EL CUERPO QUE ESCRIBE
Nunca sé cómo se
empieza. ¿Ese acto debiera tener algo de valor? Diría que sí, que es la imagen
más sincera de quien escribe y sigue escribiendo, de quien se entrega a la
caída pero revestidx de alguna expectativa por salir con al menos un
pensamiento, y un corazón bien puesto. Puedo armar una propia historia, puedo
armar la memoria que intento contarme, la forma de construir mi identidad, de
recordar, incluso, cosas no vividas, pero a través de la palabra recrearlas
como podrían haber sido. Y el elemento de realidad será el mismo: El propio
cuerpo. Pero no el mío. El cuerpo de quién escribe, que pienso no es lo mismo.
Y ahora, me pregunto ¿cuál es el cuerpo que escribe?. Quizá lo más maravilloso
es la sorpresa, la multiplicidad y la coherencia al mismo tiempo, dentro de la
ambivalencia de la palabra, de la poesía, más precisamente. Porque es en la
poesía que existe el estímulo por intentar convivir con las partes de un todo
(si es que el todo existe). A lo que voy, intento decir que no hay cuerpo que
escribe sin el despojo inicial, sin la destrucción total del invento de ser
nosotrxs mismxs. Si hay algo que deseo en la escritura, es no ser yo misma. Es
ser cada vez la grieta que siempre me aleja de la meta, y me lleva al
conocimiento de los lugares infinitos dentro de la propia finitud de la vida.
Entonces, el cuerpo que escribe es como el barco, o las piernas, o el sexo, o
la voz, o el pensamiento, o todo eso que orgánicamente se conforma y se baña en
ríos diferentes, en días diferentes, en pueblos, ciudades y camas diferentes,
por más de que cada día, unx duerma bajo el mismo techo. No hace falta más que
ensamblar ese cuerpo a la historia, a la historia de sentirse vivo y despierto.
A la intensidad de hablar bajo y latente con todos sus propósitos, aún el primero,
aún en ese que todavía no sabe hablar, ni qué desea, ni lo que siente. Hay que
saber comenzar, aprender a identificarse con lo animado y lo inanimado, con el
otrx, con un animal, con el agua, incluso, con la tierra que aparenta siempre
ubicada en su mismo sitio. Situarse,
quedarse quieta en la soledad, empezar a ver cómo todo se desborda, de a poco,
y sin apuro. Cómo el nacimiento propio ocurrió incluso antes, cómo la palabra
se sostiene de quienes nos preceden, y cómo el futuro podría devenir de un mismo
poema contado repetidas veces. Incluso, como acto político de escribir, elegir
qué preguntarnos, en dónde vive nuestro tiempo que se escribe, a dónde
entregamos lo que nadie puede decir más que escribiendo.
Podríamos entender
que esto es un tránsito y una trascendencia, y como tal implica resguardar el
amor que todo eso se merece.