BARES Y CAFES MEMORABLES DE SANTIAGO DEL ESTERO
A Jorge Rosenberg y Lucas Cosci
Comencé a escribir motivado, como en otras ocasiones, por
la pluma evocativa de Lucas Cosci en una página reciente sobre el Bar de los
Cabezones (Revista La Papa, octubre
2021). Por eso le dedico esta nota, y también a Jorge Rosenberg que me acompañó
en todos los sitios históricos que menciono.
¿Sitios históricos los bares y cafés? Sí, contesto sin
dudar. Se observará que nuestra historiografía, muy rica por cierto, está algo
recargada de tonos bélicos y religiosos que han dejado en segundo plano (y a
veces en la sombra) la vida de todos los días, el cotidiano como suele decirse,
que llevamos adelante todo el tiempo, casi sin darnos cuenta.
Sin embargo, esta historia viva ha sido retratada
ocasionalmente en la estampa, las memorias, el anecdotario y la prensa. Me sumo
entonces a esa tarea, haciendo un breve recorrido por cinco bares y cafés de
Santiago que frecuenté entre 1970 y 2010. Aunque un tango sostiene que veinte
años no es nada, esos 40 contienen la mitad de mi vida, desde que llegué a esta
provincia.
El Rincón de los Artistas
Pocos
lo recuerdan ya, pero quienes lo hacen lo recuerdan bien. Con la necesaria
nostalgia que merecen los singulares. El Bar Casino mantuvo su puerta abierta en
la calle Tucumán N° 62, donde anunciaba “Pizzería y empanadas”. Pero había algo
más.

El
Mandinga del Bandoneón. El Liberal, 1982
En
las húmedas noches de fin de siglo -o sea de la pasada década- al solitario y
desprevenido caminante le llegaba una música filosa y alegre que lo atraía como
un imán. Varios de los caminantes que siguieron de largo hubieron de comprobar,
años después, que padecían de una precoz sordera. El hecho es que quien
triunfara sobre las limitaciones de la carne y entrase al Bar Casino, podía
vivir una experiencia única.
De
este don especial estaban privados, naturalmente, los parroquianos habituales,
que a fuerza de vivir en ese ambiente, habían terminado por ignorarlo, así como
los peces ignoran el agua. Pero ese ambiente era nuevo para el ajeno, que si
tenía ojos y piel se dejaba poseer poco a poco por un clima de vibrante
expresividad, de aires populares respirados de una manera selecta. La
vulgaridad era allí un sapo de otro pozo.
Quizá
porque era una buena metáfora, don Pedro Evaristo Díaz rebautizó al Bar Casino
como “El rincón de los artistas”. Don Pedro era músico reconocido en el
ambiente que convocó durante décadas a sus pares, cantantes e instrumentistas
del género nativo, por entonces en los márgenes.
Para
que quienes no lo conocieron no se confundan, debe decirse que el Rincón de los
Artistas no tenía nada que ver con una peña. Era, más bien, una antipeña, donde
no se intentaban esos deplorables juegos modernos de hacer que el público
participe, preguntándole de donde viene, y todo eso. Viniese de donde viniese,
el caminante era eso: alguien de afuera, y nadie trataba de integrarlo. Tampoco
nadie lo veía. Uno era allí una sombra, y a las sombras nadie las cae en
cuenta, excepto para servirles una media jarrita de vino.
Esa
noche podía estar el Morocho Martín
(irónico apodo ya que era de piel blanca y rubialo), si uno tenía suerte capaz
que aparecía el Mandinga del Bandoneón, y hasta una calandria santiagueña caída
del nido de un algarrobo, o por obra del azar la Carmencita Palavecino. Pero lo
principal era el ejercicio de la música, que los artistas llevaban a cabo no en
un rincón como prometía el nombre, sino en cierto sitio convenido, directamente
central, sin tarimas ni otros engañosos recursos.
Algún
día alguien filmará un cortometraje sobre los músicos autodidactas que permita
al respetable público ver algo que se cree extinguido: la relación entre el
hombre y el instrumento sin los cosméticos y 1os amaneramientos de la
televisión y los grandes festivales. Rostros hoscos e inexpresivos, mirando
hacia abajo o con la vista fija en la espalda de una silla de lata pintada de
rojo. Toda la vida en las manos, dando lugar a una ceremonia exquisita. ¿Qué
puede importar de dónde viene uno?
