LOS EUCALIPTUS NUESTROS

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Domingo, 19 de Abril del 2020

LOS EUCALIPTUS NUESTROS

“Un país es rico, cuanto más sano es su pueblo..."

(Antenor Alvarez, 1864- 1948)

 

 

“Aquí recuerdo el talismán que me diste,y  aquel pañuelo de la creación..”

(Clementina Rosa Quenel; 1901- 1980)

 

Leo un nombre que es de mi vida pero que apenas conozco, lo leo como si amara los dulces o los chocolates, con toda mi naturalidad, como si ese nombre fuera lo mismo que las flores salvajes que tengo estos días en el patio.

 

Busco una foto que me traiga a mi bisabuelo Antenor, un poco más cálida que lo que encuentro mientras navego en internet. Quisiera salir a buscarla, pero no puedo, de todos modos no sé si ese lugar existe. Recurro a mi padre, pienso que él podría ayudarme a saber si podremos sentir su cercanía de un modo menos sobrio. Me pregunto cómo eran sus gestos cuando leía un libro en su casa de la calle Libertad, o cómo habrá sido su modo de caminar mientras se dirigía por primera vez a la Facultad de Medicina, en la ciudad de Buenos Aires. ¿Habrá dudado en irse, se habrá perdido más de un día?. Encuentro un retrato de él pintado, tiene bigotes negros, ficticios y alargados, parecen más un signo de época que de su identidad. No me conforma y sigo insistiendo. Quisiera ver de cerca mi pasado.

 

Mi bisabuelo Antenor, fue médico de profesión y ambientalista de espíritu,  y tuvo una gran gobernación en la provincia de Santiago del Estero entre el año 1912 y 1916. Creó mas de 100 escuelas primarias, fundó la Biblioteca 9 de Julio, el Hospital Independencia, el Museo de Ciencias Naturales, la Escuela de Agricultura, entre otras obras de importancia para el desarrollo integral de la población santiagueña. Pero antes de todo ello, ya se había convertido en un humilde héroe para la época, y para el futuro de las y los santiagueñ@s.

 

Hacia el año 1900, la provincia sufría el castigo de una gran epidemia, el paludismo. Las aguas dulces del rio subían y al retirarse quedaban estancadas formando grandes esteros cerca de la población. Este brazo muerto del Río Dulce, era uno de los principales focos de generación de la malaria. El 70 % de la población enfermaba y el 55 % de los enfermos moría, a causa de la fiebre palúdica (según los datos históricos,  se calcula que de sus 11.400 habitantes, 8.243 tenían malaria). 

 

En este contexto, el gobernador de entonces, Pedro Barraza, y el intendente Andrés Figueroa, le encargaron a él la tarea de diseñar un plan de defensa sanitaria que erradicara esta enfermedad. Para ese entonces, él ya había regresado de las grandes ciudades, siendo médico sanitarista.

 

El “Plan Alvarez” que él diseña, entre las diferentes aristas que cubría, consistió principalmente en drenar, secar y terraplenear el foco palustre, para destinar así ese lugar a la creación de un parque.

 

Es así que en el año 1903, precisamente un 9 de agosto, más de 1.000 niños de las escuelas primarias plantaron eucaliptus en estas tierras, dando nacimiento al extenso Parque Aguirre. Estos árboles, foráneos, absorberían el agua y la humedad, secarían esos esteros intensos y enfermos, y en un año, nos alejarían para siempre de la malaria. 

 

Ahora, 117 años después, escribo con deseos de ir a visitar esos árboles y sentarme tan sólo a contemplar la altura. Pero a causa de otra pandemia, no tengo la posibilidad de acercarme ni de salir de una casa, y si pudiera moverme, me detendría en las calles anchas que rodean al parque, haría un recorrido nuevo, miraría los arboles más de cerca para fotografiarlos, me sentaría en la orilla del rio o sobre la costanera a mirar el agua y leería un poema, luego, arrancaría unas hojitas del camino y volvería a mi casa con la inspiración de sentirme respirar. La última vez que observé el parque me contagié de su serenidad. Vi la existencia del viento golpear las hojas finas y livianas de esos eucaliptus, el color claro de la madera, las formas infinitas de sus troncos robustos y lisos.

 

En aquellos años de desesperación y crisis por el crecimiento del paludismo -antes de la creación del parque- nacía mi abuelo “El niño”. A él le dije una vez, que sus ojos maduros y ciegos fueron el nacimiento de mis palabras. Y aquí estoy, confinada con las palabras, intentando recapitular un pasado que es de tod@s.

 

Ahora le pregunto a él, si nacer en un contexto así lo hizo más fuerte. A mi bisabuelo, si podría diseñarnos otro árbol, igual de verde, que nos permita salir de la incertidumbre.

 

A mis amigas, que me cuenten a la distancia, qué les dicen los eucaliptus, porque el viento y el sonido igual nos llega, y entra por las ventanas, nos orienta, y nos golpea los ojos, como si nos dibujara un puente en construcción hacia otra orilla, hacia esos deseos nuestros de mayor autonomía y vida. 



 

 

Fuentes:

 

-http://acyase.com.ar/web/index.php/university-news/item/373-antenor-alvarez-sitial-de-antonio-virgilio-castiglione

 

-https://www.elliberal.com.ar/noticia/524042/epidemias-santiago-estero?utm_campaign=ScrollInfinitoDesktop&utm_medium=scroll&utm_source=nota

 

-Vicente, Oddo, (1970) “Dr. Antenor Alvarez. Vida y obra, de un médico santiagueño precursor del sanitarismo moderno”. Santiago del Estero.



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