VOLVER EL ROSTRO A LA INTENSIDAD
Pasar
de nuevo por el corazón es un libro de poemas
atravesado por una definida pulsión autobiográfica, que toma la forma de un
relato desplegado desde la voz de una mujer adulta que encara el trabajo de su
escritura, conmovida por el paso de los años, la fertilidad de la hija, la
ancianidad de la madre, de las madres.
Al
pensar en la poesía de Daniela pienso: de qué otra manera es posible llegar al
corazón de las personas si esas personas no lo entregan. Una forma de entrega
es entregar la propia palabra, esa que sale de adentro, del corazón o de las
tripas, como se quiera.
Atribuyo
gran magnitud a la generosidad de los que escriben poesía, porque decir esas
palabras y también esos silencios, los espacios en blanco por donde es posible colarse
a los que reciben ese corazón, esas tripas, esas palabras.
Es
probable que estén hechas de alegrías, de emociones y, en especial, de
angustia, de dolor, de poner el cuerpo. De infinidad de lecturas, de revisiones
y puedo seguir, ya que la poesía también es
un lenguaje que dirige la atención sobre sí mismo o que se centra en sí mismo.
De
una rememoración personal que inevitablemente se va imbricando con los hitos
del relato familiar y colectivo, lo que se destaca en este libro es la puesta
en escena de una figura de mujer que ensaya movimientos de lejanía y proximidad
de su vida, probando y volviendo elásticos sus lazos más cercanos para permanecer
vinculada y no romper ni ser devorada por esos lazos. Prueba las distancias,
las dice, apaga luces, las prende, abre puertas, las cierra, se abre, se escapa.
En
una escena que insinúa una entrega, dice:
ya vengo,
digo,
a dónde vas,
dice
a apagar la
luz de mi Olimpo, digo
El
olimpo, residencia de los dioses, en este caso de las diosas, es un concepto
acertado en este libro, y si se reflexiona sobre esta palabra se puede llegar a
encontrar en ella su polivalencia, una de ellas: las diosas de la creación.
Entonces,
ese juego de abrir y cerrar, medir las distancias provoca que en unas páginas deje
afuera a las diosas sin edad (“a apagar la luz de mi Olimpo”), las diosas de la
eterna juventud que conservan el deseo, la intensidad, una entrega sin
renuncias.
Apagar esa luz de la diosa es apagar la luminosidad de la diosa
sin edad. Porque pareciera que esto, la intensidad del deseo, solo estuviera
permitido a lo joven, a lo fértil que, en este libro puede ser ajeno, extraño,
ubicado en otro lugar sin tiempo, en el Olimpo. Negarse ante el deseo por la
edad es, sin embargo, un lugar común de la tradición.
Pero a la
vez, en otro verso, leemos:
Despojados, desnudos, con la luz
de la mañana, con la puerta de nuestra habitación abierta
sin pudores en el único lecho. En este territorio
recurrente
Aquí, vuelve la diosa sin edad.
La poesía, en este caso, religa dos formas de
experiencia: la del cuerpo físico y la del ámbito intuitivo que está en lo que
no se dice. En el silencio que deja para que la lectura la complete con otro
tipo de conocimiento sobre el mundo. Y está en ese reflexionar sobre sí mismo.
Explora en este libro nuevas posibilidades para la
escritura de su subjetividad y también las posibilidades de ser aceptada en
esta opción identitaria. Esto no será fácil, ella lo sabe, lo supone, lo
presiente en su pudor, en su risa. Sin embargo, está aquí para todas.
Y está la necesidad de expresar límites respecto de
aquellos ante los cuales la hablante se construye (sea como pareja, madre o
hija), a la vez que persigue una forma única de escribir su mundo desde un
lenguaje que fluye, pero que también le permite reflexionar sobre sí mismo “No
sé cómo escribir…”.
En
este caso, la poesía se presenta en oposición, en resistencia a otros discursos,
en especial a los de la tradición, a los de los medios y, dentro de ellos, a
los discursos de la violencia, de la crueldad, del sálvate a ti mismo y los
discursos del deber ser.
¿Cómo
es la resistencia que propone?, como se puede leer en Pasar de nuevo por el
corazón, que es pasar por todo el cuerpo. La pasa por una realidad sin
traducción. La pasa por el cuerpo y, como si fuese poco, por el propio cuerpo:
de niña, de púber, de joven, de madura. Lo físico de un cuerpo de mujer. El deseo que la
impulsa a escribir y que pasa de nuevo por el corazón es el deseo de la
intensidad atribuida a esas diosas sin edad.
Se habla aquí de un cuerpo de mujer con
todas las posibilidades que igualan a la tierra sembrada:
“Todas estamos aquí en un campo
sembrado por diosas”.
Que han sembrado su genealogía. Y que en esa creación
han sido afectadas por el tiempo, y de nuevo el ciclo de la naturaleza, del que
no es posible escapar.
Y sobre esto, en el poema: “Escribo
sobre mi nuevo viaje, otro más”, se lee:
Entra mi
hija a la habitación
“Estoy
embarazada”
No sé
cómo
escribir:
“mi hija será
madre”, escribo
En ese “no sé cómo escribir” aparece un caudal que no
puede ser dicho, “mi hija será madre” traduce la sucesión de vientres, de
herencias, abuela, madre, hija, nietos que se aparecen en ese instante dando
dimensión al universo que puede contener la matriz y que sí, es indecible.
No hay palabra para el borbotón de imágenes que caen
como cascada que llegan sin aviso.
Maravilloso corte que sumerge en un mundo de vientres
sucesivos y la maravilla (sí, otra vez) de la fertilidad, de la creación, de la
diosa sin tiempo.
Y allí se entiende el gesto de volver el rostro y de
asumir una búsqueda de carácter genealógico que le permitirá a la hablante
enlazar las propias vivencias con las de quienes la antecedieron (sus padres) y
con quien constituye su inmediata proyección en el futuro (su hija).
Ella construyendo con este libro un espacio interior
que es nuevo, inmaculado. Un locus abierto para la lectura y que actualiza el
propio espacio en el acto de la lectura. Dice: No sé cómo escribir:. Genial.
En la continuidad de ser mujer, nada se pierde de aquella
infante, de púber, de la joven, de la madura. Todo se rememora, y aquí claro
queda esto de que el pasado es también lo que somos hoy.
Se lee en: “Misa del domingo”
“Dejamos
atrás la juventud. Esa vehemencia
para hacer
surcos en un asfalto, no es necesaria en este río de llanura
por el que
ahora navegamos”.
Otra vez la madurez y “el tiempo derramado junto a esa
sangre”. La renuncia a la intensidad, como dice un verso que cita de la inmesa
Peri Rossi.
Entonces, a medida que este libro se lee, la lectura
transforma igual que como la hablante se ha transformado antes, ha limpiado de
lugares comunes, de errores en la tradición, de confusiones, ha vaciado su
realidad y ha dejado salir el lugar de la intuición partiendo de su cuerpo y de
su memoria.
Un libro que, sin decirlo, limpia como la sangre
limpia el óvulo desechado.
Limpia los discursos anquilosados. Y con ello da
cuenta de quién es o ha logrado con todo lo “sido”, que esta vez no se niega. Ha
sido niña, joven, madura. Y aquí está hoy siendo todo eso, hija, esposa, madre,
abuela, amiga, y poeta.