El resto es historia: Peronismo, un inclasificable que retorna

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Miércoles, 21 de Octubre del 2020

El resto es historia: Peronismo, un inclasificable que retorna

  Importantes estudiosos han afirmado que la política argentina “presume de inclasificable”[1] y que, entre los capítulos de su historia, el peronismo ha sido uno de los más enigmáticos. De arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, democrático, autoritario y/o revolucionario, el peronismo ha funcionado casi como el nombre de, al menos, una fibra sensible y aparentemente vertebral en la sociedad argentina. Desde diferentes disciplinas y dimensiones de análisis, el peronismo ha sido materia de la historia, la sociología, la economía, pero aún y más recientemente, de la literatura, de los estudios culturales, de la antropología y el psicoanálisis, entre otros discursos. Sin embargo a pesar de lo exhaustivo de su estudio, los diagnósticos sobre el peronismo rondan todavía sobre un cuerpo sintomático, extraño y difícil de clasificar en los capítulos de la historia política argentina. Es por ello, que el peronismo más que hablarnos como un hecho del pasado, lo hace desde su insistencia e incidencia actual para entender el presente.

Ahora bien, si como afirman Acha y Quiroga en El hecho maldito, el peronismo “concentraba un aliento patológico”, quizás ello no se deba tanto a alguna peculiaridad enigmática o metafísica de su naturaleza política sino, en cambio, a su capacidad de “activar” y movilizar ciertos sectores sociales: “los grasas y las putas, los obreros y las empleadas domésticas”[2]. A éstas figuras sociológicas y antropológicas, es posible añadir la del “migrante interno” y la del “cabecita negra” que fueron ambos, como afirma Germani, “sinónimo de peronista”[3]. Se suma a esta serie también la del "villero" como señaló Hugo Ratier en su paradigmático trabajo El cabecita negra[4].  Extraña cadena asociativa entre tipos sociales cuyas procedencias temporo espaciales difieren unas de otras: mientras la del migrante refiere al traslado de los provincianos a los centros industriales y de mayor desarrollo, la de cabecitas remite a los pobladores mestizos y negros de territorios rurales en los albores del proceso de constitución nacional, mientras que los villeros alude a aquellos habitantes de asentamientos marginales de los grandes conglomerados urbanos.

Entonces ¿qué clase de hilo une a cada uno de estos nombres y figuras entre sí? ¿y a cada una con el peronismo? ¿qué condensan o deslizan sus significaciones?

Es posible afirmar que si por un lado aquello que guardan en común pareciera referir a su aspecto miserable y a la ubicación marginal que guardan en un sistema o estructura social, por otro, es justamente ese rasgo despreciado lo que le otorga protagonismo y centralidad en el análisis de la experiencia peronista. Elementos residuales de una Argentina en transición, diría el padre de la sociología argentina, Gino Germani[5]. O bien, como ha logrado narrarlo, de manera fantástica, la literatura de Cortázar, se tratan de figuras que asemejan a un “Bestiario”, a una ruidosa “Banda de alpargatas” que de pronto se aparecen en la escena principal del teatro argentino.

Frente a ello, nos encontramos con un hecho que se niega a ser definido de manera unívoca y uniforme. El peronismo no remite a una experiencia relativa, únicamente, al campo de bello, de lo armonioso y agradable. Tampoco de sus contrarios: lo feo, lo sucio, lo malo. En su vivencia hay algo más. Tanto para quienes fueron sus detractores como para sus fervientes seguidores y fanáticos, las pasiones despertadas por su contenido ideológico, sus símbolos y afectos, adquieren una consistencia que merece ser repensada. No sólo en lo que tiene de intensidad sino también de persistencia identitaria en la historia política argentina.

Si la sintomatología del peronismo lo vuelve un cuerpo extraño e inclasificable en los manuales de teoría política, tal vez exija la composición de figuras inéditas y sobretodo incómodas. Más aún para las cuadrículas  universitarias y los binomios que recorren ciertos estrechos pasillos disciplinares[6]. Ahora bien, ¿qué tipo de lenguaje es capaz de abordar el peronismo y estas figuras abyectas que no sea para restarle dignidad sino para devolvérselo?

La autora de este escrito quisiera proponer aquí dos hipótesis a modo de apuestas para el abordaje, tratamiento o trabajo con el peronismo: la primera es que aquellos elementos residuales adquieren un valor político privilegiado en la experiencia peronista que lo distingue de otros modos de construir políticamente un orden comunitario. La segunda hipótesis, es que justamente por lo anterior, ha sido el arte el terreno privilegiado para narrar y abordar el peronismo antes que cualquier usina de pensamiento académico.

