AMISTAD ZOQUEADA

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Domingo, 21 de Julio del 2024

AMISTAD ZOQUEADA

Hace unos días, me topé con una foto que saqué en el patio de la casa de Alberto Tasso. Los protagonistas son Jorge Rosenberg, guitarra en mano y Felix Demasi con el bombo a medio repique. Dos miradas que, sin siquiera mirarse, en cualquier segundo podrían derivar en risas, pero están ahí en el borde. Con la frescura de los gozantes y esa ternura de guitarreros. En comunión con los árboles, la siesta y los pájaros. Ahí nomás pensé: ¿que podría estar cantando Rosenberg?, y recordé que últimamente había dos zambas que no podían faltar en su repertorio. Una de ellas, era su fetiche, “Salavina”. Las rondas de guitarreadas con Rosenberg tenían ese parteaguas. Quiero decir, si alguno comentaba telefónicamente “aquí estamos con Jorge guitarreando” el interlocutor retrucaba “¿ya ha tocado Salavina?” era un mojón importante en el desarrollo de un asado con su presencia. Como el izamiento de banderas oficiales o la entonación de un himno. El Zoco decididamente le modificaba el verso de cierre al estribillo "ser el chango que allá en los bañados se mojaba contento los dedos de los pies". Resulta ser que habrían sido los dedos de los pies de Mario Arnedo Gallo o quizás los de él, pero más probablemente los del destacado compositor. Lo podemos inferir por algunas otras consideraciones que alguna vez le supimos escuchar al Sr. Zoco, en relación al poco afecto que le habría tenido al barro el autor de “La flor azul”. ¿Es entonces, que el chango en los bañados elongaba el empeine y tímidamente arrimaba en punta los pies? ¿Cómo quien revisa la temperatura del agua en un día fresco? ¿O quien comprueba su blandura, como alguna vez lo hizo Homero exposito en el inolvidable tango del Naranjo en Flor? Lo cierto es que, como dice Leopoldo Castilla: “nunca vuelve en si el desterrado”, y “Salavina” es como una aparición que un santiagueño busca en sus recuerdos de infancia.

La otra zamba, recurrentemente visitada era “la de la empanada”. De código postal 4200, es decir, una zamba autoproclamada urbana y capitalina. Esta última condición era denodadamente señalada para evitar posibles y ya conocidos plagios bandeños. Antes de ser ejecutada, si en la ronda se encontraba el amigo Pancho Avendaño, había una discusión previa que debía atravesarse, en torno a la tonalidad en la que debía ser ejecutada la obra, pero vale decir que no se trataba de una discusión de estética musical, era más bien parte de una liturgia zoqueana. Pancho arrancaba a rasguear, Jorge corregía y después de idas y venidas, las diferencias arribaban incidentalmente a un acuerdo en la mayor, que era pulsado naturalmente por Rosenberg.

En el rasgueo, Rosenberg marcaba la rítmica enfáticamente, como un niño que está aprendiendo sus primeros acordes, y cada movimiento de la mano derecha se iba entrecortar por alguna acotación. En este caso, el intérprete debía apuntar diálogos que se habían sucedido entre las empanaderas y el inusitado compositor, el Sr. Contato Carol. Las citas textuales ilustraban el complejo trabajo de campo. Por ejemplo “la empanadera más antigua de la casa enseñaba a sus hijas a poner el comino, una tarea que no se reducía a pizcas o proporciones sino a secretas y antiguas sabidurías”. Para que el repulgue sea sabroso, era preciso pensar algo lindo mientras se iba pellizcando la masa. La hipótesis de los propios investigadores sobre las propiedades afrodisiacas del milenario alimento fue ratificada para la posteridad, el estribillo dice “comino y huevo le pide, no olvide que son para amantes”. Según observo Bimbo Martilotti, mucho tiempo después, habría indicadores fehacientes de esta última conjetura que se evidenciarían en los contornos sugerentes que tornean la morfología final. La que pide específicamente ciertos ingredientes es la empanada misma, ya como una entidad escindida de sus hacedoras y fundida con el ritual culinario.

Las fuentes bibliográficas de la obra musical, eran resumidas sobre el final de la siguiente forma: “Letra y música de contato carol y auto de Jorge Rosenberg”. Dado que la zamba resume “un estudio sociológico sobre la situación de la empanada en la ciudad de Santiago del Estero”, el medio de movilidad que había permitido el desplazamiento tenía su relevancia. Así es que, cada vez que presentaba la zamba, hacía notar su rol de conductor y propietario del vehículo. Más que una pieza importante, una pieza decisiva para la cantidad de muestras que fueron recabando en diferentes puntos de la ciudad y que permitieron configurar el universo empírico e inapelable. Si me preguntaran por la amistad, compartiría esta foto como respuesta. Por todo lo que refleja, por toda la complicidad que pude capturar el segundo en que la saque y por todas las historias que despertara en mí para siempre.

 



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