AMOR Y REVOLUCION
“Amor y
revolución” es la primera nouvelle de
José Juárez, publicada por la editorial porteña Niña Pez, en un 2021 de
pandemia, un momento de transición en la historia del mundo, de regreso a los
espacios públicos, con temores y esperanzas latentes.
Quiero decir,
en primer lugar, que agradezco a mi amigo y colega la confianza de poner en mis
manos, sin condiciones ni presiones, un nuevo parto literario con el fin de que
como lectora exponga diáfanamente un proceso exegético que me ha significado
una profunda revisión de los lugares seguros que habitamos con resistencia y de
los que muy excepcional y valientemente estamos dispuestos a emigrar sin
certezas.
Para un
escritor, creo, debe ser ardua tarea la de definir un título para su creación,
precisamente porque, retomando la voz de Francisco de Quevedo, a veces pocas
palabras no dicen las que muchas dirían. Amor, revolución, dos nombres
abstractos, que como indica el imperativo bíblico la revolución, y todo lo
otro, debiera fagocitarse en el amor: “Hagan todo con amor” resume 1º Corintios
16:4.
Diremos aquí,
en cambio, “la revolución por encima de todo (y en la base)”.
En Novum Organum, Francis Bacon describe:
El
espíritu humano, una vez que lo han reducido ciertas ideas, ya sea por su
encanto, ya por el imperio de la tradición y de la fe que se les presta, vese
obligado a ceder a esas ideas poniéndose de acuerdo con ellas; y aunque las
pruebas que desmienten esas ideas sean muy numerosas y concluyentes, el
espíritu o las olvida, o las desprecia, o por una distinción las aparta y
rechaza, no sin grave daño; pero preciso le es conservar incólume toda la
autoridad de sus queridos prejuicios.
Mariano,
nuestro héroe, es la metonimia de un pueblo del norte salteño –que podría ser
cualquier ciudad argentina luego de la desoladora crisis del 2000: encerrado en
la caverna familiar, en la seguridad de lo estable, fiel a la rutina de sus
días, en la parsimonia de las calles que recorre para repetir sin emociones los
mismos pasos. Con ese orden sigiloso de quien no sorprende ni lo sorprenden,
los recuerdos irrumpen: ve pasar la película de una juventud movilizada por las
utopías, la justicia, la igualdad; rememora con melancolía -la alegre tristeza,
como señalaría Platón- el amor hallado en esos días como si hubiese sido otra
vida; repasa con dolor la pérdida de compañeros y los padecimientos económicos
de Juana, su madre. El puerto impenetrable que es su hogar y la actitud heterónoma
ante el servicio inquebrantable de su progenitora han terminado por reducir sus
agitadas ideas de transformar el mundo en consumo de hierbas, sexo casual y
changas mal pagas.
Parece que la
suya es la historia de un amor que no fue pues sólo el amor, o la ficción que
aún permanece en sus recuerdos, atizan muy de vez en cuando esa voluntad de transformación.
Soñar con Paulina es para Mariano la oportunidad de trasmigrar a otro cuerpo
que fue suyo, un poema de Verlaine parece haber retratado esa escena:
Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.
Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.
Pero
nuevamente el sujeto despierta en su realidad: el calor del norte, el rock,
vecinos con las mismas caras y con nuevas arrugas, la mugre en las calles, el
pavimento destrozado, todo igual a su infancia como si el tiempo se hubiera
detenido.
Y aquí los
ideales de alcanzar la revolución social haciéndole frente al “aparato opresor”
que unió al protagonista con el andar libre de “Perla Morocha” choca con la
quietud de un individuo de mala fe. Sartre (1973) afirmaba que
El
que miente y se excusa declarando: todo el mundo no procede así, es alguien que
no está bien con su conciencia, porque el hecho de mentir implica un valor
universal atribuido a la mentira.
Un hombre que
se miente, que no se ocupa de su libertad, que delega lo que es a su pueblo, a
su madre, a las distancias, al gobierno y así mantiene la autoridad de sus
prejuicios, ese es el espejo de nuestras vidas. La angustia estriba en saber
que una verdadera revolución del mundo chato en el que transitamos los días
depende del “atrévete a salirte”, tan enfatizado por Mélich.
Gramsci decía
que “hacer política significa actuar para transformar el mundo. El hombre
activo, de masa, obra prácticamente, pero no tiene clara conciencia teórica de
su obrar, que sin embargo es un conocimiento del mundo en cuanto lo
transforma”. Para Mariano, todo está intacto, ningún sacudón se ha producido ni
su pueblo ni en su existencia. Es evidente que sus elucubraciones presentes
hasta el hartazgo sobre la realidad demandan la intervención, usar esa libertad
como impulso.
Finalmente, el
texto me impulsa a interrogar: ¿Cómo confiarme a mí mismx una revolución del
mundo si primero no trasformo mi espíritu? Pues el amor, aquí, finalmente sólo
será el telón tras del cual aparece un individuo cuya ética debiere ser la “revolución
como fundación de la libertad” (Hannah Arendt).