CARTA A MARIA ADELA AGUDO
Una vez más llego tarde. Pareciera que nunca puedo ser puntual con los hallazgos de mi época. Voy siempre a destiempo y dando tropezones entre mi lectura ciega y el desorden de una memoria que intenta ser colectiva, pero no lo consigue. No del todo. ¿A quiénes le importamos nosotras, las del norte? Porque a ellos, aunque sea a algunos, al menos los nombran: Bernardo Canal Feijóo, Homero Manzi, Nicandro Pereyra. Sus cantos y sus rimas lograron romper los ecos del monte. Pero no escuché nunca, a nadie, decir con firmeza: María Adela Agudo, poeta santiagueña nacida en La Banda, poeta amiga, poeta exiliada, poeta inconclusa. Nunca escuché a nadie decir Agón, contienda, malestar nocturno. Honor. Y es por eso que, otra vez, llego tarde: tarde a tu vida que conozco por esta invitación a leerte, tarde a tu obra que conozco por la reciente publicación de tus cuadernos de poemas, rescatados por editorial Mundar, y tarde a la que hubiera sido una posible ventana luminosa para una niña que, en tus mismos pagos, se sintió solitaria en el oscuro camino de la diferencia y que, como vos, encontró refugio en la poesía.
Te escribo
esta carta, entonces, como alguien que descubre en vos algo de sí misma: la pasión y la soledad. También yo nací
en Santiago y también de ahí me fui. Tuve que
alejarme para poder volver, años más tarde, con la fuerza terrosa del vendaval norte. De manera
intempestiva. Para tomar por asalto
un micrófono en el centro
de la Plaza Libertad y leer con voz arenosa el poema de otra, una
uruguaya que tuvo que exiliarse para
escribir. Si tan solo la hubieras conocido, si hubieras leído su poesía, pero te fuiste demasiado pronto y en el
año de tu partida su nombre, Cristina Peri Rossi, aún no hacía
brotar agua entre las lenguas
poetas. De haberla
conocido, ¿serían hoy amigas? ¿Y de haberme conocido a mí? Adela,
también vos tuviste que aprender una
caligrafía del exilio, dejar el aula que te vio crecer y marcharte a otros pagos hermanos. Comprendías como pocos la importancia de llevar la poesía a esas cuatro
paredes confidentes que encierran dentro tantos futuros
como rostros. Recuerdo mis años infantes, en aquel
colegio en mi Santiago, tan distinto y lejano al tuyo. Si al menos allí te hubieran
nombrado. Si al menos allí nos hubieran
dicho “hubo una poeta santiagueña que escribió los siguientes versos”:

Quizás así hubiera llegado antes a entender el valor de la poesía, a entender el valor de la enseñanza, a entender que el rol de una maestra va mucho más allá de un aula. Pero no hubo nidos en tu nombre, Adela. De haberlos, me hubiera sentido menos sola. Acompañada por tus versos, siguiendo las pisadas de tus andares mientras desmalezabas a machetazos este frondoso mundo poblado por las palabras de los hombres, labrando poemas como si fueran tierra fresca para un árbol de frutos ácidos que no viste crecer. Si al menos te hubieran nombrado, a vos o a tantas otras, quizás hubiera sido la hora puntual, la soga precisa, una caricia fortuita. Y aquí me tomo el atrevimiento de contradecir a uno de tus editores, Sebastian Sapunar, cuando dice que la poesía no necesita que nadie la desentierre porque anda aleteando en el camino, migrando en el territorio de los cuerpos, a veces yendo y otras regresando a contrapelo, a contraolvido. Porque hay quienes necesitamos algo de ayuda para no perdernos en ese camino. Por muy lindas que sean estas palabras, que casi logran convencerme, qué hubiera sido de mí, poeta y santiagueña, si alguien, antes, no te hubiera desenterrado para que brotes frente a mis ojos. Llego tarde, Adela, pero porque tarde vos me llegas solo y gracias a las manos obreras de quienes trabajaron incansablemente para rescatar tu nombre de mi olvido. A 70 años de tu muerte.
Ahora que a través de este libro pude leerte, que conocí tus publicaciones primeras, tu fugaz destello de vida y el cariño profeso que te entregaron tus amigos, me animo a decir lo siguiente: quienes no conocen tu nombre, poco conocen realmente de Santiago. Poco de sus secretos, poco de zambas y de montes, poco del Parque Aguirre, de la costanera de plata, de las erres vascongadas, de los trenes, de Inti Yacu y la santar rita. Una promesa te hago, entonces: desde este día, y en adelante, no haré otra cosa que nombrarte. Este será mi propósito: dar a conocer tus versos en esta ciudad que da la espalda a su norte. Hacerlo será, también, resaltar las plazas, las calles, las canciones de mi infancia. Lo juro por tus propios santos: “Por Felipe Santiago, por Francisco Solano, por el hierro y el sueño, la gesta y la cruzada”.
Y ahora sí, Adela, me pregunto dónde es que nos esperas. En qué paisaje lila de follaje cristalino, bajo la sombra de qué chañar, entre las letras de qué coplas, en que parque si no el Aguirre, en qué avenida si no la Belgrano. ¿En cuál de todos esos lugares que dibujas como el mapa de un Santiago que solo hallo en tus poemas y en ningún otro lado? ¿En cuál de todos ellos nos esperas? Porque, de verdad les pregunto a ustedes, sí, a ustedes, “¿creéis que ha muerto? No, la lejana, en las suaves hiedras, espera sonámbula”.
Alex Zanni, 26 de abril de 2024