Quizás por ello, y como ha sido señalado ya por una serie de trabajos[7], quienes mejor han podido transmitir que es eso del peronismo, hayan sido aquellos lenguajes artísticos capaces de estetizar su aspecto despreciado y repulsivo. Julio Cortázar, “Bustos Domeq”[8], entre los ya póstumos, Daniel Santoro, María Moreno, Alejandro Dolina y “Peter Capusotto”[9], entre los más contemporáneos, han potenciado, desde su trabajo artístico, los  modos de narrar y hacer inteligible el peronismo sirviéndose para ello de este aspecto "grasa" y miserable y sus costados más enigmáticos como siniestros. Desde sus diferentes estéticas se dilucida asimismo una ética de trabajo con aquello "maldito" del hecho del país burgués.

Para ilustrar un poco estas presunciones quisiera detenerme fugazmente en algunas reflexiones del artista plástico Daniel Santoro. No tanto para asomarnos a un análisis de su obra como para auscultar más bien su concepción respecto del hecho maldito: esto es, de qué manera este fenómeno político es pensado desde la posición del artista y, a la inversa, cómo su mirada artística reinterviene sobre el modo de abordar el peronismo. En particular, y como venimos trazando desde las preguntas iniciales que guían este escrito, interesa atender qué lugar y valor reciben en la concepción de Santoro las figuras abyectas, residuales, aquellas piezas sueltas del sistema que suelen ser vistas como aquello que mancha y "ensucia" la dinámica política argentina. Al respecto dice el artista,

             “En el peronismo no podés trazar límites, el peronismo es de arena, en dos minutos se te va todo a la mierda. Tenés que juntar a todo, a los peores… Generalmente al peronismo se van todos los peores, no los mejores. (…) El peronismo es mierda, está lleno de mierda. Entonces, claro, tenés que conducir ahí y siempre se te pega la mierda. (…) Me sale una cosa que dice el Tata Cedrón: ‘soy peronista, no pude ser mejor’”[10].

 

Como señala Santoro, el peronismo reúne a los peores, y allí se contamina e inmiscuye de sustancias desagradables, se compone con lo defecado. Pues como los desechos del propio cuerpo humano, todo sistema vivo (sea éste orgánico o social) genera sus propios residuos, aquello que expulsa por considerarlo inútil e improductivo. Por el contrario, es con éstos que el peronismo se edifica. El peronismo, a contrapelo de una logica de la purificación, hace ingresar aquellos elementos derrochados por ser considerados inservibles desde ciertas visiones importadas de la política.

Se trata de una lógica, en definitiva, que no se sirve de los tipos “puros” que filtra las impurezas y las excluye para hacer de ellas un partido “con los mejores”. Se trata en cambio de cómo se lidia con aquellas impurezas y miserias que heterogenizan el orden comunitario produciendo una novedad, algo inedito en el circuito de la economía material y, asimismo, libidinal del la sociedad.

Desde este coordenadas se desprende también su estrategia y horizonte político. Si el peronismo "combate al capital", no lo hace desde la lucha de clases, sino a partir de re-introducir entre las relaciones de trabajo y las de producción aquellos elementos que perturban la maximizacion  de ganancias produciendo gasto y pérdida. Pieza expulsada de un engranaje que, por el contrario, el peronismo redefine como un rasgo diferencial, a dignificar y privilegiar por sobre otros.

 

             “Yo formaba parte de la banda de chicos que jugábamos en el patio de la iglesia. Él [el cura] era de izquierda y rápidamente nos organiza socialmente a todos, nos hace entrar en la militancia social en las villas. En general todo el barrio era peronista. Y el cura traía canciones de la Guerra Civil tan de moda en ese momento. La más conocida era la del tomate. “Qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata”. (…) , y después al final, cuando dice: “quiera el dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda mierda”. Pero lo más grave era lo otro, el menú propuesto en la canción. Primero, el peronismo nunca le hace comer mierda a nadie, no hay lucha de clases. Pero lo gravísimo es el menú de los pobres: pan. El PC sí tiene esa cosa del sacrificio, que tenés que luchar por el pan, el peronismo no. La revolución peronista no es una revolución de sacrificio…”[11]

 

Es decir, aquello que para las izquierdas constituye el punto crucial de un antagonismo entre clases, para el peronismo se trata de reunirlos de manera articulada, a partir de una lógica no maximizadora de ganancias sino, en cambio, generadora de un resto improductivo que se enaltece, se dignifica, se vanagloria como horizonte de bienestar: se trata de un concepto de dignidad que valora el tiempo del descanso, de las vacaciones pagas, de las fiestas con sus “sidras y pan dulces”. En el peronismo el pan y la miseria no resultan un techo en el horizonte de la demanda política.

