CARTAS DE GABRIELA
Pienso en la
primera carta que me escribió, o le escribí, como si en esa dialéctica se
hubiera convertido en poeta, me hubiera convertido a mí, en esas alguienes que
queremos ser. ¿Escritoras? Como un modo en sí, más que un estado, o una acción,
como si la decisión viniera después, o antes, quién sabe si es apenas la
necesidad de las palabras, de tenerlas en serio, pero de verdad, y no así entre
tanto libro que repetíamos de memoria para alcanzar. ¿Alcanzar qué? sería la
pregunta ahora.
Pienso en su escritura, en la poesía de los detalles, en la belleza de las metáforas elegidas como inspiradas, como si existiera una categoría para eso, y yo pudiera guardarla en un lugar para quedarme tranquila. Una poesía que además es un cuerpo, una voz musical, de la tonada en el recitado, al arrastre de la rr, un modo dulce y filoso de decir una verdad. Algo que la lleva cuando lee y parece olvidarse que lee. Dice de los pájaros, nos cuenta de su entorno, tan nuevo como ancestral, como si ella lo estuviera creando en cada verso.
La conocí en la facultad, y nos hicimos amigas en el deseo. ¿Se explicaría así?, le preguntaría sobre lo primero que escribió, y ella respondería sobre lo cotidiano, porque en lo cotidiano hay un deseo que crece, como una planta olvidada que puja por crecer en medio de mosaicos rotos.
Gabriela nació en Santiago del Estero, a los diecisiete se fue a estudiar a Córdoba, a los veintitantos se mudó a La Plata, y hace un par de años volvió a vivir a Santiago, donde hoy trabaja en un Juzgado de Género y continúa escribiendo. Publica en edición de autor Luz Natural, Los días, Sombra Roja, y Sisayay (poemas ilustrados junto al artista Pablo Cano), y su poemario Migraciones en Editorial En Danza. Además, ha explorado en fotografía y en edición audiovisual. Actualmente, está por publicar otro poemario, además de la publicación de textos y poemas en distintas revistas digitales.
Quiénes escriben de ella, hablan de los modos en que migra su poesía, en relación con el propio movimiento de su vida, que al mismo tiempo, parecen volver siempre a una raíz: una poética que combina imagen y tono. El comienzo es una fuerza que observa, un permanecer, como un dejarse atravesar. Alguien que parece tener la sensibilidad que le da el estar en las cosas, como el detalle y la posibilidad del decir de quién está por fuera y adquiere un mirar.
Tocar un pájaro
Empecé a observar
los animales/sus comportamientos de huida/en el paisaje/cómo se cruzan entre
si/y se huelen a distancia/quise aprender de ellos y no pude/traté de tocar un
pájaro/seguí su movimiento hasta perderlo/volvió y sentí que
andábamos/extraviados/y sonrientes
Un adentro desde una otra, un otro. O decir, se mira para
mirarse. Ella se mira, para mirar, y así como un movimiento continuo. Hay una
elección en esa mirada donde parece haber vacío, hay una elección en ese deseo
que busca llenarse:
(…) En los
huequitos en la ropa/me hacían más frágil/ y traté de sostenerme sin perder/de
vista el sol
En esa pérdida se desliza una no pérdida, una estática de
los movimientos que hacen a la siesta, a la textura del monte, a las manos de
una madre, al silencio de un padre. En esa pérdida, las palabras se deslizan
suaves sobre la aridez de un tiempo inmutable, que migra y vuelve a su seno
materno, unos ojos grandes para mirar todo, un deseo permanente sobre otro, una
necesidad de contarle a alguien, una dedicación como una carta. Hay en la
poesía de Gabriela, un cosmos, pero antes, una mujer que es el cosmos. Quizás
esto último, sea lo que habla de su poesía más reciente:
Hubo amistad en todas las
batallas/una mujer que encontró partes/de un hombre que amaba/esa forma
terrible y expansiva/en la que el amor se queda/como una mancha de pintura/roja
sobre los labios. (...)
Cada palabra, cobra un propio cuerpo, una propia síntesis poética, en donde el personaje parece trasladarse a la palabra misma:
Estos papeles o palabras/como
lazos de telas/que atamos/en ramas de los árboles
esos antiguos testigos/de una
época/y su vestimenta.
En el próximo poemario que está por publicarse, una ventana se abre, una idea continua que busca responderse como una carta, como esas cartas que esperamos y hacen que retomemos a una raíz. Esta vez la raíz es la guía, son las mujeres, amigas, poetas, las de antes, las de ahora, esta vez la raíz es el cuerpo, sin dejar de estar en un lugar:
Aguas Saladas
Un verso de Sylvia Plath
dice:/“el azúcar lo cura todo”. /¿Podría ser nuestra la
dulzura/marinar con ella a las palabras /y nombrar lo que nos
asusta?/Lucía/cuántas veces escribiremos/por primera vez/cuántas seguiremos
sobreviviendo.
Pienso en sus manos, en los dedos largos, en las uñas atravesadas por el barro cuando escribe, en un monte como una ciudad. Hay un tocar como un mirar como un atravesarse. Pienso si leer a Gabriela no es leerlos, a nosotras, como un todo adicional, no es quererla porque nos muestra lo que no llegamos a ver, en ese deseo continuo que parece querer alcanzar. Leerla, a veces, es alcanzarlo.
¡ATENCIÓN!
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