Miércoles, 12 de Febrero del 2020
ARIEL ALVAREZ VALDEZ
Ariel Álvarez Valdés es licenciado en Teología Bíblica por la Facultad Bíblica Franciscana de Jerusalén y doctor en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca (España). Desde hace varios años está abocado a la divulgación popular de la investigación científica de la Biblia, a través de escritos y conferencias en la Argentina y en el extranjero. Hasta el presente, cuenta con una gran cantidad de libros y artículos sobre temas bíblicos, que fueron, traducidos, publicados y editados en revistas de diversos países de América y Europa. Su «Fundación para el Diálogo entre la Ciencia y la Fe», de la cual es Presidente, promueve el diálogo entre las diversas formas de conocimiento humano y la fe que procede de la revelación cristiana En esta entrevista conversamos con él sobre el presente de su trabajo biblico, su pasado como sacerdote, su pensamiento sobre la Iglesia y el Evangelio entre otros temas.
-¿Podrías contarnos cómo es hoy tu presente como Biblista?
- Me dedico principalmente a la difusión de la Biblia, tanto por medio de cursos como a través de escritos que publico en periódicos, revistas y libros. Este año tengo invitaciones confirmadas para dictar cursos bíblicos en Ecuador, Guatemala, España, Estados Unidos, Perú, Bolivia y Chile. En la Argentina, tengo programados cursos en Rosario, Neuquén, Buenos Aires y Santiago del Estero, donde dictaré un curso bíblico durante julio y agosto.. Con respecto a mis publicaciones, el año pasado comencé una nueva colección titulada “Nuevos Enigmas de la Biblia”, en la editorial PPC, que los publica simultáneamente en la Argentina, España, México y Colombia. De esta colección ya han aparecido los dos primeros volúmenes. El resto del tiempo lo dedico al estudio y a la investigación bíblica.
-En Santiago del Estero todavía existe la memoria colectiva de tus misas, tu prédica sencilla y contundente, tu carisma en la transmisión del mensaje del evangelio. Recuerdo que los sábados celebrabas la eucaristía en el colegio de La Asunción, y los domingos en la parroquia de La Inmaculada. Eran encuentros multitudinarios, donde se experimentaba una energía especial. Si bien hoy, en tu trabajo te continúas vinculando con la gente desde otro lugar, ¿extrañas aquellas ceremonias? ¿Te gustaría volver a ejercer el sacerdocio?
-Mi época de sacerdote para mí fue muy importante. En ella traté de dar todo lo que pude, por la gente. Nunca quise abandonar ese servicio. Lamentablemente la presión de la Iglesia para que yo dejara de enseñar, me llevó a renunciar al ministerio sacerdotal. No me imaginaba, como cura, solo celebrando misas, sin poder dar clases, ni escribir, ni publicar artículos, ni dar charlas. Esta actividad siempre la entendí como parte esencial de mi sacerdocio. Si leemos el evangelio, vemos cómo Jesús dedicó un tiempo fundamental a la enseñanza y a la prédica de la palabra de Dios. La vocación docente de Jesús fue tan significativa como su dimensión pastoral. Y yo siempre compartí su misma pasión. Por eso, cuando me prohibieron la docencia, me sentí amputado de una dimensión fundamental de mi sacerdocio. Por suerte, el Papa Francisco me levantó aquella prohibición, y hoy puedo volver a enseñar. Pero no quiero regresar al sacerdocio, porque pienso que adquirí una libertad para hablar y enseñar que no tenía cuando formaba parte de la jerarquía. Prefiero seguir enseñando y trabajando por la iglesia como teólogo laico.
-¿Cómo es actualmente tu vinculación con la Iglesia?
-Yo nunca dejé la Iglesia, como a veces la gente piensa. Solo dejé el sacerdocio. Pero sigo sirviendo a la Iglesia, trabajando por ella, y tratando de acercar a la gente a ella. Sin embargo, también trato de ser crítico con ella, para poder ayudarla a crecer como institución educadora. Desde el afecto, hoy amo a la Iglesia más que antes, porque al haber tomado distancia del ministerio, puedo contemplar la realidad con algo más de distancia y objetividad, que no veía cuando estaba inmerso en la jerarquía.
