CARNAVAL SIN MIEDOS
“Carnaval sin miedos” será el encuentro de una comunidad que desea celebrar, compartir y multiplicar la obra del maestro Jorge Rosenberg. El nombre de la convocatoria surge de un zoco titulado “El cuco”, y pretende ser una invitación al goce de la libertad y de la vida, tal como fue el paso del poeta por esta ciudad. El inicio será a las 20hs y tendrá como apertura la proyección del documental «Zoco de la Buri Buri, la ciudad inventada». Luego se iniciará la ronda de lecturas y canciones con micrófono abierto.
EL CUCO
Guarda el cuco, mira que va a
venir el cuco y que te iba a llevar o que te iba a comer. Tal amenaza de los
progenitores tenía como fin el cumplimiento de normas preestablecidas por las
costumbres propias de la ignorancia de la época. Obviamente no había psicólogos
que adviertan de los perjuicios mentales que podían aparecer a lo largo de la
vida a causa de tan tremendo método de disuasión. La advertencia de que si no
te portabas bien, no tomabas la sopa, o te escapabas a la siesta, iba a venir
el cuco y te llevaba la criatura para comerla, es un tanto anterior al tiempo,
a esa otra advertencia malsana de que si no te va a llevar la policía, a ver si
este chico deja de llorar… Y el chico más lloraba. El cuco significa la
cacofonía representativa del diablo, el primer temor, la primera pérdida de
libertad, el primer miedo a gozar del libre albedrío, un horror de los principios
entre los vapores originales de las casas. Las repercusiones del uso del cuco
con la niñez y sus afectos, solían ser tanto impredecibles como infinitos. Tal
temor oficiado por el desconocimiento gnoseológico de los progenitores o
abuelas, ha determinado en no pocos casos, la existencia de párvulos del ayer.
Uno cree, cree conocer una noche el amor y se aparece el cuco. En la oscuridad
de los cines, en la noche solitaria, en los secretos baldíos de escuela, en la
cédula de identidad también se escabulle, en la ensalada de papa y huevo, a la
vuelta de la esquina, en los bordes de un plato de sopa, sorprende la temeridad
como recuerdo del cuco.
Doy gracias a los cielos que
como padre no he utilizado con mis hijos y nietos tal método cacofónico de
disuasión, por lo tanto, sin la carga irremediable de que algo así como espanto
se lleve a los niños quién sabe dónde y se dé un festín con ellos. Me queda a
mí el silencio del rito de cruzar los dedos para que sus vidas sean día a día
más vida, y si fuera posible, un carnaval sin miedos.