BARES Y CAFES MEMORABLES DE SANTIAGO DEL ESTERO

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Miércoles, 8 de Diciembre del 2021

BARES Y CAFES MEMORABLES DE SANTIAGO DEL ESTERO

A Jorge Rosenberg y Lucas Cosci

 

Comencé a escribir motivado, como en otras ocasiones, por la pluma evocativa de Lucas Cosci en una página reciente sobre el Bar de los Cabezones (Revista La Papa, octubre 2021). Por eso le dedico esta nota, y también a Jorge Rosenberg que me acompañó en todos los sitios históricos que menciono.

¿Sitios históricos los bares y cafés? Sí, contesto sin dudar. Se observará que nuestra historiografía, muy rica por cierto, está algo recargada de tonos bélicos y religiosos que han dejado en segundo plano (y a veces en la sombra) la vida de todos los días, el cotidiano como suele decirse, que llevamos adelante todo el tiempo, casi sin darnos cuenta.

Sin embargo, esta historia viva ha sido retratada ocasionalmente en la estampa, las memorias, el anecdotario y la prensa. Me sumo entonces a esa tarea, haciendo un breve recorrido por cinco bares y cafés de Santiago que frecuenté entre 1970 y 2010. Aunque un tango sostiene que veinte años no es nada, esos 40 contienen la mitad de mi vida, desde que llegué a esta provincia.


El Rincón de los Artistas

Pocos lo recuerdan ya, pero quienes lo hacen lo recuerdan bien. Con la necesaria nostalgia que merecen los singulares. El Bar Casino mantuvo su puerta abierta en la calle Tucumán N° 62, donde anunciaba “Pizzería y empanadas”. Pero había algo más.


El Mandinga del Bandoneón. El Liberal, 1982

En las húmedas noches de fin de siglo -o sea de la pasada década- al solitario y desprevenido caminante le llegaba una música filosa y alegre que lo atraía como un imán. Varios de los caminantes que siguieron de largo hubieron de comprobar, años después, que padecían de una precoz sordera. El hecho es que quien triunfara sobre las limitaciones de la carne y entrase al Bar Casino, podía vivir una experiencia única.

De este don especial estaban privados, naturalmente, los parroquianos habituales, que a fuerza de vivir en ese ambiente, habían terminado por ignorarlo, así como los peces ignoran el agua. Pero ese ambiente era nuevo para el ajeno, que si tenía ojos y piel se dejaba poseer poco a poco por un clima de vibrante expresividad, de aires populares respirados de una manera selecta. La vulgaridad era allí un sapo de otro pozo.

Quizá porque era una buena metáfora, don Pedro Evaristo Díaz rebautizó al Bar Casino como “El rincón de los artistas”. Don Pedro era músico reconocido en el ambiente que convocó durante décadas a sus pares, cantantes e instrumentistas del género nativo, por entonces en los márgenes.

Para que quienes no lo conocieron no se confundan, debe decirse que el Rincón de los Artistas no tenía nada que ver con una peña. Era, más bien, una antipeña, donde no se intentaban esos deplorables juegos modernos de hacer que el público participe, preguntándole de donde viene, y todo eso. Viniese de donde viniese, el caminante era eso: alguien de afuera, y nadie trataba de integrarlo. Tampoco nadie lo veía. Uno era allí una sombra, y a las sombras nadie las cae en cuenta, excepto para servirles una media jarrita de vino.

Esa noche podía estar el Morocho Martín (irónico apodo ya que era de piel blanca y rubialo), si uno tenía suerte capaz que aparecía el Mandinga del Bandoneón, y hasta una calandria santiagueña caída del nido de un algarrobo, o por obra del azar la Carmencita Palavecino. Pero lo principal era el ejercicio de la música, que los artistas llevaban a cabo no en un rincón como prometía el nombre, sino en cierto sitio convenido, directamente central, sin tarimas ni otros engañosos recursos.

Algún día alguien filmará un cortometraje sobre los músicos autodidactas que permita al respetable público ver algo que se cree extinguido: la relación entre el hombre y el instrumento sin los cosméticos y 1os amaneramientos de la televisión y los grandes festivales. Rostros hoscos e inexpresivos, mirando hacia abajo o con la vista fija en la espalda de una silla de lata pintada de rojo. Toda la vida en las manos, dando lugar a una ceremonia exquisita. ¿Qué puede importar de dónde viene uno?