-Como estudioso, sos una persona de cita, de consulta y de referencia, no solo para los teólogos sino también para los filósofos. Estuve leyendo, por ejemplo, un libro de Fernando Sabater donde analiza, desde la filosofía, los diez mandamientos, y sos una de las citas recurrentes allí. ¿Cómo te sientes cuando sucede eso?
-Siento que es urgente revisar las afirmaciones y enseñanzas que transmite la Iglesia Católica, y también las demás iglesias cristianas. Creo que muchas cosas que hoy enseñan las iglesias han perdido su sentido y tienen que ser revisadas, porque resultan obsoletas o descontextualizadas, y no están a la altura de las necesidades del hombre de hoy. San Pablo, por ejemplo, que siempre se movió en un ambiente de ciudad, tuvo que adaptar el mensaje de Jesús, porque Jesús habló a los campesinos de Galilea, y su forma de predicar no le venía bien a los oyentes de Pablo. Por eso tuvo la osadía de adecuar el mensaje de Jesús. Lo mismo hicieron los autores de los Evangelios, que adaptaron el evangelio de Jesús a sus oyentes. Igualmente nosotros tenemos que ver cómo llevar aquel mensaje de Jesús al hombre de hoy, en vez de seguir repitiendo ideas que ya están superadas, o que el creyente de hoy no entiende.
-Muchos te consideran un gran divulgador de la Biblia, por tu claridad el interés en ocuparte de temas que no suelen ser abordados por la Iglesia, y por haber ayudado a desarrollar un pensamiento crítico de los dogmas y de la teología. ¿Te ha generado eso alguna resistencia desde la institución eclesial?
-En todos los ámbitos del conocimiento, introducir novedades que pretendan cambiar lo que “siempre se ha dicho”, generó reacciones negativas. Mucho más en la Iglesia, donde durante siglos se ha enseñado que las verdades teológicas son eternas e inmutables, y que no se pueden cambiar. Pero no es así. Se trata de una postura demasiado soberbia. La teología es una disciplina que se puede ir revisando y actualizando. Lamentablemente, cuando alguien aparece ofreciendo una mirada nueva, suele provocar rechazo en ciertos sectores de la Iglesia. Lo he vivido en muchos de mis cursos, donde algunas personas incluso se han retirado en la mitad de mis exposiciones. Hay mucha intolerancia a la novedad religiosa en determinados ambientes. Pero si uno estudia la historia de la Iglesia, puede ver cómo la teología ha evolucionado a lo largo de los siglos. ¿Por qué no puede seguir evolucionando ahora?
-¿Qué te pareció la película "Los dos papas"? ¿Crees que puede abrir un debate?
-Me pareció muy buena película, desde el punto de vista técnico. Incluso el papa Benedicto XVI aparece allí desde una luz más humana y abierta de la que mostró durante su pontificado. Pero creo que no hace falta ver esta película para generar un debate en la Iglesia. La dura realidad que nos rodea, tanto del mundo como de la Iglesia, ya nos está pidiendo a gritos un debate eclesial profundo.
-¿Cómo ves la grave situación por la que atraviesa la Iglesia, debido a cuestiones como el abuso de niños, la corrupción económica del vaticano?
-Son temas que se conocían desde hace mucho. Solo ahora han salido a la luz. La Jerarquía tenía miedo de hacerlos público porque pensaba que eso
desacreditaría a la Iglesia. No se dio cuenta de que, de haberlo dado a conocer antes y solucionado, habría ganado mucho más en honestidad y transparencia. Ahora, por desgracia, es un poco tarde, porque el prestigio de la Iglesia católica ha caído mucho en varios países del mundo.
-¿Qué opinión tienes sobre el papado de Francisco? ¿Compartes su mirada crítica sobre el sistema capitalista?
-Lo veo como un hombre de pensamiento progresista. Pero quizás debería animarse a hacer cambios más profundos. Los cambios que todos estamos esperando en la Iglesia.
-Muchas gracias, Ariel.