¡El libro ha muerto, viva el libro!

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Martes, 15 de Junio del 2021

¡El libro ha muerto, viva el libro!

Desde 1908, cada 15 de junio se celebra en la Argentina el Día del Libro. Para celebrara este día, Félix Demasi nos propone en este texto un viaje por  este objeto mágico. 


¡El Libro ha Muerto, Viva el Libro!

He nacido en un tiempo donde el libro era un objeto central en la vida de las personas. Algunas casas tenían bibliotecas con hermosos ejemplares forrados en cuero y letras doradas. Recuerdo que en la casa de mi tía Mónica, el libro estaba en el lugar más importante, donde se recibía a los invitados y lo que enorgullecía era la biblioteca. Allí estaban los libros, en el lugar que hoy tiene un Smart tv, de 56 pulgadas, curvo, ultra HD con puertos USB 3.0 y HDMI. Distintas voces han anunciado con bombos y platillos la muerte del libro. La muerte de ese objeto, que ha sido el transmisor de la cultura de la humanidad desde hace más de 5000 años. Ese que desde el papiro ha preservado y difundido los saberes de la humanidad. Cuanta pena nos despierta saber que hay algunos libros que no se consiguen más. Que a nadie le interesa publicar porque no están de moda o no se venden masivamente. Pienso en nuestros escritores y la imposibilidad de leerlos. Y no digo Canal Feijoo, ni Di Lullo, ni Jorge W. Ábalos que han tenido una tirada recientemente y están en los anaqueles de las bibliotecas populares. Pienso en los y las ausentes como la poesía de Quainelle y de Rava, en don Andrónico y en Irurzun y otros tantos que ya no están y que los hemos perdido para siempre, diríamos.

Tal vez una biblioteca guarde esos tesoros con forma de libro. Porque los tesoros también pueden ser libros.  Cuando Umberto Eco en su novela, La misteriosa llama de la Reina Loana, cuenta la historia de los libros de su infancia, elige para ello a un librero de anticuario, con el ojo entrenado para saber, cuándo ve un libro, no solo su precio sino el valor que atesora. Un libro no vale por su portada, bien lo sabemos, ni por su formato en tapas duras o por sus hojas laminadas. Vale por lo que encierra entre sus páginas. Porque el esfuerzo, el empeño y los sueños reservados en sus páginas están allí aguardando a la persona indicada. 

Cuentan que cuando Dostoievski se encontraba en Siberia, preso por conspirar junto a un grupo de intelectuales de izquierda contra el Zar, enviaba cartas a su familia donde les pedía, envíen libros, libros para que mi alma no muera. El libro le daba la esperanza que la falta de alimento y el frio le quitaban. Los gobiernos autoritarios de todas las épocas reaccionaron contra los libros prohibiéndolos y los mandaban a destruir por obscenos, contestatarios, pecaminosos, inmorales y un largo etc de razones que solo escondían una: el miedo a que se difundan las ideas que tienen los que no piensan como él que manda. Y claro pues el libro es un agente de transformación social y cultural y por lo tanto una amenaza para cualquier régimen despótico. Muchas familias en los setenta tendrán una anécdota para contar sobre los miedos que pasaron por tener determinados libros. La lista de libros prohibidos fue engrosada con los textos de Cortázar, Proust, Neruda, Borneman, Saint-Exupery, García Márquez, Galeano, Hernandez Arregui, Freire, Puigross entre otros. Cuentan que, en nuestros pagos, las presas políticas en dictadura, esperaban a los familiares que traían libros a la visita del domingo mientras ellas escribían historias en papelitos que enrollaban para hacerlos circular escondidos, con serio riesgo para su seguridad, sin duda aquellas historias hacían que valga correrlo.

Por ventura, todavía hay personas como Alberto Tasso que no solo los escribe, también los edita y publica hace más de 20 años en Barco Edita. Me tiento a pensar que en los sueños de Alberto cada recuerdo está en un libro, cada ser querido es autor/a y sus historias cuentan la dicha de vivir, siempre que sea entre libros. Hace unos años trabaja para que podamos acceder a ellos de manera sencilla y accesible y por eso ha fundado una biblioteca: la “Amalio Olmos Castro”, en su casa del Barrio Jardín, allí en la calle Los Fresnos y ud puede visitarla. También su amigo, el poeta Jorge Rosenberg, ha venido, como tantos, publicando a pulmón sus Zocos de la Buri Buri que nacieron casi azarosamente y han puesto al autor en la historia de la literatura santiagueña. Los Zocos ya van por el número VI y tienen una antología en Edunse, la celebrada editorial de nuestra Universidad Nacional. Esa generación cuenta también con otros defensores del libro como Julio Carreras, Hilda Juárez de Paz, Vitu Barraza o Antonio Castiglione que trabajan a pulmón para sostener sus publicaciones regulares en papel.

Federico García Lorca, pronunció un discurso al inaugurar la biblioteca de su pueblo natal, alli contó cómo los árabes al vencer a los chinos en Corea, llevaron prisioneros a muchos que tenían por oficio hacer papel para que les enseñaran a preparar el papel en Samarkanda, sultanato gobernado por el Harum Al-Rachid -el prodigioso personaje que puebla las Mil y una Noches, que se hacía llamar “la sombra de Alá en la tierra”- y que llevo a la dinastía Abasí a un renacimiento cultural y el libro fue el canal más importante para ello. El califa ordenó la realización de traducciones de textos griegos, persas y sirios alcanzándose en esta época grandes avances en las ciencias, en la industria y en el comercio. Sin los libros esto hubiese sido imposible.

Recuerdo la impresión de asombro que me causó ver la biblioteca de Juan Carlos Rímini, padre de mis amigos, lector exquisito y de una memoria prodigiosa. El Negro, como lo conocían, fue un hombre curioso. Formado como abogado, siempre buscó más allá de los estrechos límites del derecho. Pasaba las tardes en su biblioteca, disfrutando de la sola actividad de leer. Alguna vez me contó Lúcas, su hijo, que no manejaba para poder caminar y así ganar tiempo de lectura. Pasaba regularmente por Hiperión, Vizozo y Dimensión para estar al tanto de lo que llegaba. Era capaz de hacer viajes a Buenos Aires solo para comprar libros que no conseguía en Santiago ni Tucumán. En nuestra provincia podríamos hacer del día de su nacimiento una celebración: “el día del lector/a santiagueño/a”.

En “El infinito en un junco” Irene Vallejo nos relata la historia de la invención de los libros y de cómo los griegos llevaron su impronta cosmopolita al Asia Menor y al África convirtiendo a Alejandría en una ciudad sin igual, donde nació la primera Biblioteca y donde los primeros amantes de los libros liberaron las batallas por lograr que el conocimiento, que en principio estaba reservado a unos pocos, logrará mediante el papel, una masividad imparable que hoy celebramos y defendemos contra los avances de los formatos digitales que aún no han podido con él.

Nuestras bibliotecas populares, cerca de 3000 según Conabip, nuestras tasas de analfabetismo, 2% de nuestra población, dan cuenta de cuanto hemos ganado en este sentido y de los que nos falta. El libro ha ayudado a hacerlo posible. Es por eso que hoy celebramos su día y con él celebramos a todos los que hacen que siga siendo el objeto transmisor del saber por excelencia.

 



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