AMOR MARADONIANO
¿Qué puede nacer del llanto inconsolable de un
niño? Entre las primeras vainas del abanico de posibilidades, sin dudas, figura
el origen de un vínculo difícil de cortar. Todos tienen recuerdos de algo o
alguien que los hizo llorar potente alguna vez. Y muchos tienen la suerte de
tener un momento posterior, de recomposición de ése llanto. Pasa mucho entre
las peleas de hermanos o con ésa vez que tú mamá o tú papá te gritó con toda su
impotencia y después llegó el abrazo/beso recomponedor.
Abril de 1981. Un niño de siete años rompe en
llanto en el living de su casa, Diego Maradona es el causante. En noche
lluviosa, con campo mojado, Boca le gana 2-0 a River cuando el 10 baja un
centro, queda colocado frente a Fillol y con un amague elegante, melódico, deja
al arquero de River arrastrándose en el fango, impotente. Maradona se aleja con
paciencia, como burlándose de los intentos de recomponerse del arquero
millonario, marca el 3-0 y mientras corre, en el festejo, un fotógrafo se cae y
la luz del flash de otro, que lo toma de frente, impregna para siempre una
noche de pesadilla para el niño. Los papás intentan consolarlo: que ya habrá
revancha, que no sé cuándo River le ganó 5-2, que el fútbol es así, etc.
Obviamente su intuición les dice que el llanto es por River…lo es, pero el niño
guarda un secreto, lo que le duele, lo que más le duele, lo que lo atraviesa como
una injusticia imposible de sacudirse, es que Maradona juegue para los otros.
Diego Armando Maradona ha jugado el deporte más
amado como nadie, también ha amado ése deporte como pocos y eso se notaba (y se
notaba mucho) y probablemente aquí este una posible pista del porqué de ésa
relación universal que ha establecido con miles de personas, de todas las razas
y colores, en todo el mundo, a lo largo de años. Finalmente ¿qué cosa nos
conmueve más que la demostración total y cabal del amor? En su actitud para
encarar el juego, en las evidentes horas y horas transcurridas con la pelota al
pie, en la diversión y alegría impregnada en los movimientos, en su deseo de
ganar, en su capacidad de liderazgo, en recibir todos los golpes posibles y
seguir para adelante, en su constante, molesta, perturbadora, actitud de no
dejarse voltear, de levantarse siempre, en no rendirse, en exprimir todas las
posibilidades del juego, en salir a la batalla en un pie, en desbordar de ganas
e inspiración a sus pares, en poner todo para ganar y al momento de sufrir la
derrota llorar pura y llanamente su frustración…que, no es amor lo que moviliza
todo eso? ...no lo vimos todos (en todos lados)?
De esa pantalla global que es la TV, Maradona
fue su artista más puro (en el sentido que no representaba un papel), era él
poniendo cuerpo y mente en pos de aquello que más amaba. Era palpable, para
cualquier persona que se sentara frente a la pantalla. El rating, la atracción
del espectador, estaba asegurada para siempre, el amor de Maradona por el juego
no se podía terminar nunca, no tendría descanso, porque nadie como él entendió
las variaciones infinitas que ofrece el juego (a eso se suma estar en la lista,
del puño de una mano, de jugadores con la capacidad para ejecutar ésas variaciones).
El fútbol es un juego colectivo, complejo, con una premisa sencilla (embocar la
pelota en el arco rival) para imaginar la grandeza de Maradona piénsese en un
hombre que debe afrontar un laberinto cuyas paredes se mueven (de frente, de
atrás y de costado) a toda velocidad, ahora piense que encuentra la posible
salida todas las veces que está en el centro del laberinto. Genio. Puro.
