DÍAS DE BRISA BLANCA Y ALADA
En estos días parece que el comienzo
de año viene con bautismo: un bautismo de incontables mariposas blancas que se
nos cruzan cual brisa suave por el camino y nos obliga -felizmente- a
observarlas. Gracias a nuestros humanos ojos, podemos sentir ese deleite frente
al “espectáculo” que sólo la naturaleza nos puede mostrar.
“Pirpintos o pilpintos” en su voz
popular. Ascia monuste en su voz científica.
No todos los veranos las vemos, de la
misma manera que no todos los deseos se cumplen. Eso no nos impide perdernos en
su vuelo por un instante, olvidar lo que ya no necesitamos y volver al blanco
inmaculado, inspirador de nuevos anhelos.
Como sachabióloga que soy, no
concibo el mundo natural sin las preguntas de rigor: ¿Desde hace cuánto tiempo
que habita una especie en el planeta? ¿De qué se alimenta? ¿Dónde vive? ¿Cómo
se reproduce? ¿Con qué otras especies está emparentada? ¿Con quiénes se
relaciona? ¿A qué se dedica? Y así puedo seguir enumerando las preguntas que me
“revolotean” cada vez que indago en la vida y obra de algún ser vivo.
Pues bien, vale esta oportunidad para conocer a estos
seres con media docena de patas, cuatro alas blancas, dos antenas y un par de
ojos sensibles a luz solar que les brindan estabilidad. Aunque nos visitan
regularmente, habitan este suelo desde hace por lo menos 10 millones de años.
Tanto tiempo hace, que la pregunta de cómo hicieron para sobrevivir tantos años
ya ha desvelado a entomólogos y entomólogas de todos los tiempos.
Otra vez pecaré de naturalista al no
poder omitir el paradigma evolutivo bajo el cual entendemos la diversidad de
especies que existen y existieron en el planeta, con la gran-diosa capacidad de
adaptación a cada ambiente ya sea acuático, terrestre o aéreo; el decisivo instinto
de supervivencia, mas los miles de millones de años que transformaron el
planeta moldeando a todos y cada uno de sus habitantes.
Los insectos son el grupo de animales
más numerosos, tanto en cantidad de especies como en cantidad de individuos. El
fenómeno de las alas ha permitido conquistar nuevos lugares, descubrir nuevos
alimentos, procrear en el aire y huir de los depredadores (entre otras cosas).
Luego vinieron las especies que no quisieron perderse la oportunidad de volar e
hicieron lo mejor que pudieron; habrán oído hablar del pez volador, de aquél
grupo reducido de dinosaurios que volaba, del mamífero que convirtió sus dedos
en alas (los murciélagos), hasta que el extraordinario equipo de las aves les
pasó la pluma a todos.
Pero me fui por las ramas (más bien
por las alas). Y volviendo a las de los pirpintos, aquellas describen un
movimiento de “aplauso” en cada ciclo de batido: al unirse arriba cuando se
elevan, se separan luego desde los márgenes frontales. El aire entonces se
precipita entre ellas y se genera un miniremolino que avanza rápidamente
y levanta a su paso el ligero cuerpo de nuestra mariposa.
Otro suceso revolucionario que
transformó a estas pequeñas criaturas de esqueletos articulados, es la
metamorfosis, o dicho más simple: el cambio de forma. Que en las mariposas
significa un cambio total de forma durante su ciclo de vida. El resultado de la
fecundación (cosa que sucede una o dos veces en la vida de estos insectos) es
la postura de pequeños huevos de color amarillo de unos dos milímetros, de
donde eclosiona una larva muy glotona amante de las crucíferas (como la
mostaza, el nabo, el rábano, la rúcula) y las coles. Mas necesita alistarse para
el estadio siguiente: la crisálida o pupa, donde internamente se prepara para
alcanzar la más compleja de las formas como lo es el estado adulto que nos
visita. Claro, nada de esto sería posible sin el accionar de las hormonas de la
muda ni la envidiable ensalada que se comió la larva.
Si bien hay insectos que contribuyen a
nuestro deterioro ya sea directa o indirectamente, una gran cantidad de ellos -y en particular
los pirpintos – son de importancia vital para la conservación de los
ecosistemas: polinizan las plantas con flor favoreciendo la reproducción sexual
de las mismas y por lo tanto su variabilidad genética. Dicha relación con las
plantas beneficia a ambas partes, al punto que los insectos han constituido el
principal factor de selección de ciertas características de las plantas, y
ellas han determinado varias adaptaciones en los insectos, lo que se traduce en
una interacción donde ambas partes han alcanzado un nivel de beneficio mutuo y
perdurable en el tiempo, a esto llamamos coevolución: evolucionar con otro ser
vivo eligiendo la mejor alternativa disponible, no la mejor opción posible,
allí radica la gloria adaptativa.
Y aún las vemos libando el néctar de
las contadas flores de sunchos, chilcas, talillas, verdolagas y lantanas que
quedan de nuestro monte nativo y aún sin pesticidas. Con un aparato bucal
chupador envidiable que consiste en un par de tubitos que cuando no están en
uso, se enrollan en espiral en la cavidad bucal: la famosa lengua de las
mariposas.
Y aún las vemos en un osado viaje
migratorio desde el norte, sedientas y agrupadas en un pedazo de tierra mojada
o intentando tomar agua del río. Esquivando el ataque de algún pájaro
hambriento, sorteando todo tipo de obstáculos hasta llegar a un lugar apto para
dejar descendencia antes que la vida se les termine.
Y como si fuera poco, además de la riqueza visual y ambiental que nos brindan, el ser humano siempre quiere más. Y ya se está investigando sobre las formas de criarlas en cautiverio para luego comercializarlas como artesanías o para uso ornamental en eventos sociales como bodas, primeras comuniones, cumpleaños de 15, y por qué no, bautismos...




Fotografías: Victoria Tasso