EL FEO, EL MONSTRUO Y EL NARRADOR. Cuaderno de notas para entrar y a caso no salir de Perros de tribunales
Leí Perros de
tribunales, el último libro de narrativa de Daniela Rafael, publicado en julio de
2021 por EDUNSE. Sus diez cuentos distribuidos en ajustada simetría, cinco y
cinco, en sus dos partes: “Avenida” y “Perros de tribunales” se detienen, sin
embargo, en la presencia y significación de lo impar. El libro puede ser leído
como un registro minucioso de cuerpos mutilados, deteriorados, incompletos,
evidencias empíricas de violencias sufridas y provocadas. La percepción
horrorizada de lo que falta en los cuerpos de las personas, de las
instituciones y de las ciudades que, de maneras diversas, participan en los
relatos engendra toda clase de monstruos, temibles y temidos. En Perros de
tribunales, la construcción sociodiscursiva de los monstruos, cuyas tropelías
se nos relatan, da cuenta de la naturaleza abusiva, unas veces de los creados y
otras veces de los creadores. Sucede que algunos de estos monstruos son seres
del todo inofensivos, consecuencia del temor por el otro, concebido como
contraparte indeseable de un nosotros hegemónico, diligente en eliminar lo
diferente, sea homosexual, morocho, pobre… Pero otros monstruos son
definitivamente brutales, capaces de reducir a sus víctimas, individuales o
colectivas, a la nada de la muerte o, aún peor, al sufrimiento continuo de la
indefensión por impotencia, como Domingo, el personaje cuya vida y matanza
final son materia del cuento inaugural, o como la Justicia, cuya inacción o
cuya acción parcial se anuncia en “Avenida” y toma dimensión de pesadilla en
“Perros de tribunales”. Las violencias de Domingo, del nosotros, y de la
Justicia conforman un trazado isotópico que habilita la lectura de Perros de
tribunales como la ficcionalización de un mundo en el que impera una violencia
institucionalizada. ¿Cómo narrar este mundo violento, por desigual e injusto?
La pregunta es amplísima y construir una respuesta requiere de un recorte, que
en mi caso será el narrador. Para narrar lo que falta, Rafael compone
narradores también incompletos. Incompletud1 sugerida ya sea por ciertos
atributos antropomórficos que se les restan, o por sus procedimientos
narrativos. Nos detengamos en “Avenida”. Su primer cuento, “Un domingo
cualquiera”, está narrado por una abogada, de quien sabemos la letra inicial de
su nombre, M. Con esta narradora -porque su mirada los hace notorios- una
colección de seres desdentados o tuertos o ciegos principia su merodear a la
vista del lector. Los dientes y ojos que les faltan son signos de sus cuerpos
rotos, degastados por el uso (o los abusos). El desfile tiene un remate
formidable: nada menos que el paso del cuerpo simbólico de la institución que
todos llaman Justicia, cuyos dientes manchados y perdidos, su tintineo, el
lector cree oír sobre los platillos de su balanza más bien sin juicio. De M
sabemos también que es nativa del pueblo de la Avenida2 , donde ha vivido su
infancia, del que se ha ido para completar sus estudios hasta su graduación
universitaria, y al que ahora retorna para representar a Blanca en los trámites
judiciales para retirar de la morgue el cuerpo de Domingo, su esposo. Pero
sobre todo sabemos que es “nuevita”, la etiqueta semántica con que la designa
la fiscal a cargo del caso: “‘Nuevita’, dice y sonríe” (16). Es un rótulo de
absoluta importancia porque funda una identidad, para esta narradora, pero
también para los restantes cuatro de esta serie. La única identidad desde la
cual es posible contar los hechos que conforman los cinco relatos de esta
sección. Intentaré ahora mostrar la densidad informativa de ese adjetivo en su
funcionamiento identitario. M responde a lo nuevo por diversos motivos. Es la
“nuevita” por recién hecha: acaba de egresar; por recién llegada: vuelve al
pueblo del que había tomado distancia; por principiante: está dando sus
primeros pasos en la profesión. No le faltan ojos ni dientes, le falta
experiencia y en ello consiste su incompletud. Es la razón por la que puede horrorizarse
ante lo mismo que la “vieja” fiscal enseña indolente, y hasta con deleite:
“Lame cada palabra como un chupetín tirabuzón” (16). Y es el motivo por el que
puede pensar también con espanto en los engaños de la Justicia, esa mujer tan
sin parentesco con la de sus expectativas.
