¿DE QUIEN ES EL DIEGO? ENTRE LOS AFECTOS Y LOS OD10S DEL SER POS NACIONAL
A veces, pensar fuera de las oposiciones binarias parece casi
imposible, desde civilización y barbarie, libres y esclavos, colonizadores y
salvajes, Pumas-Mucamas, Boca-River, cuervos y quemeros, el mundo se percibe en
opuestos complementarios.
Más allá de ese aparente simplismo irrumpe la interseccionalidad de
cuerpos públicos o como prefiero llamarla yo: los cuerpos prismáticos. Y si de
prismas se trata, el cuerpo del Diego es el más prismático de todos.
La Argentina establece una relación particular con las pasiones y la necrofilia popular (así lo titulan algunos serios periódicos, poseedores de una moral altísima como un pigmeo): evoquemos esos cuerpos que hacemos nuestros hasta la médula y la contracara que despiertan envueltos en los discursos del odio y de un racismo cada vez más enraizado en la matriz de la argentinidad. Hace tiempo escribí sobre el devenir político animal en la cultura argentina en el que me era imposible escindir el mundo político del literario. ¿Todo es ficción? Cómo olvidar esa denominación si la literatura nos marca y constituye desde lo político como chillones cabecitas o aulladores gorilas. Desde El matadero (1837) de Echeverría que enfrentó a unitarios y federales en medio de la orgía de mujeres, varones, niños y un toro cajetilla danzando entre tripas, sangres y desechos mataderiles, revolcados en algarabías hasta el Facundo (1845) de Sarmiento que nos define en un bando de bárbaros y otro de civilizados. Así se funda nuestra nación literaria exultante entre violaciones, violencias y el estigma de lo bárbaro. Así la literatura nos pasa a desguace labrando sentidos en clave político-jurídica que arma un rompecabezas de la carne: viva pasada a degüello y muerta convertida en profanación de cadáveres de la patria y en disputa: ¿de quién es el muerto, la muerta, de quiénes son lxs muertos de la nación? La potestad que tienen los muertos estructura vertical del poder se enlaza con la violencia. Se zanja de este modo, la apropiación del botín repartido entre cabecitas y gorilas, simpáticos animalillos que dirimen sus diferencias en el potrero barroso: la Plaza. En 1947 emerge flamante La fiesta del monstruo de Bioy Casares y Borges, narrada con una pasión que despierta el odio por lo bestial, lo monstruoso y por el horror de comunidad sacrificable. Inmersa en ruidos, chillidos y murmullos, la turba del desorden penetra en la “Casa tomada” (1946) de Cortázar, si elegimos la maliciosa lectura que interpreta Sebreli. De a poco el “Cuerpo-Cadáver de la Nación” toma una forma vertebrada con lo más visceral de una y la sujeción más punitivista de otra mirada. Transformar a través del logos legitimado por unos cuantos, a la masa en manada –conjunto de bestias sin logos aparente, que solo sabe berrear-resulta un mecanismo excelente de regulación aglutinadora de ciudadanías diversas puestas en una misma bolsa.
Nuestro país acopia una compleja historia de cadáveres y cuerpos
ausentes aunque la presencia se manifiesta a partir de la memoria y la palabra.
Desaparecieron los negros, los indios, los 30.000, Jorge Julio López, Marita
Verón, solo por mencionar algunos nombres. No puedo dejar de aludir a Evita, la
protectora de los descamisados, aquella que le dio la posibilidad de tener una
máquina de coser Singer a muchas mujeres. Mi
abuela Pepa compró una en cuotas para poder trabajar a la par de mi
abuelo albañil. Cosió para los Torquinst, para “Don Tornquist”, familiar del
banquero de aquellos años, que a cambio de una cama y comida la explotó con
trabajo de cuellos de camisa y zurcidos de medias. Mi abuela murió sin poder
jubilarse, el trámite por su trabajo en negro de toda la vida, no llegó a
presentarse cuando Cristina les devolvió la dignidad social. El cuerpo de Eva
dio vueltas por todo el mundo. Fue embalsamado, honrado en el funeral más largo
e importante de nuestro país. No sufrí ese dolor que me transmitieron, tampoco
el frío que calaba los huesos con esa lluvia insoportable de esa eterna cola
que la pluma de Viñas me hizo vivenciar en “La señora muerta” (1963).
Tampoco fui testigo de las vejaciones que le hicieron al cadáver de
Evita narrado en “Esa mujer” (1966) de Walsh, ni de las capillas ardientes y
funerales que Borges en “El simulacro” (1960) replica en esos velorios que se
representaron en el interior del país para los pobres que no podían llegar a la
capital a despedir a la abanderada de los humildes. Ese cadáver que viajó de
modo clandestino a Italia bajo otra identidad retornó
después de unos años a descansar quizás en paz a su patria.
Tampoco es posible olvidarme del cuerpo del Che, de esa foto
maldita que lo retrató con desprecio y sed de venganza. Resuena en esa imagen
la palabra de Valariño, “Digo que no murió…qué iba a morirse…pero esa foto
atroz…partía el alma…lo dieron por muerto tantas veces” (1967). El cadáver y el
espectáculo del Comandante, ese que tenía tatuado el Diego en el brazo derecho.
Cómo borrar de mi memoria, las manos de Perón, la profanación, la
amputación, la gran despedida en ese otro funeral. Imposible no rememorar a la
señora de Villa Cañás intentando instalar la duda sobre la existencia del
cadáver de Néstor Kirchner y esa Plaza colmada de lágrimas y de un silencio
multitudinario que sujetaba la garganta de cada despidiente.
La Plaza de las madres, esa ronda que circula la pirámide los
jueves desde 1977 esperando que nunca más suceda y que aparezcan los cuerpos de
esos 30.000.
Cada uno de estos cuerpos se liga con el último cuerpo despedido, el más caliente, el más reciente, el que nos dejó abierta una cicatriz de sangre y barro indelebles. Pasaron ya los tres días y no regresó. Se nos fue Diego, el mío, el tuyo, el Diego de la gente. Ese que reúne en la Plaza los cuerpos y resume nuestra argentinidad en una foto:


Los símbolos de la patria: Gilda, el Diego, el Escudo, las banderas, los botines colgando, las camisetas, la policía, la Rosada, el crespón.

Dijo Sarlo que esta Plaza era claramente masculina y repleta de barras: ¿cuántas contás? Yo estoy sacando foto, sumame a tu cuenta.

Es el Diego que me hace llorar, que me emociona, que me pone la piel de cuerva. Es el barrilete cósmico que me hizo aullar con la mano de dios en Villa Luro, abrazada a mi mamá, a mi tío, a mi abuela. El Diego que me hizo atragantar con el mate que me dio la abuela Pepa en Caballito cuando nos cortaron las piernas a todes. El Diego que estaba duro de falopa y seguía jugando sin dormir es el mismo Diego que le compró la casa a los padres, que jugó infiltrado con los tobillos reventados. El Diego que se casó con la Claudia en una fiesta de excesos, la Claudia que también es nuestra. La misma Claudia que mil años después, este febrero me despachó los útiles que le compré para la escuela a mi hijo Juan Diego. Princesa vestida por Serrano, reina, villera, señora, madre, la que lo acompañó hasta el último momento con sus hijas. El sueño de muchos, muchas, muches.

¿Qué nos pasa con estos muertos?
¿Qué tienen en común? El Diego lo condensa todo: es el Diego criticado por usar
dos relojes en las muñecas, los aritos de piedras preciosas en las orejas,
condenado por la policía de la moda por las camisas Versace y las pieles, Lo
mismo que le criticaron a Evita: el barro, ser públicos, los botines y las
sandalias de cristal, los pomposos vestidos y el amor de la gente, la
generosidad. A una no le perdonaron el rubio, la belleza, que fuera la cabecita
de los toldos, actriz, la puta y primera dama que tenía una lengua afilada como
la del otro. A ese que no le perdonaron Fiorito, el jarrón, la elegancia con la
pelota, la lengua larga.
Las manos de Perón, esas que saludaban desde el balcón, las cortadas para abrir alguna caja y la mano de dios, esa que le devolvió recién ahora. Los pedidos de exhumación de otrxs futuros hijxs y ese aparente pedido de ser embalsamado para ser adorado hasta la eternidad como Evita. Con el Che lo une Fidel, el habano, y esas mismas fotos macabras que vendieron los judas funebreros a la prensa por dos monedas. ¿Qué sucede con los cadáveres de la Nación se preguntaría Perlongher? El cuerpo de Diego, fueron sus gambas transpiradas que hacían suspirar a la Cicciolina, las gambetas, la magia en la cancha y el cuerpo público, gastado, engrosado, enmagrecido, el cuerpo que pasó hambre, el cuerpo excesivo, los tobillos partidos, infiltrados, estallados, la mano sagrada, la zurda de oro, el cuerpo profanado, el abierto en una autopsia, el enterrado y el que brilló en el cielo entrerriano. El cuerpo del Diego es el barrilete que se lanzó a la masa para ser el sueño del pibe/
Funerales interminables o acortados
pero multitudinarios que derriban el odio y las construcciones mala leche y la
mala sangre para alentar los afectos memorables, universales. Los afectos de un
pueblo que vistió todas las camisetas de fútbol sin rencillas. El dolor que se
respeta. El dolor que se llora sin cuestionar. El dolor genuino sin ser medido.
¿Cuál es la medida del dolor? ¿Cuál el de mis lágrimas?
Gracias, Diego. Gracias, D10S

Todas las fotos que acompañan el presente texto fueron sacadas por la propia autora, Paula Daniela Bianchi.