Negrxs, putxs, migrantes, cabecitas, villerxs, se muestran como efectos residuales de un proceso más amplio del que van quedando rezagados, periféricos, marginados. Es decir, como aquello que el sistema económico y laboral no logra reabsorber bajo su forma asalariada, y que comienza a mostrarse como elementos sobrantes, en exceso, en el orden social. Figura social improductiva o inútil cuyo gasto no engarza en los engranajes del sistema económico-racional, en cambio, derrocha, no ahorra, utiliza de manera irracional el dinero, genera pérdidas. Con la llegada del peronismo, además, empieza a presentarse integrado a diferentes espacios de la vida social, cultural y política antes reservada para algunos selectos. ¿Será, como afirma el escritor Carlos Godoy que, “Un peronista es peronista si, y solo sí, premia lo miserable?”?[12]

El lenguaje artístico, nos remite a meter “las patas en la fuente” para recorrer aquellos modos de trabajar con figuras sucias, miserables, inútiles, que, desde los discursos cientificistas operan como obstáculo para el análisis. Ello en la medida en que se trata de estéticas que admitan las paradojas y contradicciones, la convivencia de lo múltiple y los opuestos, de los terceros excluidos, cual lenguaje de los sueños, de la mística, la religión[13]. Significa tomar lo abyecto, lo negativizado o excluido del análisis para ejercer un nuevo reparto de lo sensible, un reparto diferente con los restos malditos de la historia. Punto de contacto en el cual, la historia y la política se encuentran con la estética y la ética del arte creando un nuevo lenguaje, singular, que otorgue a aquellos restos un valor otrx, diametralmente distinto, reparador. Este "nuevo" lenguaje es el que parió, hace ya 75 años, aquel inolvidable 17 de octubre.

 

 



[1] D. Macor y C. Tcach, “El enigma peronista”, La invención del peronismo en el interior del país, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2003, pág. 5.

[2] El destacado nos pertenece.

[3] Tal como lo destaca el trabajo de Germani, esta figura ha sido mirada como un actor social que, desde el inicio, brindó al peronismo su apoyo e impronta, los rasgos de su carácter mestizo, tradicional, recién llegado, que asemejaba al de los viejos caudillos federales. G. Germani, “El surgimiento del peronismo: el rol de los obreros y de los migrantes internos”, en Revista Desarrollo Económico, Vol. 13, n°51, 1973, p. 466. El debate sobre el papel del “migrante interno” en el surgimiento del peronismo fue iniciado por Germani y sucedido por otros interesantes trabajos que discutían sus hipótesis. Al respecto, se recomienda T. Halperín Donghi, “Algunas observaciones sobre Germani, el surgimiento del peronismo y los migrantes internos”. Desarrollo Económico vol. 56, n° 14, 1975, pp. 765-781. Asimismo, la relación entre “cabecita negra” y “peronista” se estableció aún sin tener referencia empírica en los discursos del propio Juan Domingo Perón, quien jamás utilizó la primera referencia para aludir a los obreros y “descamisados”, como ha sido señalado en el trabajo de D. James. “Los orígenes del peronismo y la tarea del historiador”, en Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda, Tomo II, N° 3, pág. 141. Al respecto otros trabajos sumamente interesantes en esta línea: R. Guber, “’El Cabecita Negra’ o las categorías de la investigación etnográfica en la Argentina”, en Revista de Investigaciones Folclóricas, vol. 14, 1999, pp. 108-120; También puede consultarse, N. Milanesio, “Peronists and Cabecitas: Stereotypes and Anxieties at the Peak of Social Change” en M. Karush y O. Chamosa, The New Cultural History of Peronism: Power and Identity in Mid-Twentieth Century Argentina, Durham, Duke University Press, 2010, pp. 53-79.

[4] H. Ratier, El Cabecita Negra, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971.

[5] G. Germani, Política y Sociedad en una época en transición. Buenos Aires, Paidós, 1956.

[6]  O. Acha y M. Vallejo, “Introducción: filosofía, psicoanálisis, historiografía” en Inconsciente e historia después de Freud, Buenos Aires, Prometeo, 2009, pág. 9.

[7] Carlos Gamerro, 2007; Pablo Alabarces, 2011.

[8] Pseudónimo bajo el que escribieron durante un tiempo Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.

[9] Personaje del producto audiovisual “Peter Capusotto y sus videos” realizado por Diego Capusotto y Pedro Saborido.

[10] D. Santoro, “En el peronismo no podés trazar límites, el peronismo es de arena”, disponible en: https://revistazoom.com.ar/daniel-santoro-en-el-peronismo-no-podes-trazar-limites-el-peronismo-es-de-arena/

[11] D. Santoro, “En el peronismo no podés trazar límites…”, op. cit.

[12] C. Godoy, Escolástica Peronistra Ilustrada, datos

[13] Siguiendo a Groppo, “La exclusión de los elementos heterogéneos del campo de la conciencia homogénea es equivalente al mecanismo de censura de elementos inconscientes. El inconsciente es lo heterogéneo de la conciencia y es precisamente en su análisis de los sueños que Freud presenta un modo de relación específico y una estructura (de condensación y desplazamiento) en ambos niveles. Para Bataille es en los sueños y en el pensamiento místico donde encontramos el lenguaje específico de lo heterogéneo. En ambos campos hay un elemento que organiza tdo el sistema de lo heterogéneo y es el de la afectividad como opuesto a la abstracción y neutralidad propia del campo ordenado de lo homogéneo científicamente calculable y de la síntesis de la razón”. A. Groppo, “Heterogeneidad y Política en Bataille y Laclau”, op. cit. pág. 62.



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