“no puedo quitar la imagen de la ‘justicia’ como una virgen blanca, contaminada de nicotina y sin dentadura” (27)
Trato de decir que la única forma de volver evidente lo rutinizado -lo desigual, lo injusto, lo violento- es introduciendo un factor de novedad a través de los encargados de contar eso que para los demás se ha tornado automático y por ello imperceptible. M también participa de otra forma de lo nuevo: la inocencia, rasgo que ingresa cuando recupera de su memoria los episodios de la infancia vividos con Domingo. Por las evocaciones de la niña M, el lector descubre que esos cuerpos violentados por el filicida, femicida y suicida que es Domingo -a quien le falta un diente, a quien un gallo le picó un ojo y a quien se reconoce como un gran contador de historias de monstruos- no fueron probablemente los únicos, que en cada contacto de la niña M con Domingo el abuso sexual pudo haberse repetido, y que si no sucedió tal vez solo se entienda porque Domingo temía el poder del patrón. Solo el candor de la niña M explica su “amistad” con Domingo ante la desesperación del lector que avanza en la lectura aterrorizado ante la perspectiva de que en el próximo episodio el cuidador del hotel concrete la amenaza que es, y que Blanca confirma, aun sin darse cuenta, con esa frase de escalofrío que cierra el cuento: “Cómo te quería a vos” (27). En muchos sentidos -que trataré de ir explicitando-, “Un domingo cualquiera” cifra su sección e incluso el libro entero. Por caso, la carencia de experiencia vital de M informará también la mirada de los niños y de las niñas que oficiarán de narradores en los cuatro cuentos siguientes. Hay en ellos una actitud inocente ante el mundo -ese que empiezan a descubrir- que les permite asomarse a esos monstruos que los adultos han inventado. La mostración desprejuiciada del otro con el que interactúan por azar o curiosidad o deseo revela los múltiples dispositivos de exclusión con que los sectores dominantes han fracturado ese gran cuerpo social que es el pueblo-ciudad de la Avenida. Lo blanco -o rubio o gringo-, lo puro, lo heterosexual impuesto como norma encuentra en el rumor, con forma de relato mítico, sobre todo los ciclópeos, un medio eficaz para adiestrar a las nuevas generaciones en el reconocimiento y condena de lo que transgrede la regla. Los morochos, los pobres, los de las orillas, los distintos, los incomprendidos son agregados de inmediato a esa caprichosa categoría de lo feo, punto de partida de su monstrificación3 .
“Su cólera podía ser terrible si se lo molestaba. Su malhumor venía de su mal dormir, afirmaban todos. Y su mal dormir se remontaba al nacimiento de su única hija, Nelva. Al menos es lo que decían en el pueblo…” (42)
Estos son los “monstruos” temidos antes que temibles de los que he hablado antes. Para hacer ver la inocencia de los acusados tanto como la escondida violencia de los acusadores, era aconsejable recurrir a unos narradores a medio educar, niños y niñas que han oído la prohibición pero que aún no la comprenden del todo y todavía pueden asomarse a lo prohibido sin huir, aunque tampoco sin desobedecerlo.
“Mi hermano hablaba bien de ella, que Viviana era muy buena, muy gauchita decía que era. […] Yo le pregunté si había hecho la comunión y si era buena alumna” (60)
La segunda parte, “Perros de tribunales”,
concentra sus relatos en el otro monstruo terrible que se enseñorea en el
libro, la Justicia, de cuya deformidad dan señal sus dientes sucios de nicotina
y caídos. Una boca desdentada acaso tendrá dificultades para hablar como se
espera que haga la Justicia, o se ocultará para hablar como hace Blanca:
“Recuerdo cómo cubría su boca para hablar porque le faltaba un canino y porque
tenía el resto de sus dientes manchados” (25). Tampoco podrá morder o morderá
mal, verbo que ingresa al libro por vía de una nominalización resonante, en
especial por los usos comunitarios del término: “mordida” (81), cuya polisemia
sugiere por un lado el acto de morder o mordedura. Si se intentara cargar sobre
el significante mordedura una connotación de épica justiciera, de apresamiento
de los malos, como queda insinuado en “Justicia perra”, cuando un perro de
tribunales, uno híbrido y tuerto, traba su mandíbula en el pie de un juez
corrupto y pone a funcionar de pura casualidad una justicia perezosa, no sería
sino un afán absurdo por razones diversas. Primero, porque el supuesto acto
heroico del perro no pasó de ser un episodio involuntario y accidental,
resultado de una escena cuasi circense, indigna de un acto de la Justicia.
Segundo, porque el que la ejecuta es un actor ajeno al sistema, y… un animal,
que acaba muerto y sus compañeros de jauría expulsados del palacio. Y tercero,
porque la reacción que provoca en la Justicia es solo para la galería. La
segunda orientación de “mordida” es contundente en el señalamiento de que, ahí,
en el palacio de Justicia, la actividad delictual menos que perseguida es
amparada. Como se sabe, una de las acepciones muy extendidas en América Latina
es la de “fruto de cohechos y sobornos”. El texto activa esta segunda
interpretación porque, pudiendo elegir mordedura, prefiere mordida y lo refuerza
entrecomillando la palabra.
