna de Alí Babá sonora. La batería de sonidos que tenía era impresionante. A cada insecto, a cada pájaro, a cada animal le dí un rol en la película, sobre todo a los coyuyos, que son las cigarras gigantes que tenemos en Santiago del Estero. Hay tres especies diferentes, blancas, verdes y azules, dependiendo de si son machos o hembras generan un sonido diferente y hacen como una suerte de orquesta. Cada una de estas especies anuncian una cosa diferente en la película. Esto fue también un proceso muy largo. La idea empezó durante la pandemia, cuando estaba terminando de escribir la película. Recuerdo que, desde mi departamento, lo único que se escuchaba eran los ruidos de la naturaleza y los de mi panza. La ciudad estaba tan callada que esa fue la banda sonora del final de la escritura del guion de Almamula. Ahí me dije que esos debían ser los sonidos de la película. Los sonidos guturales que vienen del estómago de Nino, por donde pasa toda la vergüenza y la culpa, y los sonidos de la naturaleza. Para representar los sonidos del interior del cuerpo, de las entrañas, usamos instrumentos de los más graves que existan, el contrabajo y el clarinete bajo, los distorsionamos y los mezclamos con sonidos de la naturaleza. El leimotiv de la película es el canto de los coyuyos. El sonido está presente en el guion. Luego de la descripción de las acciones, siempre hay un apartado, justificado de diferentes maneras, en que el sonido está presente. Necesito pintar la última pincelada de la escena con el sonido. Detallar el fuera de campo, detallar quien está en imagen y quien no. Eso me ayuda mucho a distribuir en mi cabeza para llegar después al lugar donde filmo y saber cómo distibuir las cosas. De dónde vendría un sonido fuera de campo, de dónde uno de la naturaleza. Me gusta saber donde están las puertas, las ventanas, las entradas de luz. Filmar y saber que ya tengo esa estructura en mi cabeza me ayuda muchísimo. Es el reflejo de mi trabajo en Almamula.
Además del guion y la dirección, también te ocupas de la edición. ¿Esto es para cuidar el tempo santiagueño -algo que puede resultar difícil de trasmitir a quien no lo conozca- o la decisión tiene otros motivos?
El montaje es mi trabajo alimentario cuando no estoy dirigiendo una película. En Francia edito documentales hace dieciocho años. Fui el editor de mis cortos. Pero para esta experiencia todo el mundo me recomendaba con un editor aparte. Alguien que sea ajeno al proyecto y que tenga una mirada fresca para que yo tome distancia de todo lo que había atravesado; ocho años de escritura, un año de preparación y cinco semanas de rodaje. Necesitaba tomar distancia. Si bien escuchaba a la gente que me lo recomendaba, en el fondo yo sentía que tenía que editarla. Hubo un recorte presupuestario, no íbamos a poder editar el tiempo que necesitáramos, así que aproveché la oportunidad para editarla io todo el tiempo necesario. Así que pasé cinco meses editando Almamula. Y como bien dices, aportando, sosteniendo y defendiendo el tempo y la cadencia de las escenas como yo las quería. Cuando mostraba la película en las versiones previas a la final, mucha gente me decía “hay que reducir, hay que cortar”. Parte de este experimento cinematográfico es asumir que es una película santiagueña. No es una película en que hay corte para todo, en la que hay un corte para una reacción, para un plano-contraplano. Es una propuesta que viene de una provincia que es cuna de una cultura, que tiene una música que le pertenece, un paisaje que le pertenece y debería tener un cine que le pertenezca. Suena pretencioso pero no quería caer en la trampa de hacerla con el ritmo de nuestros tiempos, con el ritmo que nos imponen los teléfonos y nuestra vida de hoy, donde todo tiene que ser rápido e instantáneo. Quería lograr el tempo que vive Santiago cuando hace calor. Ese calor que no deja desplazarte y que te vuelve una ameba prácticamente. Quería que de alguna manera se traduzca esa pesadez sin caer en el tedio, y creo que Almamula en su desarrollo sorprende. Desde el montaje quise proponer un tempo y una cadencia que remita a la provincia, al origen y a la tierra, y la sorpresa constante para mantener el interés.