Otras
provincias han optado los lugares for export, tal como Los Gauchos de Güemes, o
por réplicas de ranchos inverosímiles, o por sacralizar esquinas que tuvieron
vida, como Balderrama. Santiago tuvo un lugar de otra especie, muy puro, si es
que uno va a buscar un adjetivo calificativo. Quizá el destino natural de esos
sitios sea el de no perdurar, pero uno, crítico irreverente al fin, se
pregunta: ¿qué habrá en esa manía santiagueña de desembarazarse de sus propias
cosas, para después predicar incansablemente sobre la necesidad de recuperarla?
Café Tokio
Viniendo del norte, al cruzar la calle Libertad la
Tucumán cambia de nombre, se convierte en Independencia. En una vieja casona de
la esquina, con entrada en el N° 14, estaba el café que les digo, con un cartel
que a su nombre agregaba “Billares”. Los amantes de la mesa verde estaban al
fondo, al medio la barra y al frente las mesas, de madera, pequeñas y
cuadradas: máximo 4 parroquianos. También había tríadas, dúos y solitarios que
variaban según las horas: a la mañana abogados, funcionarios, comerciantes y desocupados, a la tarde noche
vendedores, periodistas, poetas, tahúres y otros más.
En las dos mesas de billar se jugaba carambola, casin y
la popular billa que no sé describir, ya que nunca la jugué. La mesa verde me
apasionó en mi infancia, y ya de grande hice una pequeña (1 m por 0,70) para
jugar con mis hijos. Los tacos los hice yo mismo con palos de escoba
adelgazados con escofina.
Lo cierto es que en el Tokio se contaba la historia del
día que estuvieron Navarra y Navarrita, dos famosos taqueadores; sabían cómo
hacer saltar una bola sobre otra con un golpe especial, desde arriba, de esos
difíciles porque el inexperto puede cortar el paño verde, un pecado
imperdonable.
El rico anecdotario del Tokio se enriquece con la pluma
de Moisés Carol: en su novela La Gran
Sequía (en la que evoca el dramático 1937) relata que en sus mesas
conversaron el periodista Roberto Arlt (entonces cronista de la revista
Noticias), Arturo del Malvar (conocido personaje de la noche y malevo que usaba
capa y un Colt 45 en la cadera) y Mariano Nano
Paz (amigo de Canal Feijóo que integraba La Brasa).
Confitería El
Barquito
Sus mesas ocupaban la amplia vereda que miraba a la Plaza
Libertad. Algunas pocas estaban situadas en hilera dentro del Pasaje Tabycast,
Independencia N° 88. Era una de las primeras galerías comerciales de la ciudad,
con una veintena de locales de variados rubros.
Su centro neurálgico era la Librería Dimensión, heredera
de Librería Aymara, que funcionó desde 1956 en la casa de los Taboada, Buenos
Aires 46. Ese era el fuerte de Francisco René Santucho, donde producía la
revista Dimensión que tuvo singular
presencia en el campo cultural de Santiago. Apareció veinte años después de La
Brasa, que por entonces había concluido su ciclo, cuando Bernardo Canal Feijóo
se radicó en Buenos Aires, a fines de los años 40.
La
visitaba la mañana de los sábados, un ritual que mantuve durante años. No tuve
oportunidad de conocer a Santucho que en esos años prefirió exiliarse en
Tucumán; tenía 46 años cuando fue capturado y asesinado por una patrulla
militar del Operativo Independencia, en 1975.
Su
esposa Gilda Roldán me permitía revisar los estantes y vendió mis primeros
libros de poesía. Me sentaba a tomar un café en una de las mesitas próximas a
la librería. Allí compartí charlas con Coco Miguel, Jorge Rosenberg y Don
Gaspar Villarreal, escritor friense de inolvidable voz y estampa. Hace poco me
enteré que Armando Archetti, estudiante de filosofía de 33 años secuestrado en
Santiago del Estero, solía sentarse en las mismas mesas.
La Ideal
El
bar y confitería La Ideal quedaba en la esquina de Avellaneda e Independencia,
haciendo cruz con la Plaza Libertad y era muy frecuentado a toda hora. Me
contaron que allí solía sentarse Orestes Di Lullo a tomar un café con su amigo
Ruiz.

Guía
Telefónica El Zonda, 1967
Su
público provenía de sectores altos y medios, entre los que había algunos
apellidos de lustre, profesionales (hasta doctores), empleados públicos,
compradores y vendedores, y hasta algún prestigioso fullero. Desde fines de los
70 trabajé en una oficina de la provincia que quedaba a dos cuadras. Allí
ocupaba el cargo de jefe de departamento, que a mis treinta años no era
despreciable. Como tal tenía algunas responsabilidades y algunas licencias
habituales en ese nivel: entrábamos a las 8, una hora más tarde que el personal
administrativo; después de firmar la planilla, algunas veces solía escaparme a
La Ideal a tomar un café con leche con medias lunas saladas.