“Las imágenes alcanzaron repercusión nacional. La justicia provincial estaba siendo ridiculizada en los medios de comunicación. Los miembros del Superior Tribunal trabajaron sin descanso instruyendo sumarios administrativos, algunos abogados y políticos aprovecharon la ‘mordida’ para hacer denuncias que jamás se habían animado a hacer antes. Entre las acusaciones cruzadas solo había una pregunta en que coincidían ¿por qué estos perros de la calle andaban como dueños de casa en el edificio de tribunales?” (81)
De forma que el significante mordida anuda las bocas de la Justicia y las bocas de los perros abandonados que habitan su palacio. Justicia y perros de tribunales son dos componentes fuertes de este segundo conjunto de cuentos, cuyas funciones intentaré describir mediante la elucidación de los procedimientos narrativos que Rafael decide emplear en ellos. He sostenido que, para poder mostrar ese universo de violencia naturalizada que es el pueblo de la Avenida, convenía la inserción de una mirada ajena, capaz de desautomatizar lo rutinario. Mejor que hacer ingresar un forastero -aunque muy parcialmente la M adulta lo es-, Rafael prefiere utilizar la visión de los niños y niñas narradores de los cinco primeros cuentos. Su candor -aunque relativo- bloquea el miedo y pueden acercarse a los monstruos que sus padres les enseñan. Es ese acercamiento el que descubre el proyecto de las élites de modelar el cuerpo social mediante la exclusión del otro al que después de señalarlo como feo, lo convierten en monstruos protagonistas de sus mitos. El extrañamiento que aportan los narradores pone en tensión la percepción dominante y desoculta para el lector la real monstruosidad. Los narradores niños de “Avenida” son sustituidos por narradores adultos en “Perros de tribunales”. Sin embargo, el artificio de la incompletud con que Rafael construye a los primeros permanece en los segundos. Los narradores de “Perros de tribunales” lejos están de la inexperiencia vital de aquellos niños: cuentan desde una mirada perfectamente avisada. Pero están obligados a contar hechos laterales que cubran la ausencia del gran hecho que se espera acontezca en un tribunal: el acto de justicia. Si en “Avenida” el lector encuentra el relato minucioso de un cuerpo social mutilado por la violencia, en “Perros…” hallará el relato de lo minucioso de otro cuerpo también roto, que es el de la Justicia ausente. La omnipresencia de los perros -como personajes, como narradores, como tema- completa aquel vacío narrativo4 . Los narradores de “Perros de tribunales” están forzados a contar solo fábulas incompletas. Abundan en la presentación de acciones de relleno y difieren a perpetuidad la enunciación de un hecho verdaderamente transformador. Las catálisis barthesianas, se sabe, son incapaces de conformar la historia que, en los relatos, cambia el estado de cosas en que viven los personajes. Del mismo modo que el deambular de los perros no puede modificar -con justicia- la situación de los justiciables mencionados en los cuentos, también ellos abandonados como aquellos. La imposibilidad de decir el núcleo, el hecho principal, mutila los relatos y produce un efecto de inmovilidad: la sensación de que no pasa nada, porque lo esperable jamás sucede.
Isabel se hizo grande, el padre de Isabel murió, el abogado Carrizo Duarte también y los usurpadores seguían en el campo de Ahí Veremos (73).
Ya he citado que el único momento en que la Justicia se pone en movimiento lo hace porque se conjuntan una serie de circunstancias azarosas, casi risibles incluso, en “Justicia perra”. Pero el acto de Justicia, que debería ser lo diario en tribunales, constituye un acontecimiento de excepción, resultado de la casualidad, gesto pusilánime para conformar a otro con poder mayor. En ese mundo de ficción que monta “Perros de tribunales”, la regla de la Justicia parece ser la inacción -o acaso la “mordida”- que es un modo atroz de negarse. La táctica narrativa consiste en multiplicar las catálisis que es un modo de subrayar, por ausencia, el núcleo. Los narradores invitan a mirar el errar de los perros mientras se espera que la Justicia llegue: “Nos desalojaron, así, sin querer ni darnos cuenta, una combinación posible en ese mundo judicializado” (67). La monstrificación de la Justicia arranca en el discurso de la primera narradora. En las ideaciones de M, muy a tono con los rituales del pueblo de la Avenida, el desencanto con la institución se manifiesta en su percepción de la fealdad de la otrora “virgen blanca”. Los cinco cuentos finales completan el proceso detallando los atributos del monstruo. Diría que este monstruo tiene una de las cualidades más temidas por el humano contemporáneo: su actuación no se ajusta a ninguna lógica racional y previsible, sino que por el contrario es enteramente fortuita, y por lo tanto puede y logra arrojar a quienes esperan justicia, al nauseabundo estado de la incertidumbre, de la espera absurda que enloquece, de la angustia por el no saber -no saber, por ejemplo, por qué en sus estrados no triunfan quienes prueban sus derechos. De Perros de tribunales, parece que solo es posible salir con una aserción: la imposibilidad de acercarse a la Justicia -monstruo inaccesible- sin experimentar el miedo de las peores pesadillas a ser devorado por su boca, ya que no dentada, cavernosa y maloliente.
1 Es cierto que la palabra incompletud no tiene registro en diccionarios oficiales, pero también es cierto que la podemos inventar.
4 Para abreviar estas notas, dejo en suspenso otras posibilidades interpretativas relativas a la presencia de los perros tribunalicios.
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