Debo confesar no sentir placer igual
Debo confesar no sentir placer igual
No sé cuándo me empezó el deseo por estar en un festival de cine. Es obvio
que nunca pensé en los geográficamente “imposibles”, que a su vez eran los que
me generaban más atracción. Pero tenía opciones potables. Igual había que
viajar, por eso de que Dios está en todos lados pero atiende en Buenos Aires.
Entonces el primer objetivo fue el Bafici. La antesala de esto fue haberle
pedido a un amigo que me comprara el libro del festival, algo que, una vez en
mis manos, era casi pornografía. “¿Cuándo poronga voy a poder ver estas
películas?” pensaba. Hasta que pude ir. Éxtasis total. Hasta lo crucé a Sergio
Hendler en El Abasto, que en esa época era el mesías del cine independiente y
me traje en la mente nombres como el de Apichatpong Weerasethakul sin entender
mucho porqué. Después fue el de Mar del Plata. Si el Bafici fue el desvirgue,
el de Mardel fue Donna Helena. Tanto fue el nivel de endorfina cinematográfica
que usé el viejo truco del periodista acreditado y les “hice notas” a varios
actores, actrices, directorxs y todo lo que se moviera y me dijera OK. Lo mejor
fue John Sayles quien me pidió que le preguntara en inglés y que él contestaría
en español. Morí de amor. Claro que hubieron películas, talleres, mesas
paneles, trataba de estar en lo que el cuerpo me permitiera para terminar la
noche muerto de cansancio pero feliz.
Hasta que llegó la noticia: se va a hacer un festival de cine en Santiago. Papita
pa’l loro. A buscar el programa y diseñar el horario diario. “... Aquí vamos a
ir, aquí no sé si da pero si podemos vamos, esta no me la pierdo por nada del
mundo, a esta vamos con Mengano y a esta con Zutano…”. De repente me encontré
entrando al Colegio de Arquitectos para ver lo último del cine que se estaba
haciendo en Tucumán, escuchando hablar a Sofía Ferrero Cárrega sobre cine
coreano, tomando un vino con la directora Melina Terribili, cruzándome con
amigos y amigas que solían ir al Cine Club La Moviola mirándonos con
complicidad y compartiendo sugerencias para ver de la programación del
festival. Porque un festival de cine tiene muchísimo de séptimo arte finamente
curado para paladares de cadáveres exquisitos pero también tiene mucho de
pertenencia, de lugar de encuentro, de liberar esa piel que se eriza con
películas fabulosas y de no sentirse solo porque hay otros y otras que, como
uno, acuden a esta ceremonia y abrir el libro de cánticos en la página 72 y
cantar a los gritos el himno “Que película tremenda acabamos de ver”. Se viene
una nueva edición del Santiago del Estero Film Fest y yo ya estoy listo para
salir a manejar por esa ruta de noche y sin mirar atrás.