Otras provincias han optado los lugares for export, tal como Los Gauchos de Güemes, o por réplicas de ranchos inverosímiles, o por sacralizar esquinas que tuvieron vida, como Balderrama. Santiago tuvo un lugar de otra especie, muy puro, si es que uno va a buscar un adjetivo calificativo. Quizá el destino natural de esos sitios sea el de no perdurar, pero uno, crítico irreverente al fin, se pregunta: ¿qué habrá en esa manía santiagueña de desembarazarse de sus propias cosas, para después predicar incansablemente sobre la necesidad de recuperarla?


Café Tokio

Viniendo del norte, al cruzar la calle Libertad la Tucumán cambia de nombre, se convierte en Independencia. En una vieja casona de la esquina, con entrada en el N° 14, estaba el café que les digo, con un cartel que a su nombre agregaba “Billares”. Los amantes de la mesa verde estaban al fondo, al medio la barra y al frente las mesas, de madera, pequeñas y cuadradas: máximo 4 parroquianos. También había tríadas, dúos y solitarios que variaban según las horas: a la mañana abogados, funcionarios,  comerciantes y desocupados, a la tarde noche vendedores, periodistas, poetas, tahúres y otros más.

En las dos mesas de billar se jugaba carambola, casin y la popular billa que no sé describir, ya que nunca la jugué. La mesa verde me apasionó en mi infancia, y ya de grande hice una pequeña (1 m por 0,70) para jugar con mis hijos. Los tacos los hice yo mismo con palos de escoba adelgazados con escofina.

Lo cierto es que en el Tokio se contaba la historia del día que estuvieron Navarra y Navarrita, dos famosos taqueadores; sabían cómo hacer saltar una bola sobre otra con un golpe especial, desde arriba, de esos difíciles porque el inexperto puede cortar el paño verde, un pecado imperdonable.

El rico anecdotario del Tokio se enriquece con la pluma de Moisés Carol: en su novela La Gran Sequía (en la que evoca el dramático 1937) relata que en sus mesas conversaron el periodista Roberto Arlt (entonces cronista de la revista Noticias), Arturo del Malvar (conocido personaje de la noche y malevo que usaba capa y un Colt 45 en la cadera) y Mariano Nano Paz (amigo de Canal Feijóo que integraba La Brasa).


Confitería El Barquito

Sus mesas ocupaban la amplia vereda que miraba a la Plaza Libertad. Algunas pocas estaban situadas en hilera dentro del Pasaje Tabycast, Independencia N° 88. Era una de las primeras galerías comerciales de la ciudad, con una veintena de locales de variados rubros.

Su centro neurálgico era la Librería Dimensión, heredera de Librería Aymara, que funcionó desde 1956 en la casa de los Taboada, Buenos Aires 46. Ese era el fuerte de Francisco René Santucho, donde producía la revista Dimensión que tuvo singular presencia en el campo cultural de Santiago. Apareció veinte años después de La Brasa, que por entonces había concluido su ciclo, cuando Bernardo Canal Feijóo se radicó en Buenos Aires, a fines de los años 40. 

La visitaba la mañana de los sábados, un ritual que mantuve durante años. No tuve oportunidad de conocer a Santucho que en esos años prefirió exiliarse en Tucumán; tenía 46 años cuando fue capturado y asesinado por una patrulla militar del Operativo Independencia, en 1975.

Su esposa Gilda Roldán me permitía revisar los estantes y vendió mis primeros libros de poesía. Me sentaba a tomar un café en una de las mesitas próximas a la librería. Allí compartí charlas con Coco Miguel, Jorge Rosenberg y Don Gaspar Villarreal, escritor friense de inolvidable voz y estampa. Hace poco me enteré que Armando Archetti, estudiante de filosofía de 33 años secuestrado en Santiago del Estero, solía sentarse en las mismas mesas.

La Ideal

El bar y confitería La Ideal quedaba en la esquina de Avellaneda e Independencia, haciendo cruz con la Plaza Libertad y era muy frecuentado a toda hora. Me contaron que allí solía sentarse Orestes Di Lullo a tomar un café con su amigo Ruiz.


