Debo confesar no sentir placer igual

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Sábado, 19 de Junio del 2021

Debo confesar no sentir placer igual

Debo confesar no sentir placer igual

No sé cuándo me empezó el deseo por estar en un festival de cine. Es obvio que nunca pensé en los geográficamente “imposibles”, que a su vez eran los que me generaban más atracción. Pero tenía opciones potables. Igual había que viajar, por eso de que Dios está en todos lados pero atiende en Buenos Aires. Entonces el primer objetivo fue el Bafici. La antesala de esto fue haberle pedido a un amigo que me comprara el libro del festival, algo que, una vez en mis manos, era casi pornografía. “¿Cuándo poronga voy a poder ver estas películas?” pensaba. Hasta que pude ir. Éxtasis total. Hasta lo crucé a Sergio Hendler en El Abasto, que en esa época era el mesías del cine independiente y me traje en la mente nombres como el de Apichatpong Weerasethakul sin entender mucho porqué. Después fue el de Mar del Plata. Si el Bafici fue el desvirgue, el de Mardel fue Donna Helena. Tanto fue el nivel de endorfina cinematográfica que usé el viejo truco del periodista acreditado y les “hice notas” a varios actores, actrices, directorxs y todo lo que se moviera y me dijera OK. Lo mejor fue John Sayles quien me pidió que le preguntara en inglés y que él contestaría en español. Morí de amor. Claro que hubieron películas, talleres, mesas paneles, trataba de estar en lo que el cuerpo me permitiera para terminar la noche muerto de cansancio pero feliz.

Hasta que llegó la noticia: se va a hacer un festival de cine en Santiago. Papita pa’l loro. A buscar el programa y diseñar el horario diario. “... Aquí vamos a ir, aquí no sé si da pero si podemos vamos, esta no me la pierdo por nada del mundo, a esta vamos con Mengano y a esta con Zutano…”. De repente me encontré entrando al Colegio de Arquitectos para ver lo último del cine que se estaba haciendo en Tucumán, escuchando hablar a Sofía Ferrero Cárrega sobre cine coreano, tomando un vino con la directora Melina Terribili, cruzándome con amigos y amigas que solían ir al Cine Club La Moviola mirándonos con complicidad y compartiendo sugerencias para ver de la programación del festival. Porque un festival de cine tiene muchísimo de séptimo arte finamente curado para paladares de cadáveres exquisitos pero también tiene mucho de pertenencia, de lugar de encuentro, de liberar esa piel que se eriza con películas fabulosas y de no sentirse solo porque hay otros y otras que, como uno, acuden a esta ceremonia y abrir el libro de cánticos en la página 72 y cantar a los gritos el himno “Que película tremenda acabamos de ver”. Se viene una nueva edición del Santiago del Estero Film Fest y yo ya estoy listo para salir a manejar por esa ruta de noche y sin mirar atrás.  




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