Como toda sociedad conservadora, la de Santiago es represiva, intolerante y violenta con aquello que se sale de norma; en Almamula te metes con la iglesia católica de una manera poco usual para el cine argentino. Asumiste un riesgo grande en esa decisión, ¿cómo crees que impactará en el medio? ¿Hay alguna expectativa al respecto?
Almamula es una serie de grandes riesgos asumidos hechos película. No hay que olvidar que todo está visto desde el punto de vista de un adolescente de catorce años. Y también del adolescente que vive dentro de mí. Al trabajo lo hice desde ahí. Intenté exponer de la manera más poética posible una problemática que me afecta mucho y que es necesario manifestar. La contradicciones, la hipocresía, la impotencia que uno siente al ver todas estas injusticias desde el punto de vista de un adolescente, con la inocencia y la pureza que esto implica. No es mi rol decir lo que está bien o está mal, solo expongo la realidad desde la mirada de Nino. Creo que es un velo que ayuda a digerir todos estos riesgos con poesía y tolerancia. No estoy aquí para armar más guerra de la que hay. Simplemente digo que estamos atados a sistemas que nos ligan a religiones, a partidos políticos y a doctrinas que condicionan nuestro comportamiento estableciendo premios y castigos. ¿Porqué no podemos ser gente empática sin tener miedo del castigo? Ser buenos naturalmente pero con la consciencia de saber cuándo se hace el mal. Sólo tener consciencia y ser simplemente seres humanos empáticos. Esa es la manera en que veo las cosas.
¿Cómo ves al cine argentino? ¿Qué percepción hay de él en Europa?
El cine argentino siempre me ha fascinado pero siento que necesita renovarse. No todo lo que pasa, pasa en Buenos Aires. No toda película debe transcurrir en un departamento o en los barrios de Capital Federal. Argentina es un país extenso, con muchos colores, muchas provincias, muchas historias. La necesidad de un cine más federal se hace sentir a cada paso. Es vital que cada provincia tenga la oportunidad y el valor de decir “existimos” y aportar nuestro ladrillito a la casa. La labor de Almamula, más allá de todo lo que te dije, es ser como una semilla que sea parte del vivero de este cine federal que muestra otros colores, otros frutos, otras especies, otros olores, otros sabores. En la variedad está la riqueza. Todavía hay trabajo por hacer aunque haya algo ya iniciado. Hay cine en Formosa, hay cine en Jujuy, en Salta, en Tucumán. Es fascinante ver como esto crece y me llena de orgullo aportar esa semillita al vivero.
¿Qué falta para desarrollar al cine de las provincias, en particular la producción en Santiago del Estero?
Puedo hablar de mi experiencia de llevar viviendo dieciocho años en Francia. Un país donde le dan mucho valor a lo que producen. Puede ser la cosa más insignificante pero te dicen «esto es francés y te va a encantar; tiene el mejor sabor, el mejo aroma, el mejor empaque». Me parece que eso nos falta a nosotros. Estar orgullosos de lo que somos, de nuestro acento, y no tener miedo de mostrarlo al mundo. Creo que valorar lo nuestro y sentirnos orgullosos de ello es esencial para que la producción local sea local y que no trate de imitar a lo que se hace hoy en las plataformas como Netflix o mirar a los Estados Unidos. Se tata de conectar con lo que somos, de dónde venimos, cómo hablamos, cómo sentimos, cómo vemos el mundo. Hacer proyectos sinceros, sin artificios y fieles a la tierra de donde somos originarios.
¿Qué sigue ahora?
Mi futuro proyecto sigue la misma línea. En la medida de lo posible me gustaría hacer una trilogía del monte. Almamula sería la primera de estas tres películas. Voy a aprovechar las puertas que me ha abierto en el mundo para hacer futuras coproducciones internacionales. Seguiré mi camino poniendo a Santiago en el mapa por que es lo que más me inspira en este momento.
*Entrevista publicada en otra versión en noticiasdelestero.com el 02-09-2023