CUAN PASADO ES EL PASADO
"MIENTRAS DEVANO LA MEMORIA
FORMA UN OVILLO LA NOSTALGIA
SI LA NOSTALGIA DESOVILLO
SE IRÁ OVILLANDO LA ESPERANZA
SIEMPRE ES EL MISMO HILO… "
(MARIO BENEDETTI)
Un nuevo 16 de septiembre nos invita a repensar nuestro “pasado
reciente”, desde un presente complejo, este año atravesado por enormes
dificultades y dolores, propios de un escenario global de pandemia y con las
tremendas desigualdades que se fueron profundizando durante los últimos años de
un gobierno nacional neoliberal.
¿Por qué la potencia simbólica de esta fecha? ¿Quiénes fueron esas
víctimas? ¿Cómo se fue construyendo el relato de ese hecho? ¿Con qué o quienes
enlaza, en el presente?
Las efemérides se nos presentan siempre como un vehículo de
transmisión de nuestra historia, no solo por el imperativo ético de aquel
“deber de memoria” que emerge de la sobrevivencia del horror, ni como un
sostenido trabajo de resistencia contra el olvido y el silencio, sino,
fundamentalmente, para resignificar ese pasado que aún nos pasa y que no ofrece
garantías de no repetición, en tanto no logremos reflexionar acerca de cómo fue
posible tamaña tragedia.
Desde el comienzo de la transición democrática, múltiples relatos
del horror circularon en el espacio público y en el privado. Algunos se
olvidaron, otros se cristalizaron, otros han sido contados muchas veces y de
variadas maneras. Seguramente, muchos siguen hoy siendo desconocidos y así
permanecerán, porque no encontraron el espacio ni el modo de romper ese
silencio que los genocidas impusieron a las víctimas.
La Noche de los lápices, en cambio, fue uno de los episodios de
represión más emblemáticos de la última dictadura cívico-militar, que fue
tomando envergadura a partir del testimonio de Pablo Diaz en el Juicio a las
Juntas, y, transformado en libro y luego en película, trata del padecimiento de
adolescentes, estudiantes secundarixs en aquel momento, que fueron sometidxs a
secuestro, tortura y desaparición.
No fueron lxs únicxs adolescentes que en nuestro país sufrieron
estas atrocidades. En nuestra provincia conocimos numeroso casos. Sin embargo,
lo ocurrido en La Plata tuvo tal impacto en la memoria colectiva, que dio lugar
a que la fecha se instituyera en el calendario escolar y social.
Nos dice Sandra Raggio en su tesis de maestría dedicada a este tema, que para analizar estos fenómenos hay que “tener en cuenta tres dimensiones: las condiciones que ofrecen las distintas épocas para la producción, circulación y recepción de determinados relatos, la cuestión de los agentes enunciadores y los usos del pasado en las disputas políticas en la que los agentes participan. Una cuarta dimensión, en general poco explorada en los estudios de la memoria social o colectiva, tiene que ver con analizar la disposición –y preferencia– social a determinados relatos de los hechos, en detrimento de otros, así como la perdurabilidad en el tiempo de tales disposiciones y preferencias más allá de la época en la que fueron producidos”. Es en esta última dimensión en la que desearíamos detenernos con una serie de interrogantes que nos surgen en este presente tan distante en el tiempo, en la realidad política y social, en lo cultural e institucional: ¿Por qué han sido elegidos estos hechos para ser narrados, entre los miles de casos que produjo el terrorismo de Estado? ¿Por qué la Noche de los Lápices sigue siendo seleccionada como un acontecimiento emblemático del pasado reciente?
Lxs
protagonistas son estudiantes secundarixs adolescentes ¿será esa la razón por
la que se generan una rápida empatía? Según el relato, su lucha era por el boleto
estudiantil. ¿Es la lucha reivindicativa más comprensible y genera menos
controversias que si se presentara a esas víctimas como militantes por la
“patria socialista” o la “revolución”?
Se logró instalar, en el sentido común, que militar por un mundo de
iguales era subversivo en su acepción más conservadora: alterar el orden.
¿Quiénes son hoy consideradxs subversivxs, o que alteran el orden hegemónico?
En un momento histórico en el que el “por algo será” justificaba el
accionar represivo, y circulaba en alguna porción de la sociedad que “solo se
los llevan a los que andan en algo”, trasladar la responsabilidad del
padecimiento a la conducta de las víctimas, pareciera que fue erosionando los
lazos sociales y desdibujando las atrocidades, porque habrían sido “merecidas”.
¿Cuánto de todo aquello persiste en nuestras miradas? Estamos
convencidas de que uno de los legados más traumáticos que nos dejó el
terrorismo de estado es el temor a involucrarnos en proyectos colectivos y, las
transformaciones que ocurrieron a fines del siglo pasado tienden a hacernos
creer que el capitalismo salvaje y la profunda desigualdad son el único mundo
posible.
¿Nos empujará ese pasado a sentir que el otro, la otra, sobre todo
diferente, es nuestro compañerx y hermanx? Recordar aquellos años repletos de
dolores, pero también de luchas y resistencia solo sirve en tanto podamos mirar
las injusticias y hacer posible lo imposible….
María Cecilia Melian – María Susana Habra
