EDITAR EL COLAPSO

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Sábado, 16 de Abril del 2022

EDITAR EL COLAPSO

“Whitman vendió sus propios libros en Nueva Jersey.

Los futuristas rusos publicaron su trabajo en recortes

 de papel de empapelar para ahorrar”.

David Shook

 

Ya comentaba Ricardo Piglia que el fenómeno (social) de la literatura nada tiene que ver con la experiencia solitaria de la escritura. La circulación de una obra (lectura, venta, crítica, presentaciones, librerías, prensa, bibliotecas, depósitos, etc.) dentro del sistema industrial de publicación no guarda relación alguna con la figura concreta de ese alguien que escribe en solitario (alejado del mundo para el mundo, vaya paradoja) unas líneas que nadie ha solicitado. Parto de esta exageración estratégica simplemente para señalar y comenzar a pensar, aunque sea por un rato, lo que dure la lectura, sobre el tejido económico y simbólico (siempre particular y dinámico) que introyectan y sostienen, en la esfera de lo público, a los artefactos artísticos.

En Santiago del Estero suele escribirse mucho sobre literatura (en tanto obra “poética”, “escritura”). La mayoría de las veces son textos que simplemente bajan del automatismo académico, con las clásicas explicaciones subjetivas, esencialistas, psicologistas de nulo sostén sociológico o político, gestos a-críticos, palabras, líneas, más relacionadas con el intercambio de dones y contra dones que a calidad estética alguna. Un claro hedonismo discursivo que simula ser, la mayoría de las veces, objetividad científica (intelectual), pero que no es más que un buen ejemplo de reproducción social que condiciona e inhabilita “el libre juego de las actitudes creadoras” (Francisto R. Santucho).

 

*

 

Cuando se habla de “literatura santiagueña”, ¿de qué se habla?  

Saludable sería poder plantearnos, si acaso este concepto no estaría encubriendo (borrando, omitiendo, desintegrando) las condiciones objetivas, como el acceso a determinados medios de producción o instancias de legitimación, que garantizan la real puesta en circulación de esta o aquella obra (novela, poemario, colección de cuentos, artbook, etc.). Entonces, podríamos decir que “literatura santiagueña” (pero también literatura mexicana, literatura tucumana, literatura del río de la plata, y así hasta al infinito) es una categoría reduccionista, de simplificación cartográfica y del orden de los sentidos (¿soy el único escritor de esta provincia que no se identifica con este estribo?). Porque “literatura santiagueña” no es reflejo de todxs lxs escritorxs que estuvieron creando en la provincia, más bien, reflejo, simplemente, y por cierto a-histórico, como si lo demás solo fuera mero dato contingente, de lxs escritorxs que estuvieron creando y pudieron, por la razón que sea, publicar (¿es un drama solo de estos pagos? Claro que no).

Con esto me refiero a las condiciones de posibilidad. Digo que la clase media (de aspiración “intelectual”, “progresista”, esa que normaliza la existencia de una biblioteca en los hogares) tiene mayores oportunidades de publicar, de que su obra llegue a los estantes de una librería o de ser reseñadxs aquí y allá. Ya sea porque pagan, porque tienen contactos, porque ocupan ciertos lugares, porque les pintó o porque resulta que siempre tienen unx conocidx que profesa el hobby de “fundar” “editoriales”, la clase media, a la hora de publicar, la tiene más fácil, en Santiago del Estero, en Bs As y en la China. Y no vayan a pensar que simplemente reniego de las potencialidades de una clase social sobre otra, no, pero es que tanto rollo sin contexto ni pausa satura, y mucho.

Esto es, dentro del terreno de la edición, comenzar a problematizar la noción de «igualdad de oportunidades» y dar de una vez por todas un paso radical (sincero) y comenzar a pensar en términos de «igualdad de resultados». Como lo dice sin ambigüedad la escritora y editora australiana Susan Hawthorne: “la igualdad de oportunidades nunca funciona bien para lxs oprimidxs”.

Porque en Santiago, como lo planteamos hace algunas semanas en el conversatorio que tuvimos entre editorxs locales durante la 1ra edición de La Fiera, la situación y el panorama, tanto para lxs escritorxs como para los proyectos, es complicada, precaria, discontinua, desigual. Y fue evidente, me tomo el atrevimiento de decirlo, chequear lo desarticulados y desconectados que estamos como comunidad editora. Ahora bien, qué hacemos con este diagnóstico, qué hacemos en tanto productorxs culturales con estos datos. 

 

*

 

Quisiera mencionar (recapitular) la fuerza política y humana que implica adueñarse (hacerse cargo) de las instancias y los medios de producción escindidos por el sistema y seriados por la lógica de la profesionalización. Las relaciones entre cuerpos y objetos, entre cuerpos y herramientas, entre cuerpos y procesos definen el cómo de los proyectos (de publicación). Dentro de la edición artesanal siempre se dice que cuanto más involucradxs están lxs escritorxs (editorxs) con los procesos, los resultados son mejores. Y no se habla de guita, claro, se habla de humanizar los oficios, nuestro modo de relacionarnos con la escritura, los materiales, el entorno, lxs demás. “La edición artesanal se articula en el taller, la praxis de los oficios, los espacios de sociabilización horizontales y la comunidad de semejantes” (Eric Schierloh). Ante la lógica castradora que impone el jueguito legitimador de “me publicaron”, la edición artesanal, emancipa la escritura y la publicación, desmitificando a la vez el “trabajo editor” y confrontando de frente con prácticas estandarizadas. Obviamente son pocxs lxs que van a querer corregir, imprimir y encuadernar sus libros. Porque claro, qué carajo tiene que ver la escritura con ponerse a diseñar una caja de texto, clasificar papeles, armar cuadernillos, etc. Pero ojo, paren un toque, y qué carajo tiene que ver la escritura con vender mucho, recibir premios, ocupar espacios, etc. Y por favor, no piensen de manera unidimensional, la edición artesanal no es simplemente hacer libros con las manos, y evidentemente no son los primeros balbuceos de un proyecto “independiente”, sino una política editorial como tal.

Ahora es momento de tirar la primera molotov: todxs pueden editar.

 

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Con estos muy económicos párrafos quiero llamar la atención sobre la normalización del concepto de “literatura santiagueña” que se nos ha impuesto y del que poco (o nada) se reniega.

Yo me pregunto cuántxs habrán estado escribiendo (esos que jamás pudieron publicar por pobres, indixs, negrxs) en ese agosto de 1930 cuando Bernardo Canal Feijoo presentaba en el Parque Club de Santiago su tercer poemario.

Este también es un pequeño intento por agitar las aguas entre lxs escritorxs, lxs editorxs, y lxs lectorxs cercanos sobre: ¿para qué escribir?, ¿para qué editar?, ¿para qué publicar?

Supongo que hace falta más involucramiento, más horizonte que grupos. Politizar el asunto. Menos especulación progresista y más praxis. Inclinarse a cierta ruptura antes que, a las reglamentaciones del buen gusto, del “así se hace”, del “hasta aquí se puede”.

Qué poco experimental es un imaginario editorial (literario) sin tiempo para una revolución agraria.

 

 

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Y ahí les va la segunda molotov: qué bueno sería editar e imprimir el colapso, ¿no?


 

Alfredo A. Díaz

    (escritor y coeditor de Tóxicxs)


 Fotografía: Lawrence Ferlinghetti (poeta, librero y editor). 


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