Ardera la memoria

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Viernes, 27 de Marzo del 2020

Ardera la memoria

            El terrorismo de Estado, en ciudades pequeñas, produce un efecto mucho más notorio, más cercano, se huele la carne fétida del mal. El cruce casi cotidiano con los genocidas genera una atmósfera en la que el terror convierte el territorio en un cuerpo tembloroso, una garganta que sofoca el grito y una piel que no deja de sangrar. Todo es mucho más visible, más corpóreo. Las historias se entrecruzan desde que uno abre la puerta para salir de la casa. Los jerarcas del mal, “han construido su reino con insolencia, sirviéndose de los instrumentos del odio, de la violencia y de la mentira” (Levi), qué, cual sombra perseguidora, no sucumbe por decreto.                                                                

            Los efectos del genocidio persisten, transmutan y muchas veces las prácticas represivas se naturalizan. Destruir formas de relaciones sociales para construir otras. De esta “barbarie” perpetuada por la “Civilización”, si miramos en retrospectiva, desde tiempos de la colonia, también nos han quedado marcas profundas, producto del “trauma colonial” (Francisco René Santucho) que ha significado el genocidio sobre nuestros pueblos originarios. Esta categoría psicológica, que en clave de preocupación esgrime éste pensador indoamericanista, abre una perspectiva para reflexionar y pensar nuestra historia, nuestro presente y futuro. Para un contexto más reciente, realizar una genealogía del Terrorismo estatal hasta la última dictadura militar, da cuenta de la intencionalidad del “Proceso de reorganización nacional” de borrar las formas de solidaridad, de cooperación, formas de organización para entrelazar luchas sociales, gremiales y políticas, para mejorar las condiciones de vida y conquistar más derechos. En ambos casos los alcances del genocidio han afectado a todo el pueblo, directa o indirectamente. Siendo la elaboración de un entramado atravesado por ejercicio del terror, por la producción discursiva de un relato político y por una narrativa simbólica.

            En ocasiones, complicidades y ciertos consensos, apuntalan una narrativa represiva que sostienen estas prácticas, y se dan en las mismas instituciones, donde hombres y mujeres, que debieran repeler la delación,  las escuchas, la vigilancia, la desconfianza, la acusación, la persecución entre trabajadores, son quienes la reafirman.            Tan claramente y con incisiva precisión, refería Fanz Fanon en “Piel negra, máscaras blancas” al decir del auto sometimiento y la conversión a opresor del propio oprimido. Estos efectos estructurantes constituyen modos y formas de  cotidianeidad, como una telaraña, cuyas prácticas sociales instauran un disciplinamiento que  subjetiviza como orden natural la “obediencia debida”. Esta conciencia insegura o falsa conciencia, subordina por imperio del miedo y por coerción,  condenar cualquier disidencia, opinión contraria u protesta legítima.

            Así, el genocidio proyecta su acción en el tiempo, opera en las prácticas cotidianas, se cuela en los miedos, en el lenguaje, en lo decible y no, en lo pensable y no, en las creencias, en los modos de comunicar y qué comunicar. Es la construcción de una subjetividad que pervive en el tiempo y sus manifestaciones, a menudo, pueden parecer inofensivas o hasta imperceptibles. Los signos del genocidio son tan invisibles como visibles.

            Por eso la memoria, es el síntoma de la conciencia cuando el olvido acecha. La vuelta de página de nuestra historia reciente, la más oscura, no puede ser solo la vileza de la imprudencia, la bestialidad del olvido y la complicidad de una inerte despolitización. El reverso de la página es la reafirmación de la memoria, es la obligación inaplazable de la lucha constante, es el incansable batallar por la democratización de todo lo que falte democratizar. La memoria es el movimiento mismo de la lucha, es descorrer la telaraña del olvido, las veces que sea necesario, para abrirse paso a pensar los nuevos sueños.

            Por ello, “el olvido es, antes que nada, aquello que queremos olvidar, pero nunca ha sido factor de avance” (Mario Benedetti).



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