Puro, pero hombre. Entonces, impuro. Aquí es
donde Maradona atornilla la contradicción que lo fijará en la historia
argentina para siempre. Aquí se inicia el “pero” (como al principio de éste
párrafo) con el que se da lugar al debate en la mesa de los argentinos. El
genio en el deporte es un hombre que habla, que dice lo que piensa, que no va a
callarse, que se equivoca, cuyo coraje en la cancha es inversamente
proporcional al valor que se necesita para reconocer los errores que lastiman a
los cercanos (recordemos, estuvo años hasta que se animó a reconocer el hijo
que tuvo en Italia). Pero esta dicotomía entre el genio y el hombre en lugar de
alejarlo de la gente lo aproxima (¿Ah, es uno de nosotros entonces? ¿se
equivoca? ¿a lo grande también?) Maradona nos atraviesa en su humanidad para
poner en reflejo la nuestra, y eso pega, intimida, cuesta, y lleva a la
superficie preguntas que instintivamente tenemos la tentación de esquivar. Aquí
es donde lo deportivo trasvasa lo cultural. De las muchas cuestiones que el
acontecimiento cultural Maradona arroja ojalá la permanencia de su figura en el
tiempo nos ayude a contestar ¿Desde qué lugar encaramos nuestros debates? ¿Con
qué autoridad hablamos del otro? ¿Cómo interpelamos nuestras figuras públicas? ¿Cómo
asumimos la complejidad de querer aceptando los errores del otro sin que ello
signifique hacer la vista gorda ni caer en la idolatría absurda? Quizás, algún
día, la estela Maradoniana nos ayude a madurar la idea de que aceptar éste tipo
de figuras inconmensurables es aceptar que vivimos en un mundo de grises y que
obviar el inmediato juicio de valor, en el que tanto nos gusta regodearnos,
(si, somos grandes, ya todos sabemos qué está bien y qué está mal) y cuya
función es cerrar interrogantes, es el paso necesario para dialogar con nuestra
imperfectibilidad. Surge la paradoja de la figura extraordinaria que nos pide
bajar un cambio y que nos pongamos en posición de igualdad. La oportunidad de
tener ése diálogo, en ésas condiciones, sería la primera chance de profundizar
nuestros debates.
Pasan cinco años, junio de 1986, el niño está por entrar en la adolescencia, el llanto aquél de ésa noche lluviosa está por recomponerse definitivamente. La soledad del niño frente al televisor propicia la idea de que hay algo intimo entre lo que sucede, lo que va a suceder y él. Se acerca la jugada definitiva del siglo xx. Maradona ya vive en ésa casa, ya es motivo de alegrías, preguntas, risas, curiosidades, es un miembro más en los encuentros familiares, a veces zanja discusiones, otras, malentendidos, muchas sirven de distracción para asuntos que mejor ni pensar o discutir. Lo que dura poco más de diez segundos, el niño lo siente, lo ve, paso a paso, escalada tras escalada. Las paredes del laberinto se arrojan con todas sus fuerzas desde atrás, de los costados, se colocan delante, ésa fuerza carismática, potente y seductora que lleva el 10 en la espalda es imparable, ha encontrado la salida al laberinto, nada puede detenerlo, cuando complete la premisa sencilla que es el corazón del juego también estará sellando una historia reciente de dolor, barro, frío helado, violencia e hipocresía. El grito del niño se impregna en las paredes (sigue viviendo allí aún hoy), se mezcla con los brazos en alto de Diego (que también siguen viviendo allí). Lo que entrega ese momento irrepetible, colmado de felicidad exorbitante, es un pacto, de hermandad tal vez, que se ira escribiendo y reescribiendo con el tiempo pero que es irrompible, cada cual cree firmarlo a su manera sin caer en cuenta que en ese preciso momento son cientos de miles los que están abocados al mismo procedimiento; sin caer en cuenta tampoco (esos cientos de miles) que transferirán el pacto a los que no estuvieron en ése momento, que también lo escribirán y reescribirán con los ausentes, con los que están por venir. El dolor de la pérdida de la única mano (izquierda) firmante del otro lado no puede medirse, intentarlo es tarea vana, es entrar en un laberinto que (éste sí) no tiene salida, es mejor apoyar la oreja en la pared e intentar escuchar ése grito, ésa voz de niño, que todavía late en ese muro, tomando la distancia justa probablemente puedan verse los brazos del Diez llegar hasta el techo. Se fue un habitante de ésas paredes, de ésa casa, de ésa familia. Pero, también, dejó pistas, muchas, demasiadas, de cómo seguir adelante porque dio el ejemplo con el fútbol, por el que dio todo, sin darse por vencido, con la cabeza en alto, siempre dio más y más, hasta el final…Aleluya por el modo que tienes de amar, Diego.
