DALMIRO CORONEL LUGONES*

Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Domingo, 12 de Febrero del 2023

DALMIRO CORONEL LUGONES*

Su obra conformo una versión lirica de Santiago.

Cuando en la edición de su disco Jacinto Piedra incluyó el “Romance de mis tardes amarillas”, obra poética musicalizada por Peteco Carabajal, le permitió a otra generación acercarse a los versos de Dalmiro, como lo había hecho quince años antes Eduardo Ávila con el recitado de “La Telesita”. Pero destacar la evidente ligazón entre poesía y música folklórica, que el bandeño concretó con suma eficacia, puede dar lugar a interpretaciones simplificadoras. En efecto, Dalmiro no escribió letras para temas musicales de proyección folklórica, como hicieron otros poetas de valor –entre los cuales puede mencionarse a Jaime Dávalos y a nuestro Felipe Rojas.

Dalmiro permaneció fiel a unos géneros expresivos y a unos patrones formales que, como destaca José Andrés Rivas, provienen de la tradicional poesía española (al leerlo muchas veces se tiene la impresión de estar leyendo a Machado), entre los cuales se destaca el romance. Simplemente, los músicos tomaron sus poemas y los incorporaron, ya como recitados, ya como canción, a su repertorio. ¿A qué se debió este encuentro afortunado entre dos géneros artísticos que no siempre se compatibilizan bien? Intentaré abordar dos entre las varias respuestas posibles.

En primer lugar debe mencionarse la pureza expresiva de los versos de Dalmiro. Son creaciones muy trabajadas en sus metáforas, pulidas hasta alcanzar esas palabras necesarias –y no más- con las que algunas veces nos maravillan los tangos de Discépolo, que dicho sea de paso también elaboraba largamente sus temas. Pero hay también un factor conexo a éste que posee una importancia aún mayor, y es que hay en sus poemas un código expresivo en el que los santiagueños pudieron reconocerse. Esto tiene que ver, probablemente, con una compleja simbiosis de vocabulario, de sentido, y de efecto emocional. Algunas de estas dimensiones corresponden al idioma en sentido estricto, en tanto que otras, digámoslo ya, competen directamente a la cultura.

A mi juicio este autor alcanzó a expresar en el poema una clave temporal e histórica de un tramo de la vida santiagueña, el comprendido, aproximadamente, entre 1940 y 1970. Su poesía se hace eco de dos dimensiones significativas en la vida cultural de ese período: la histórico-territorial y la telúrico-popular. En su obra operan, no siempre subterráneamente, las ideas básicas de una fuerte corriente de pensamiento en la historia argentina, y sobre todo en provincias: el nacionalismo. Sus ramas secundarias, tales como la afición a “lo hispánico”, a “lo popular”, a “lo tradicional” en suma, actúan como alusiones directas o como referencia larvada en cada uno de sus poemas. Es cierto que su dominio de la identificación entre hombre y paisaje –magistralmente resuelta en sus célebres “Tardes...”, actúa como una línea lateral a aquel cuerpo de idas, y aunque bien engarzadas no pueden ser disueltas una en el otro. Ahora bien, todo este conjunto de provincianía, pasado y sentimiento fue el característico de los creadores notables de Santiago en el período señalado. Más aún, el Romance del canto nativo (1965), alude implícitamente y en voz lírica a las obras históricas referidas a la conquista del Tucumán, y los conceptos de Di Lullo sobre la épica histórica y el folklore como núcleos fundantes. Luego de Dalmiro, y ya habiendo encontrado su culminación el largo ciclo de predominio de Di Lullo, Bravo, Canal Feijoo y Rava, no será ya posible recorrer el mismo camino. La poesía, lírica o no, deberá buscar nuevos cauces, y al igual que los esquemas de interpretación de la vida santiagueña afrontarán el desafío de renovarse.

La trágica muerte de Dalmiro Coronel Lugones, ocurrida en Buenos Aires el 20 de septiembre de 1971, puso fin a una trayectoria laboriosa dedicada a las letras. Detrás quedaron un inconcluso destino de abogado, los numerosos premios obtenidos en certámenes de poesía y dos libros cinematográficos también premiados: Serafina y el destino de un pueblo (1965) y La leyenda del crespín (1969).

El destino ya lo había llevado, cargando sus “bagajes de tristezas escondidas”. Los yanarcas no pudieron atajarlo.


Un juicio de Rivas.

Cada motivo elige sus propias formas y el auténtico poeta sólo debe encontrarlas y volcar dentro de ellas el aliento de su creación. Por este motivo es que no existe un modo definitivo de nombrar el universo y las formas del poema se modifican y cambian como la forma de las nubes o las olas del mar. Esto no sucedió con la poesía de Dalmiro Coronel Lugones, para quien el modo de nombrar su tierra adquiría la forma de un largo romance. Es verdad que también utilizó otras vertientes poéticas. Pero lo esencial de su poesía se volcó dentro del modelo más tradicional del verso castellano: el lejano octosílabo, la indefinida tirada, la rima asonante. Como los herederos de los juglares también Dalmiro habló, respiró, latió, a través del antiguo romance. Fue para él el vehículo perfecto para nombrar su tierra (...) Nos dejó un modo popular de nombrar las cosas, pero con la estilización de un poeta. Nos dejó música, color, entonación nostálgica, y unas inolvidables “tardes amarillas”. (José Andrés Rivas Santiago en sus letras, 1989, pág. 126).

 

*Este texto que pertenece al libro “Figuras al Trasluz”, es cortesía del querido  Alberto Tasso para Mundar.


  "Romance para mi tardes amarillas"  en la maravillosa voz de Patricia Herrera.



 ¡ATENCIÓN! Mundar es un espacio autogestivo, para seguir haciendo crecer este proyecto cultural que nos encuentra a cada rato escribiendo y leyendo junto a vos. Queremos que seas parte de nuestra mesa, invítanos un cafecito para que Mundar siga creciendo. https://cafecito.app/revistamundar2022



Categorías

Autores