En
otras ocasiones fui a tomar un cafecito al mediodía o un whisky al anochecer,
con amigos o solo. Un día que mi mesa estaba frente a la vereda, me vi
reflejado en el grueso vidrio que envolvía el bar. Hice un esbozo de la figura
en mi cuaderno, y poco tiempo después lo pinté al óleo con el título “Uno en el
bar”.

El Bar de los
Cabezones
Independencia 184 si no recuerdo mal. Una casona
histórica con dos escalones que aun con pequeñas modificaciones edilicias
mantuvo su ambiente de época, que Ari Paz, su emprendedor propietario,
enriqueció con piezas memorables, como una rueda de carro o un tonel de vino
que había pertenecido a la finca Los Mimbres de Don Alfredo Palumbo.
A ello se agregaban esculturas de Tuti Delgado y cuadros
de Rafa Touriño, Horacio Abate y muchos otros pinceles y plumas que no
recuerdo. Fue el lugar que elegimos para iniciar un ciclo de lectura de poesía,
que primero se llamó Poesía del Sábado a
la noche, que conducía junto a la inolvidable voz y presencia de Marcela
Espíndola. Los encuentros eran quincenales, había en cada uno tres invitados y
se editaba una plaqueta con sus poemas que se distribuía entre los asistentes.

Acto cultural en el Bar de los Cabezones realizado en
julio de 1984. Alberto Tasso se refirió al tema “El poeta y la ciudad” y Stella
Bernasconi presentó una plaqueta literaria de Bibiana Manzur. Participaron los
escritores Alfonso Nassif y Felipe Rojas y el cantautor Juan Carlos Almada (El
Liberal 6-7-84).
Pasado un tiempo se convirtió en Poesía de los Viernes, ahora con la generosa colaboración de Lucas
Cosci, que lo recuerda en el artículo que mencioné. Creo que esos ciclos
contribuyeron a hacer visible la comunidad de las letras, que estuvo recluida
durante la dictadura en cenáculos privados, como el que alentó Esther Ibarra en
Santiago y Bichi Castiñeiras en La Banda. Al emprenderlo nos guió una larga
tradición, que aquí habíamos aprendido de Alfonso Nassif, entre otros.
El bar tenía públicos y horarios diferenciados. Por
ejemplo, los sábados a eso de las 11 hs. se reunía la mesa de los notables,
como yo la llamaba desde la mía, lateral, la segunda entrando a la derecha. La
integraban Pío Montenegro, Alfonso Nassif, Raúl Lima, José Andrés Rivas y
Ricardo Aznárez, entre otros.
También fue espacio de conferencias: recuerdo la del
historiador Gastón Doucet sobre el Padrón de Vecinos, Moradores y Residentes de
Santiago del Estero en 1608, un valioso documento que halló en el Archivo
Nacional de Bolivia, en Sucre. Lo presentó Luis Alen Lascano ante una sala
colmada.
Para concluir, un soneto me parece la mejor forma de
recordar este lugar memorable.
Un
soneto de ocasión
No sin odio y rencor
escribo ahora
al bar amado de los
Cabezones
donde hallo Paz, y Paz,
y unas canciones
y plática, o polémica a deshora.
Aquí duerme la siesta
santiagueña
la cultura, vestida de
vidala
y de modernidades. En
la sala
a veces hay olor a naftalina.
Pues aquí estoy,
ardiente e inseguro
buscando una muchacha
provinciana
que ilumine la noche de mi espera.
Bebo fernet con coca o
vino puro
en esta salamanca casi
urbana.
Las
empanadas son del Gringo Herrera.
Con este soneto pagué unos whiskies, cierta
noche de junio. En otras ocasiones intenté hacerlo con coplas y acrósticos, que
le agradaban a Ramón Paz, pero no a Ari, que prefería las odas y las cuartetas
al estilo Dalmiro. Nunca dejé de intentarlo, ya que en un bar cultural hay
ciertas libertades. Sin embargo, no todo ha resultado sencillo. No es fácil
escribir un haikú a las cuatro de la mañana, cuando ya parte el último remisse.
Sin embargo lo hice, y valió por dos fernets. Agregué: Sentado estoy / mirando
pasar / a la que no vendrá.
¡ATENCIÓN!
En este comienzo de año, queremos tomar impulso para seguir haciendo crecer este proyecto que nos encuentra a cada rato escribiendo y leyendo junto a vos. Queremos que seas parte de nuestra mesa, invítanos un cafecito para que Mundar siga creciendo.
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