DIA NACIONAL DE LA MEMORIA, LA VERDAD Y LA JUSTICIA
En el marco del Dia Nacional de la Memoria, la verdad
y la Justicia compartimos el discurso
pronunciado por el Mg. Esteban Brizuela, en ocasión del acto oficial realizado
en el día de ayer en la Universidad Nacional de Santiago del Estero. El mismo
estuvo organizado por la Catedra Libre de DDHH y el Area de DDHH del UNSE.
Las fotos que se
suman al texto pertenecen a la exposición “Abrazos de justicia” de Alejandra
Carreras, las cuales junto con “Cimientos de un pueblo” de Gustavo Tarchini
integran la muestra “Memorias Presente” la cual se encuentra abierta al público
hasta el 31 de Marzo en la Sede Central de la Universidad Nacional.
Hay determinadas fechas que en la historia de un país
marcan un parteaguas o un quiebre, porque la densidad de sus acontecimientos
indican que ya nada volverá a ser como antes. Está claro que 1976 es uno de esos
momentos bisagra.
Hoy, en este acto, ponemos la mirada en aquel año, más
precisamente en el 24 de marzo, día en que se produjo el último golpe de estado
de la Argentina. La secuencia de golpes había comenzado allá por septiembre de
1930.Sin embargo, quienes se han dedicado a estudiar los periodos dictatoriales
argentinos coinciden en que marzo del 76 abre el telón de una dictadura que
tendrá características singulares y distintivas con respecto a las precedentes,
y esto se vincula, entre otras razones, con la maquinaria estatal puesta al
servicio de un plan sistemático del terror, es decir, de las torturas, de la
apropiación de bebés y de la desaparición de personas. Allí emergió la palabra “Desaparecido”,
aquel significante que lamentablemente nos hizo conocidos en la historia oscura
de Latinoamérica y el mundo.
Entonces, nos encontramos ante una fecha establecida
por ley del Congreso de la Nación en el año 2002, cuando se instituyó el Día
Nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia, con el objetivo de conmemorar
a quienes resultaron víctimas del proceso iniciado en 1976. Es decir, una
efeméride que tuvo y tiene el sentido de recordar lo que se interrumpió -el
orden constitucional-y reparar lo dañado.
Las fechas
conmemorativas de un país siempre miran hacia atrás, rememoran algo que
sucedió. Pero, sobre todo, y quizás a esto se le suele prestar menos atención,
estas fechas tienen un poder constituyente, en el sentido en que abren la
disputa por conceder una dirección a lo que se quiere recordar. Por ofrecer una
narrativa de lo que pasó. En ese sentido, entre las explicaciones bien
argumentadas desde las ciencias sociales se sostiene, en primer lugar, que se
trató de un golpe cívico-militar, es decir, un golpe que contó con apoyo y
colaboración de diferentes actores de la sociedad civil. Y en segundo lugar, otro
aporte significativo desde las narrativas de este periodo indica que lo
ocurrido fue un genocidio, entendido este concepto como práctica social. Se
trata de una propuesta interpretativa de un estudioso como Daniel Feirestein
que nos invita a ir más allá de las típicas definiciones jurídicas del concepto
de genocidio. Las prácticas sociales genocidas se refieren a tecnologías de
poder que tienen el propósito de destruir las relaciones sociales
caracterizadas por la autonomía y la cooperación para construir, sobre ellas,
un modo del lazo social caracterizado por la heteronomía y la individualidad.
Por lo tanto, lo que comenzó el 24 de marzo del 76 fue una dictadura
cívico-militar que implementó un genocidio.
También corresponde hoy señalar que nos encontramos en
una casa de altos estudios que ha tenido un notable compromiso en los procesos
de reclamos de memoria, verdad y justicia que llevan décadas colocando estas
banderas en alto. Una casa de altos estudios que desde 2003 alberga a la Cátedra
abierta de Derechos Humanos, espacio que cuenta con una vasta tradición de
acuerdos, iniciativas y actividades vinculadas con la defensa y promoción de
derechos. Una casa de altos estudios que desde 2018 cuenta con el Área de
Derechos Humanos, espacio desde el que se han reforzado los acuerdos y
consensos implementados desde la cátedra. Una casa de altos estudios en cuya Facultad
de Humanidades, Ciencias Sociales y de la Salud, se encuentra el equipo de
Estudios Sociales en Derechos Humanos y que recientemente ha abierto la oferta
educativa de una Maestría en Derechos Humanos. Una universidad que fue pionera
en las conmoraciones realizadas en cada 10 de diciembre por el Día de los
Derechos Humanos.
Y en esta lista de conquista que mencionamos, vemos el
aspecto central que adquiere el concepto de los derechos humanos como eje
articulador que nos orienta para pensar los procesos de Memoria, Verdad y
Justicia.
También es importante destacar el trabajo de nuevas
generaciones de investigadores e investigadoras en el marco de esta universidad,
quienes se encuentran produciendo conocimiento sobre lo que han sido los
juicios por la verdad, tomando en cuenta el impacto social, político y ético de
estos juicios, y toda esa experiencia que deriva en un conocimiento que
contribuye al sostenimiento de las políticas de memoria, políticas que durante
mucho tiempo estuvieron ausentes en el país.
Con respecto a esta ausencia de políticas de memoria,
me permito recordar, cuando en los años noventa cursaba estudios secundarios,
la temática de lo que sucedió durante la última dictadura no era un tema presente.
Éramos los hijos de la democracia del 83, pero las teorías del fin de la
historia propuestas por los referentes del neoliberalismo reinante nos privaban
de la reflexión necesaria que nos diera la comprensión del drama de los 30 mil
desaparecidos. Si la historia había terminado y las luchas por la emancipación
habían culminado, ¿para qué mirar atrás? Actualmente está claro que el
escenario es otro.
Por lo tanto, estamos en una fecha que toca las fibras
intimas de la sociedad puesto que tantas víctimas que lograron sobrevivir -así
como muchos de sus victimarios- aún están vivos, o bien sus familiares directos
lo están. Por eso nos interpela, al
igual que lo que pasó con Malvinas, guerra de la cual pronto se cumplen 40 años
y que marcó el comienzo del fin de un gobierno que ya a esa altura se
desmoronaba.
Hoy, a 46 años del 24 de marzo de 1976, lamentamos haber sido parte de un experimento político que puso el estado al servicio del terror. Sin embargo, nos queda lo que aprendimos en estas décadas de democracia. Nos queda la lucha por parte de organismos de derechos humanos. Nos quedan las libertades conseguidas. Al fin y al cabo, nos queda la historia, para recuperarla y resignificarla. Porque como dijo un destacado especialista, la historia es una excusa para hablar de nuestro presente, y para dar las luchas que exige nuestro momento histórico.



