EL CAMINO DE MARIA ADELA AGUDO
“¿De dónde viene esta tristeza
grandiosa que traspone lo épico y lo trágico, puesto que ya no protesta ni
maldice, ni se desespera, ni renuncia, ni se queja, sino que canta y canta?”.
María Adela Agudo escribió
estas palabras para abrir el libro de poemas de Cristóforo Juárez (Reflejos del
Salitral, 1939) y hacía –con especial atención a esta conjugación verbal– una
pregunta a todo el pasado. Iniciaba con ella una búsqueda, individual pero
también compartida, que iba tomando forma poética a la vez que siendo surcada
por memorias, trazos de la historia de un pueblo.
Hace casi dos meses, en
octubre, se presentó en la Feria del Libro de Santiago del Estero la reedición
de Agón. Cuaderno a María Adela Agudo, de la Editorial Mundar, y con este breve
discurrir político-literario me propongo persuadir (o al menos despertar alguna
cosquilla de curiosidad a quienes se topen con él) a la lectura de sus páginas
tan minuciosa y amorosamente trabajadas por un colectivo que busca traer el
tono dulce y firme de la poeta santiagueña, para deleite y para reflexión
compartida.
No es casual en su poesía la
evocación a la tristeza y el gesto activo de encontrar el momento anterior a
ella, uno en el que sea posible dilucidar las causas que la despertaron. El
despojo, la pérdida, la falta, como símbolos que marcan el carácter local en la
vida tanto como en la poesía, son una constante que atraviesa las formas del
amor, de la belleza, de la naturaleza y de la cultura en la obra de Agudo. Uno
de los editores de este libro, Sebastián Barrionuevo Sapunar, refería en un
artículo a su nombre, Agón, y a su etimología para exponer la presencia del
conflicto –de una tensión– puesto en escena en sus páginas y en la misma
producción y elección del nombre de la publicación. Entre estas líneas y
aquellas podemos dibujar el lazo que se tiende entre esa búsqueda lírica del
origen de “la tragedia” y la contienda histórica por el derecho a vivir, a
permanecer, producir y crear en un lugar que ha sido alejado del destino de
todos sus esfuerzos.
El camino de la poeta
santiagueña, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, se acompasó al ritmo
de las inquietudes de una época de posguerra y de industrialización de la
explotación forestal, que reunió a narradores, poetas y dramaturgos en la
Asociación Cultural La Brasa, en torno a un ideal común que pretendieron
difundir desde la expresión artística a todos los rincones del país. La nota
especial impresa en las letras de Agudo es la romántica: el detalle con el que
capta el gesto amoroso en la danza (“Zamba alegre te dijeron/para más decirte
zamba,/como quien cultiva amores/en el huerto de las lágrimas”); su forma de
traducirlo en los movimientos del paisaje (“Y tu aroma se hamaca en la tarde/y
tu luz florida/por la brisa herida/en el ancho patio arde, arde, arde”); el
encuentro de sentidos que despiertan las imágenes y sonidos de lo pequeño, lo
ínfimo (“Se adueñan del verano/cual miríadas de pequeños meteoros/que cavaran
el aire.//Y no oís/ni las suaves epífitas respondiendo al insecto/ni las lianas
techando el mediodía”) y la actitud contemplativa frente a la estética del amor
que falta, del Otro que se define por su ausencia (“Te invoco/en el primer
despertar de mis ideales,/entre los héroes míos, extranjero”), todos como pasos
de una coreografía, que crean el peculiar baile de María Adela. La propuesta es
aprehender ese baile a través de la lectura rítmica de los poemas de Agón; a
encontrarnos con una historia entretejida con la melodía de la tristeza, que
expresa un canto propio pero común, popular y encantado.
Los y las santiagueñas tenemos
en especial presente el proyecto de La Brasa, mas sabemos que abrir los canales
de diálogo hacia otras regiones conlleva una serie de obstáculos definidos por
la dinámica centralista de nuestro país. Por eso seguimos insistiendo, no en el
terco afán de revolver y revolver el pasado en busca de una mítica gloria
local, sino para dar impulso a las invisibilizadas voces que enunciaron, en un
momento de transición política, económica, social y cultural del país, los
procesos que marcaron la subjetividad de un pueblo y que aún hoy dictan
porvenires y posibilidades para esas gentes que escapan (voluntaria o
involuntariamente) a los límites de la proyección de homogeneidad nacional. En
este sentido, la invitación es hacia afuera: a leer a una santiagueña no como
agente de un regionalismo acotado e intransferible; más bien como observadora y
creadora de mundos comunes, compartidos, transformables y propios de todos y
todas las que habitamos territorios con memoria. Como decía Adela, “amar a los
otros y amarnos a nosotros mismos”.