COMPAÑERES DE PISTA
Los rayos del sol entran por mi ventana en un sábado de
cuarentena. Mañana se celebra el día de las infancias. Y mientras busco fotos
de mis sobrinos para el collage anual, viene a mí una historia que deseo de
compartir.
Es la historia de Chiara y David, hija y padre.
David se había empeñado en inculcar en sus hijes el
amor por los deportes; ese lugar del que tanto había aprendido él sobre compañerismo
y perseverancia. Chiara, una de sus hijes, había transitado por varios ya. Pero
cuando ella, le dijo a su papá que quería patinar en roller, ninguno hubiera imaginado
el camino que juntes iban a recorrer. Los patines les fueron llevando, primero,
por una pequeña escuela de roller en el predio de Changolandia (ese polvaredal
mágico donde muches hemos jugado). Ahí Chiara se encontró con otres niñes que
ansiaban patinar como ella. Luego de un tiempo la familia se trasladó hasta Catamarca
para la primera carrera, pero se encontraron con dos obstáculos; uno, que para
poder correr ella debía pertenecer a un club, grupo o federación provincial, y
en Santiago del Estero no había nada de eso. Esto llevó a David a mover cielo y
tierra para que la provincia tuviera su espacio, encontrándose con otras y
otros que anhelaban lo mismo; llegaron a formar parte de la federación provincial
de patín, a formar una escuela de roller que ya es un hecho aunque la pandemia
hizo que se frenara su creación formal. Mientras tanto Chiara había podido
participar en carreras como parte de un grupo de Córdoba. Cielo y tierra
movidos por este padre para que su hija y otres como ella, pudieran cumplir sus
anhelos.
Pero en Catamarca ambos habían advertido algo más,
sobre lo que ella había guardado silencio, pero que él no podía ni quería pasar
por alto. Sus patines, esos con los que había empezado a soñar, no eran
suficientes para correr en pista. Llegaron a Santiago y David decide vender su
bicicleta de carrera para comprar los patines. Aunque ella le pedía que no lo
hiciera porque su padre amaba su bicicleta tanto como ella sus patines, David entendió
lo que este deseo significaba para Chiara y que este era su momento.
Y así andando contra viento, David seguía adelante
sacando esas piedritas que se presentaban mientas Chiara y sus compañeres
patinaban.
Y pensar que todo ha empezado por un padre y una hija
que mirándose a los ojos, entendieron que ese vínculo, ese maravilloso vínculo
consistía no sólo en mostrar el cielo, y como volar, sino de acompañar el
vuelo. El juego se transformó en deseo, el deseo en construcción colectiva, la
construcción en vuelo. Y todo envuelto en una mágica utopía.
Ser testigo de esto me hace volver a mi infancia y
recordar todas esas caminatas y paseos en bicicleta, esas salidas tempraneras, esos
gestos amorosos, ese andar con convicción, donde mi padre y madre me mostraban
el mundo, ese que estaba más allá de mi cotidianidad, con un camino y un cielo
donde el jugar y el volar significan ese encuentro compañero entre niñes y
padres.
David, Chiara, habían entendido esto, y me lo enseñaron a mí.
Fotografias: Alejandro Taborda

