CASAS ENTERRADAS HOY
Pasados ya 27 años desde su
publicación, celebramos hoy esta segunda edición de Casas enterradas realizada por EDUNSE, una prueba más del
reconocimiento que ha recibido esta novela singular en los años transcurridos.
Al igual que los humanos, los libros cambian de rostro a medida que pasa el
tiempo, pues cada generación aprecia en ellos algo distinto, lo lee e
interpreta a su modo, a la luz de su lámpara, sus lentes y su momento.
Aunque el texto no ha variado, Casas… de hoy no es el mismo de ayer. Como ejemplo, en su prólogo Lucas Cosci señala con acierto que la obra “fija un mojón en la literatura santiagueña”, en la que introduce un nuevo modo de narrar. En efecto, más cercano a la orfebrería de la palabra que al relato mismo, el libro muestra la aparición entre nosotros de un giro en la literatura latinoamericana.

Los caminos abiertos en los ’50 y
’60 no son los únicos que caminó el joven Fernández Loza en sus lecturas, pero
sí los que movieron su pluma. Rehúye el costumbrismo, que conoce bien, y
prefiere innovar en una suerte de clasicismo personal: antes que para ser
devorado, escribe para ser paladeado.
Pero antes que el modo de narrar
importa el de situar el argumento en el tiempo y el espacio. Fernández Loza
había leído la primera entrada de Diego de Rojas en 1546 narrada por Ricardo
Rojas cuatro siglos después en El país de
la selva. El tema de las fundaciones (no se hablaba entonces de ocupación
ni invasión) españolas suscitó mucha literatura en Santiago durante el siglo XX,
luego que las obras de Levillier estimularan a Di Lullo, Olmos Castro y Alen
Lascano.
El espacio es el monte, que no
aparece reflejado en ninguna de las cinco ilustraciones de esta segunda edición,
en las que no hay un árbol. Los personajes son los españoles y la trama se
desenvuelve entre intrigas, amores y flechas lanzadas por anónimos naturales
que aparecen como parte del entorno.
La novelística santiagueña
anterior (Tolvanera, Pasión y muerte de
Silverio Leguizamón, La gran sequía, Polvo y espanto, Hacha y quebracho, La casa de la poesía, entre otras)
proponían cuestiones y cuestionamientos y no dejaban de ser descriptivas. En su
novela, Fernández Loza evade ese nudo gordiano para centrarse en otro, donde el
cómo decir es más importante que el asunto dicho.
Volviendo a 1997, esta novela de
fin de siglo dejó puertas que hoy podemos volver a abrir. Su edición no fue
fácil; la versión original fue manuscrita y el autor lo hizo tipear en Word,
como lo recibimos. Nuestra propia corrección fue laboriosa pues desafiaba la
puntuación, la tipografía (¡la bastardilla!) y la línea de tiempo.
