EDITAR EL COLAPSO
“Whitman vendió
sus propios libros en Nueva Jersey.
Los futuristas
rusos publicaron su trabajo en recortes
de papel de empapelar para ahorrar”.
David Shook
Ya comentaba Ricardo Piglia
que el fenómeno (social) de la literatura nada tiene que ver con la experiencia
solitaria de la escritura. La circulación de una obra (lectura, venta, crítica,
presentaciones, librerías, prensa, bibliotecas, depósitos, etc.) dentro del sistema
industrial de publicación no guarda relación alguna con la figura concreta de
ese alguien que escribe en solitario (alejado del mundo para el mundo, vaya paradoja)
unas líneas que nadie ha solicitado. Parto de esta exageración estratégica
simplemente para señalar y comenzar a pensar, aunque sea por un rato, lo que
dure la lectura, sobre el tejido económico y simbólico (siempre particular y
dinámico) que introyectan y sostienen, en la esfera de lo público, a los artefactos
artísticos.
En Santiago del Estero
suele escribirse mucho sobre literatura (en tanto obra “poética”, “escritura”).
La mayoría de las veces son textos que simplemente bajan del automatismo
académico, con las clásicas explicaciones subjetivas, esencialistas, psicologistas
de nulo sostén sociológico o político, gestos a-críticos, palabras, líneas, más
relacionadas con el intercambio de dones y contra dones que a calidad estética
alguna. Un claro hedonismo discursivo que simula ser, la mayoría de las veces,
objetividad científica (intelectual), pero que no es más que un buen ejemplo de
reproducción social que condiciona e inhabilita “el libre juego de las
actitudes creadoras” (Francisto R. Santucho).
*
Cuando se habla de “literatura
santiagueña”, ¿de qué se habla?
Saludable sería poder plantearnos,
si acaso este concepto no estaría encubriendo (borrando, omitiendo, desintegrando)
las condiciones objetivas, como el acceso a determinados medios de producción o
instancias de legitimación, que garantizan la real puesta en circulación de esta
o aquella obra (novela, poemario, colección de cuentos, artbook, etc.).
Entonces, podríamos decir que “literatura santiagueña” (pero también literatura
mexicana, literatura tucumana, literatura del río de la plata, y así hasta al
infinito) es una categoría reduccionista, de simplificación cartográfica y del
orden de los sentidos (¿soy el único escritor de esta provincia que no se identifica
con este estribo?). Porque “literatura santiagueña” no es reflejo de todxs lxs
escritorxs que estuvieron creando en la provincia, más bien, reflejo,
simplemente, y por cierto a-histórico, como si lo demás solo fuera mero dato
contingente, de lxs escritorxs que estuvieron creando y pudieron, por la razón
que sea, publicar (¿es un drama solo de estos pagos? Claro que no).
Con esto me refiero a
las condiciones de posibilidad. Digo que la clase media (de aspiración “intelectual”,
“progresista”, esa que normaliza la existencia de una biblioteca en los hogares)
tiene mayores oportunidades de publicar, de que su obra llegue a los estantes
de una librería o de ser reseñadxs aquí y allá. Ya sea porque pagan, porque
tienen contactos, porque ocupan ciertos lugares, porque les pintó o porque
resulta que siempre tienen unx conocidx que profesa el hobby de “fundar” “editoriales”,
la clase media, a la hora de publicar, la tiene más fácil, en Santiago del
Estero, en Bs As y en la China. Y no vayan a pensar que simplemente reniego de
las potencialidades de una clase social sobre otra, no, pero es que tanto rollo
sin contexto ni pausa satura, y mucho.
Esto es, dentro del
terreno de la edición, comenzar a problematizar la noción de «igualdad de
oportunidades»
y dar de una vez por todas un paso radical (sincero) y comenzar a pensar en
términos de «igualdad
de resultados».
Como lo dice sin ambigüedad la escritora y editora australiana Susan Hawthorne:
“la igualdad de oportunidades nunca funciona bien para lxs oprimidxs”.
