CHARLA CON ALFREDO GOGNA EN UN CAFE
Los cafés serán varios, los cigarrillos
numerosos, el diálogo fácil y franco, como siempre. A medida que hablamos me
acuerdo de otras conversaciones, otros encuentros, algunos ya mucho tiempo
atrás. El que tengo más grabado es el más lejano, el que lo pinta mejor. Yo había
ido a su casa del barrio Jorge Newbery, para conocerlo, para hablar de pintura,
a lo mejor para que me enseñara algo. Me atendió por la ventana, cordialmente,
pero me dijo que volviera otro día, que ahora no tenía tiempo. Tenía que
pintar. Bastante tiempo después me di cuenta de que había sido una buena
enseñanza la que me dio ese día. Consistía en que el trabajo cotidiano está por
encima de todo. Que el deber de estado, como se decía antes, para un pintor es
pintar. Cumplida esa tarea sí tenía tiempo, y hablaba largamente, con todo el
mundo, pero especialmente con los más jóvenes. Es que sin pretender ser
didáctico, sus palabras tienen fuerza, convicción, tiene confianza en lo que
dice. No se trata de que crea tener alguna verdad para ofrecer, sino que
simplemente goza exponiendo su experiencia, la reflexión surgida del trabajo, y
que gusta de plantear cuestiones y problematizar al otro, es decir, hacerlo meditar
sobre lo que hace. Quizá a ello se debe su influencia sobre una generación que
lo ha considerado un maestro.
“Mi padre era canterista, obrero de la
minería, porque donde nací, en Tandil, hay muchos afloramientos, vetas de cal y
yeso. Era uruguayo, hijo de italianos. Anarco-sindicalista, como casi todos sus
compañeros en esa época, inmigrantes todos. Me acuerdo muy bien de las
reuniones en el local del sindicato. Se hacían obras de teatro, y se empezaba
cantando “La internacional”. Después había baile. Recuerdo como si estuviera
viendo los chumbos que los hombres dejaban colgados en el baño, porque en esa
época andaban todos calzados. De esa época fue mi primer contacto con el óleo:
unos cuadros pintados por un camionero, un hombre grandote llamado Eleazar del
Corzo, fijate qué nombre. Era nacido en la Cerdeña y pintaba los paisajes de su
tierra; en casa había dos cuadros de él. Después nos fuimos a Buenos Aires,
porque mi hermano mayor se había enfermado de tuberculosis y mi padre decidió
que nos trasladáramos todos a la capital para hacerlo tratar en el Muñiz. Fue
en el ´43, yo tenía trece años. Eso lo salvó, porque en esa época la
tuberculosis era terrible, y muchos morían por ignorancia, por no hacerse curar
a tiempo. En esos años trabajé, estudié, empecé a pintar. Y a viajar. Cuando
tenía 23 años estaba en Tucumán, empecé en una empresa de un hombre que se
llamaba Delacroix, ¡nada menos! El montaba exposiciones. Y en ese entonces le
encargaron la organización de la exposición que se hacía para el cuarto centenario
de Santiago, en 1953.
“Así llegué a Santiago. Me
encargaron la pintura de cuarenta paneles para el decorado de la exposición,
que se hacía en la Escuela Centenario. Eran paneles gigantescos, algunos de
tres metros por cuatro. Era una tarea terrible, además había que hacerla en un
mes. Yo todavía no sabía nada de Santiago y ahí tenía que reflejar la vida de
la provincia, su historia, su actividad, su gente. No había tiempo de viajar.
Me puse a hablar con quienes sabían historia, visitaba los museos, me arrimaba
al mercado. Yo venía con mi carga de tipo nuevo, joven, quería plantear las
cosas con otro lenguaje. Ahí comenzó mi polémica con Santiago, por imponer ese
lenguaje, que duraría mucho tiempo. Mi diálogo con Santiago fue áspero. En ese
mismo mes la conocí a mi mujer, Marina Cerutti, que era maestra, y enseguida me
casé.
Gómez Cornet, Basilio
Celestino, Carlos Alonso. En esa época había muchos pintores importantes aquí.
También venían Policastro y Castagnino. Spilimbergo, que una vez estuvo en Las
termas ocho horas seguidas conversando con los alumnos de bellas artes. Gómez
Cornet venía de traer la vanguardia, con Pettorutti. Fijate que mucha gente se
confunde con él, no advierte que tras la aparente simplicidad de sus dibujos
hay una base conceptual muy sólida, producto de mucho estudio y mucho trabajo.
Es mucho más que el realismo costumbrista que parece. El vio la primera muestra
de dibujos que hice en el Jockey Club. La inauguré un viernes. Fuimos a tomar
algo y ahí le pregunté qué le parecían mis dibujos. Y, sabes, me contestó:
“¿Usted se cree que si no me hubieran gustado sus dibujos no se lo hubiera
dicho?” Al día siguiente cuando fui a la muestra estaban tres o cuatro cuadros
puestos en el suelo. Le pregunté al presidente del club porqué los habían
bajado, y me dijo que esos desnudos no podían mostrarse, porque a las muestras
iban señoritas. Me enojé y me llevé todos los cuadros. Así que la muestra duró
un solo día. ¿Qué hago ahora? Trabajo full time. Mucho papel, muchas cosas
gráficas. Converso con los amigos, como Leopoldo Presas, que es un hombre
extraordinario. Hace como dos años que no expongo en 35 Buenos Aires, la última
vez fue en el Palais de Glase. Tato de... desestructurar las cosas. Comienzo a
partir de un tema... busco los contrarios... alguien que estaba vendo mis
cosas, me dijo: “Vos estás haciendo jazz”.
No hablamos de pintura, no, sino de su vida, esa otra obra pulida, variada, pasada de desafío en desafío, probando materiales, composiciones, quebrando la visión tradicional de las cosas, que él considera engañosa. Es un inventor, que no se pegó a una fórmula, al que no le gusta tener seguidores, y que a los 62 años decía: “No solo los chicos, también nosotros tenemos que romper con Picasso”.
"El bosque", Alfredo Gogna. Foto extraida de "Fundacion Gogna"
El
presente texto ha sido extraído del libro “FIGURAS AL TRASLUZ”, vistas desde
Santiago del Estero en el Bicentenario de su Autonomía. Edición de “Barco edita” 2020.
Mundar agradece siempre los generosos aportes del maestro Alberto Tasso.
En el Centro Cultural del
Bicentenario (CCB) esta en exposicion la muestra “Marea:
una obra en 53 actos”, del artista plástico Alfredo Gogna,
presentada por la fundación que lleva su nombre, como una una manera diferente
de acercarse a la obra del artista.
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