EL ALJIBE

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Domingo, 19 de Abril del 2020

EL ALJIBE

No creía. No creía cuando me decías mire doctor en serio le digo, acérquese y vea con sus propios ojos.  Toda esa ciudad titilando bajo  el espejo de agua al fondo del aljibe. No creía en  la ciudad, no podía creer en el agua, mucho menos con esta seca, en esta inquisición del salitre sobre la feligresía del monte.  Solo recuerdo que mencione las formas, los tajos abriéndose simétricos por partes, las ondulaciones intermitentes, un pedazo de planta y agua, y más agua, agua sobre agua, un rio de arena desplegándose con la matriz negadora de su cielo húmedo. Y me acuerdo que te decía: es Santiago, chango veni, es Santiago esa ciudad, tienes adentro del aljibe a nuestra ciudad; su ciudad doctor, es suya no mía, nosotros somos el aljibe nomas, a veces agua,  a veces fe.  Te pedía  que sacáramos un balde de agua  pero no había caso, cierta ingravidez se apoderaba del recipiente y en el límite exacto que señala el ingreso al subsuelo la presión suspendía el balde en un equilibrio llamativo, como si fuera un astro o un Dios afirmado en el cielo del aljibe custodiando que nada ni nadie intervenga en las cosas comunes del fondo. Tráeme un palo, tráeme algo con punta,  me acuerdo que te gritaba, desesperado, y me has traído y me mirabas asombrado como intentaba penetrar el aire fortificado del aljibe, esa tranquera hecha de vacíos inexpugnables como una muralla de sed. Voy a bajar chango, tráeme un soga , espere doctor está loco usted, déjelo, no vaya ser cosa que le pase algo, es rarísimo todo esto, no ¡no! tráeme hermano por favor te pido necesito bajar y sentir eso, y tengo imágenes arrojándome al vacío, rebotando en el aire y cayendo al agua lentamente , apoderado de otro tiempo , otro ritmo de la vida, perforando el aire, el agua, cayendo desde el cielo a mi ciudad, mirándote  desde el suelo de agua como un Dios campesino con ojos de tierra, asustado, dios perdido, gritándome no  hay ciudad que lo salve doctor, ¡no hay cuidad que nos salve!

 

 Me recuerdo sumergido, buceando entre el ejército y el campo contreras, tratando de arrancar pedazos de barrio para regalarte al salir, como un plantin de urbe en medio del monte.

 

Recuerdo la noche sobre la noche. La estrella en la boca del aljibe. El agua oscurecida.

 

Recuerdo  el abismo de un estanque empachado de  memorias.

 

 Al amanecer te gritaba que me ayudes a salir y no me respondías, intentaba trepar pero me resbalaba, no había ciudad a mi pies, solo agua de lluvia, gritaba y el eco se acortaba, hasta que te vi emerger desde el fondo del agua, inalterable con las gotas derrumbándose en tu cara, y entre sollozos repetías, he ido a la ciudad, la he conocido, nada de ahí puede salvarnos doctor, nada. Y te abrazaba y te pedía tiempo, paciencia, ya vamos a llegar, acompañame, toma aire, vamos a nadar, y se hizo el cemento y el grifo, y entre calles relucientes te lleve de la mano a descubrir al hombre, a la mujer santiagueña, y me decías no creo en esta especia doctor, les tengo miedo.

 

 No les tengo sed.

 

Recuerdo ojos de fuego enfriando el miedo, te recuerdo decir noj-otros, nosotros, y como un cielo seco nos caía sobre la espalda, y lo  andábamos sosteniendo entre la gente, y vos pedias atención para la nube seca, y solo miraban de reojo tu garganta de cuero disecado.

 

Y fuimos saliendo, trepamos a la boca del aljibe, saltamos a la tierra y caminamos al rancho.

 

Recuerdo la quietud, el silencio, el sordo goteo de la nada.

 

Recuerdo a tus hijos y a tu mano acariciando sus cabezas en un compás acrónico. 

 

Te recuerdo en todas sus bocas nombrar los años que adeuda la lluvia, los sueños que debe enyesar el agua vieja, el agua anciana de la tierra.

 

Me decías: no le cuente a nadie a doctor, no le cuente a nadie lo del aljibe y la ciudad al fondo del agua, y al parecer no confiabas en mi porque hoy me entere que lo encontraron tapado de tierra y nadie sabe de vos ni de tus hijos, y yo solo me pregunto en que caño van a aparecer para gritarme, ahogados,  no hay aljibe, ¡no hay ciudad! Solo sed, solo fe doctor, ¡solo fe! 



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