DALMIRO CORONEL LUGONES*
Su
obra conformo una versión lirica de Santiago.
Cuando
en la edición de su disco Jacinto Piedra incluyó el “Romance de mis
tardes amarillas”, obra poética musicalizada por Peteco Carabajal, le permitió
a otra generación acercarse a los versos de Dalmiro, como lo había hecho quince
años antes Eduardo Ávila con el recitado de “La Telesita”. Pero destacar la
evidente ligazón entre poesía y música folklórica, que el bandeño concretó con
suma eficacia, puede dar lugar a interpretaciones simplificadoras. En efecto,
Dalmiro no escribió letras para temas musicales de proyección folklórica, como
hicieron otros poetas de valor –entre los cuales puede mencionarse a Jaime
Dávalos y a nuestro Felipe Rojas.
Dalmiro
permaneció fiel a unos géneros expresivos y a unos patrones formales que, como
destaca José Andrés Rivas, provienen de la tradicional poesía española (al
leerlo muchas veces se tiene la impresión de estar leyendo a Machado), entre
los cuales se destaca el romance. Simplemente, los músicos tomaron sus poemas y
los incorporaron, ya como recitados, ya como canción, a su repertorio. ¿A qué
se debió este encuentro afortunado entre dos géneros artísticos que no siempre
se compatibilizan bien? Intentaré abordar dos entre las varias respuestas
posibles.
En
primer lugar debe mencionarse la pureza expresiva de los versos de Dalmiro. Son
creaciones muy trabajadas en sus metáforas, pulidas hasta alcanzar esas
palabras necesarias –y no más- con las que algunas veces nos maravillan los
tangos de Discépolo, que dicho sea de paso también elaboraba largamente sus
temas. Pero hay también un factor conexo a éste que posee una importancia aún
mayor, y es que hay en sus poemas un código expresivo en el que los
santiagueños pudieron reconocerse. Esto tiene que ver, probablemente, con una
compleja simbiosis de vocabulario, de sentido, y de efecto emocional. Algunas
de estas dimensiones corresponden al idioma en sentido estricto, en tanto que
otras, digámoslo ya, competen directamente a la cultura.
A
mi juicio este autor alcanzó a expresar en el poema una clave temporal e
histórica de un tramo de la vida santiagueña, el comprendido, aproximadamente,
entre 1940 y 1970. Su poesía se hace eco de dos dimensiones significativas en
la vida cultural de ese período: la histórico-territorial y la
telúrico-popular. En su obra operan, no siempre subterráneamente, las ideas
básicas de una fuerte corriente de pensamiento en la historia argentina, y
sobre todo en provincias: el nacionalismo. Sus ramas secundarias, tales como la
afición a “lo hispánico”, a “lo popular”, a “lo tradicional” en suma, actúan
como alusiones directas o como referencia larvada en cada uno de sus poemas. Es
cierto que su dominio de la identificación entre hombre y paisaje
–magistralmente resuelta en sus célebres “Tardes...”, actúa como una línea
lateral a aquel cuerpo de idas, y aunque bien engarzadas no pueden ser
disueltas una en el otro. Ahora bien, todo este conjunto de provincianía,
pasado y sentimiento fue el característico de los creadores notables de
Santiago en el período señalado. Más aún, el Romance del canto nativo (1965),
alude implícitamente y en voz lírica a las obras históricas referidas a la
conquista del Tucumán, y los conceptos de Di Lullo sobre la épica histórica y
el folklore como núcleos fundantes. Luego de Dalmiro, y ya habiendo encontrado
su culminación el largo ciclo de predominio de Di Lullo, Bravo, Canal Feijoo y
Rava, no será ya posible recorrer el mismo camino. La poesía, lírica o no,
deberá buscar nuevos cauces, y al igual que los esquemas de interpretación de
la vida santiagueña afrontarán el desafío de renovarse.
La
trágica muerte de Dalmiro Coronel Lugones, ocurrida en Buenos Aires el 20 de
septiembre de 1971, puso fin a una trayectoria laboriosa dedicada a las letras.
Detrás quedaron un inconcluso destino de abogado, los numerosos premios
obtenidos en certámenes de poesía y dos libros cinematográficos también
premiados: Serafina y el destino de un pueblo (1965) y La leyenda del crespín
(1969).
El destino ya lo había llevado, cargando sus “bagajes de tristezas escondidas”. Los yanarcas no pudieron atajarlo.
Un juicio de Rivas.
Cada
motivo elige sus propias formas y el auténtico poeta sólo debe encontrarlas y
volcar dentro de ellas el aliento de su creación. Por este motivo es que no
existe un modo definitivo de nombrar el universo y las formas del poema se
modifican y cambian como la forma de las nubes o las olas del mar. Esto no
sucedió con la poesía de Dalmiro Coronel Lugones, para quien el modo de nombrar
su tierra adquiría la forma de un largo romance. Es verdad que también utilizó
otras vertientes poéticas. Pero lo esencial de su poesía se volcó dentro del
modelo más tradicional del verso castellano: el lejano octosílabo, la
indefinida tirada, la rima asonante. Como los herederos de los juglares también
Dalmiro habló, respiró, latió, a través del antiguo romance. Fue para él el
vehículo perfecto para nombrar su tierra (...) Nos dejó un modo popular de
nombrar las cosas, pero con la estilización de un poeta. Nos dejó música,
color, entonación nostálgica, y unas inolvidables “tardes amarillas”. (José
Andrés Rivas Santiago en sus letras, 1989, pág. 126).
*Este texto que pertenece al libro “Figuras al Trasluz”, es cortesía del querido Alberto Tasso para Mundar.
"Romance para mi tardes amarillas" en la maravillosa voz de Patricia Herrera.
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