AMISTAD ZOQUEADA
Hace unos días, me topé con una foto que saqué en el
patio de la casa de Alberto Tasso. Los protagonistas son Jorge Rosenberg,
guitarra en mano y Felix Demasi con el bombo a medio repique. Dos miradas que,
sin siquiera mirarse, en cualquier segundo podrían derivar en risas, pero están
ahí en el borde. Con la frescura de los gozantes y esa ternura de guitarreros.
En comunión con los árboles, la siesta y los pájaros. Ahí nomás pensé: ¿que
podría estar cantando Rosenberg?, y recordé que últimamente había dos zambas
que no podían faltar en su repertorio. Una de ellas, era su fetiche, “Salavina”.
Las rondas de guitarreadas con Rosenberg tenían ese parteaguas. Quiero decir, si
alguno comentaba telefónicamente “aquí estamos con Jorge guitarreando” el
interlocutor retrucaba “¿ya ha tocado Salavina?” era un mojón importante en el
desarrollo de un asado con su presencia. Como el izamiento de banderas
oficiales o la entonación de un himno. El Zoco decididamente le modificaba el verso
de cierre al estribillo "ser el chango que allá en los bañados se mojaba
contento los dedos de los pies". Resulta ser que habrían sido los dedos de
los pies de Mario Arnedo Gallo o quizás los de él, pero más probablemente los
del destacado compositor. Lo podemos inferir por algunas otras consideraciones
que alguna vez le supimos escuchar al Sr. Zoco, en relación al poco afecto que
le habría tenido al barro el autor de “La flor azul”. ¿Es entonces, que el
chango en los bañados elongaba el empeine y tímidamente arrimaba en punta los
pies? ¿Cómo quien revisa la temperatura del agua en un día fresco? ¿O quien
comprueba su blandura, como alguna vez lo hizo Homero exposito en el inolvidable
tango del Naranjo en Flor? Lo cierto es que, como dice Leopoldo Castilla: “nunca
vuelve en si el desterrado”, y “Salavina” es como una aparición que un
santiagueño busca en sus recuerdos de infancia.
La otra zamba, recurrentemente visitada era “la de la
empanada”. De código postal 4200, es decir, una zamba autoproclamada urbana y
capitalina. Esta última condición era denodadamente señalada para evitar
posibles y ya conocidos plagios bandeños. Antes de ser ejecutada, si en la
ronda se encontraba el amigo Pancho Avendaño, había una discusión previa que
debía atravesarse, en torno a la tonalidad en la que debía ser ejecutada la
obra, pero vale decir que no se trataba de una discusión de estética musical,
era más bien parte de una liturgia zoqueana. Pancho arrancaba a rasguear, Jorge
corregía y después de idas y venidas, las diferencias arribaban incidentalmente
a un acuerdo en la mayor, que era pulsado naturalmente por Rosenberg.
En el rasgueo, Rosenberg marcaba la rítmica enfáticamente,
como un niño que está aprendiendo sus primeros acordes, y cada movimiento de la
mano derecha se iba entrecortar por alguna acotación. En este caso, el
intérprete debía apuntar diálogos que se habían sucedido entre las empanaderas
y el inusitado compositor, el Sr. Contato Carol. Las citas textuales ilustraban
el complejo trabajo de campo. Por ejemplo “la empanadera más antigua de la casa
enseñaba a sus hijas a poner el comino, una tarea que no se reducía a pizcas o
proporciones sino a secretas y antiguas sabidurías”. Para que el repulgue sea
sabroso, era preciso pensar algo lindo mientras se iba pellizcando la masa. La
hipótesis de los propios investigadores sobre las propiedades afrodisiacas del
milenario alimento fue ratificada para la posteridad, el estribillo dice
“comino y huevo le pide, no olvide que son para amantes”. Según observo Bimbo
Martilotti, mucho tiempo después, habría indicadores fehacientes de esta última
conjetura que se evidenciarían en los contornos sugerentes que tornean la
morfología final. La que pide específicamente ciertos ingredientes es la
empanada misma, ya como una entidad escindida de sus hacedoras y fundida con el
ritual culinario.
Las fuentes bibliográficas de la obra musical, eran
resumidas sobre el final de la siguiente forma: “Letra y música de contato
carol y auto de Jorge Rosenberg”. Dado que la zamba resume “un estudio sociológico
sobre la situación de la empanada en la ciudad de Santiago del Estero”, el
medio de movilidad que había permitido el desplazamiento tenía su relevancia. Así
es que, cada vez que presentaba la zamba, hacía notar su rol de conductor y
propietario del vehículo. Más que una pieza importante, una pieza decisiva para
la cantidad de muestras que fueron recabando en diferentes puntos de la ciudad
y que permitieron configurar el universo empírico e inapelable. Si me
preguntaran por la amistad, compartiría esta foto como respuesta. Por todo lo
que refleja, por toda la complicidad que pude capturar el segundo en que la
saque y por todas las historias que despertara en mí para siempre.