Guía Telefónica El Zonda, 1967

Su público provenía de sectores altos y medios, entre los que había algunos apellidos de lustre, profesionales (hasta doctores), empleados públicos, compradores y vendedores, y hasta algún prestigioso fullero. Desde fines de los 70 trabajé en una oficina de la provincia que quedaba a dos cuadras. Allí ocupaba el cargo de jefe de departamento, que a mis treinta años no era despreciable. Como tal tenía algunas responsabilidades y algunas licencias habituales en ese nivel: entrábamos a las 8, una hora más tarde que el personal administrativo; después de firmar la planilla, algunas veces solía escaparme a La Ideal a tomar un café con leche con medias lunas saladas.

En otras ocasiones fui a tomar un cafecito al mediodía o un whisky al anochecer, con amigos o solo. Un día que mi mesa estaba frente a la vereda, me vi reflejado en el grueso vidrio que envolvía el bar. Hice un esbozo de la figura en mi cuaderno, y poco tiempo después lo pinté al óleo con el título “Uno en el bar”.



El Bar de los Cabezones

Independencia 184 si no recuerdo mal. Una casona histórica con dos escalones que aun con pequeñas modificaciones edilicias mantuvo su ambiente de época, que Ari Paz, su emprendedor propietario, enriqueció con piezas memorables, como una rueda de carro o un tonel de vino que había pertenecido a la finca Los Mimbres de Don Alfredo Palumbo.

A ello se agregaban esculturas de Tuti Delgado y cuadros de Rafa Touriño, Horacio Abate y muchos otros pinceles y plumas que no recuerdo. Fue el lugar que elegimos para iniciar un ciclo de lectura de poesía, que primero se llamó Poesía del Sábado a la noche, que conducía junto a la inolvidable voz y presencia de Marcela Espíndola. Los encuentros eran quincenales, había en cada uno tres invitados y se editaba una plaqueta con sus poemas que se distribuía entre los asistentes.


Acto cultural en el Bar de los Cabezones realizado en julio de 1984. Alberto Tasso se refirió al tema “El poeta y la ciudad” y Stella Bernasconi presentó una plaqueta literaria de Bibiana Manzur. Participaron los escritores Alfonso Nassif y Felipe Rojas y el cantautor Juan Carlos Almada (El Liberal 6-7-84).

Pasado un tiempo se convirtió en Poesía de los Viernes, ahora con la generosa colaboración de Lucas Cosci, que lo recuerda en el artículo que mencioné. Creo que esos ciclos contribuyeron a hacer visible la comunidad de las letras, que estuvo recluida durante la dictadura en cenáculos privados, como el que alentó Esther Ibarra en Santiago y Bichi Castiñeiras en La Banda. Al emprenderlo nos guió una larga tradición, que aquí habíamos aprendido de Alfonso Nassif, entre otros.

El bar tenía públicos y horarios diferenciados. Por ejemplo, los sábados a eso de las 11 hs. se reunía la mesa de los notables, como yo la llamaba desde la mía, lateral, la segunda entrando a la derecha. La integraban Pío Montenegro, Alfonso Nassif, Raúl Lima, José Andrés Rivas y Ricardo Aznárez, entre otros.

También fue espacio de conferencias: recuerdo la del historiador Gastón Doucet sobre el Padrón de Vecinos, Moradores y Residentes de Santiago del Estero en 1608, un valioso documento que halló en el Archivo Nacional de Bolivia, en Sucre. Lo presentó Luis Alen Lascano ante una sala colmada.

Para concluir, un soneto me parece la mejor forma de recordar este lugar memorable.

Un soneto de ocasión

No sin odio y rencor escribo ahora

al bar amado de los Cabezones

donde hallo Paz, y Paz, y unas canciones

y plática, o polémica a deshora.

Aquí duerme la siesta santiagueña

la cultura, vestida de vidala

y de modernidades. En la sala

a veces hay olor a naftalina.

Pues aquí estoy, ardiente e inseguro

buscando una muchacha provinciana

que ilumine la noche de mi espera.

Bebo fernet con coca o vino puro

en esta salamanca casi urbana.

Las empanadas son del Gringo Herrera.

Con este soneto pagué unos whiskies, cierta noche de junio. En otras ocasiones intenté hacerlo con coplas y acrósticos, que le agradaban a Ramón Paz, pero no a Ari, que prefería las odas y las cuartetas al estilo Dalmiro. Nunca dejé de intentarlo, ya que en un bar cultural hay ciertas libertades. Sin embargo, no todo ha resultado sencillo. No es fácil escribir un haikú a las cuatro de la mañana, cuando ya parte el último remisse. Sin embargo lo hice, y valió por dos fernets. Agregué: Sentado estoy / mirando pasar / a la que no vendrá.

 

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