Porque en Santiago,
como lo planteamos hace algunas semanas en el conversatorio que tuvimos entre
editorxs locales durante la 1ra edición de La Fiera, la situación y el panorama,
tanto para lxs escritorxs como para los proyectos, es complicada, precaria,
discontinua, desigual. Y fue evidente, me tomo el atrevimiento de decirlo, chequear
lo desarticulados y desconectados que estamos como comunidad editora. Ahora
bien, qué hacemos con este diagnóstico, qué hacemos en tanto productorxs
culturales con estos datos.
*
Quisiera mencionar
(recapitular) la fuerza política y humana que implica adueñarse (hacerse cargo)
de las instancias y los medios de producción escindidos por el sistema y
seriados por la lógica de la profesionalización. Las relaciones entre cuerpos y
objetos, entre cuerpos y herramientas, entre cuerpos y procesos definen el cómo
de los proyectos (de publicación). Dentro de la edición artesanal siempre se
dice que cuanto más involucradxs están lxs escritorxs (editorxs) con los
procesos, los resultados son mejores. Y no se habla de guita, claro, se habla
de humanizar los oficios, nuestro modo de relacionarnos con la escritura, los
materiales, el entorno, lxs demás. “La edición artesanal se articula en el
taller, la praxis de los oficios, los espacios de sociabilización horizontales
y la comunidad de semejantes” (Eric Schierloh). Ante la lógica castradora que
impone el jueguito legitimador de “me publicaron”, la edición artesanal,
emancipa la escritura y la publicación, desmitificando a la vez el “trabajo
editor” y confrontando de frente con prácticas estandarizadas. Obviamente son
pocxs lxs que van a querer corregir, imprimir y encuadernar sus libros. Porque
claro, qué carajo tiene que ver la escritura con ponerse a diseñar una caja de
texto, clasificar papeles, armar cuadernillos, etc. Pero ojo, paren un toque, y
qué carajo tiene que ver la escritura con vender mucho, recibir premios, ocupar
espacios, etc. Y por favor, no piensen de manera unidimensional, la edición
artesanal no es simplemente hacer libros con las manos, y evidentemente no son los
primeros balbuceos de un proyecto “independiente”, sino una política editorial como
tal.
Ahora es momento de
tirar la primera molotov: todxs pueden editar.
*
Con estos muy económicos párrafos quiero llamar la atención
sobre la normalización del concepto de “literatura santiagueña” que se nos ha
impuesto y del que poco (o nada) se reniega.
Yo me pregunto cuántxs habrán estado escribiendo (esos que
jamás pudieron publicar por pobres, indixs, negrxs) en ese agosto de 1930 cuando
Bernardo Canal Feijoo presentaba en el Parque Club de Santiago su tercer
poemario.
Este también es un pequeño intento por agitar las aguas
entre lxs escritorxs, lxs editorxs, y lxs lectorxs cercanos sobre: ¿para qué
escribir?, ¿para qué editar?, ¿para qué publicar?
Supongo que hace falta más involucramiento, más horizonte
que grupos. Politizar el asunto. Menos especulación progresista y más praxis.
Inclinarse a cierta ruptura antes que, a las reglamentaciones del buen gusto,
del “así se hace”, del “hasta aquí se puede”.
Qué poco experimental es un imaginario editorial
(literario) sin tiempo para una revolución agraria.
*
Y ahí les va la segunda molotov: qué bueno sería editar e imprimir el colapso, ¿no?
Alfredo
A. Díaz
(escritor y coeditor de Tóxicxs)
¡ATENCIÓN! Mundar es un espacio autogestivo, en este comienzo de año queremos tomar impulso para seguir haciendo crecer este proyecto cultural que nos encuentra a cada rato escribiendo y leyendo junto a vos. Queremos que seas parte de nuestra mesa, invítanos un cafecito para que Mundar siga creciendo. https://cafecito.app/revistamundar2022