El resto es historia: Peronismo, un inclasificable que retorna
Importantes estudiosos han afirmado que la política argentina “presume de inclasificable”[1] y que, entre los capítulos de su historia, el peronismo ha sido uno de los más enigmáticos. De arriba hacia abajo, de izquierda a derecha, democrático, autoritario y/o revolucionario, el peronismo ha funcionado casi como el nombre de, al menos, una fibra sensible y aparentemente vertebral en la sociedad argentina. Desde diferentes disciplinas y dimensiones de análisis, el peronismo ha sido materia de la historia, la sociología, la economía, pero aún y más recientemente, de la literatura, de los estudios culturales, de la antropología y el psicoanálisis, entre otros discursos. Sin embargo a pesar de lo exhaustivo de su estudio, los diagnósticos sobre el peronismo rondan todavía sobre un cuerpo sintomático, extraño y difícil de clasificar en los capítulos de la historia política argentina. Es por ello, que el peronismo más que hablarnos como un hecho del pasado, lo hace desde su insistencia e incidencia actual para entender el presente.
Ahora bien, si como afirman Acha y Quiroga en El hecho maldito, el peronismo “concentraba un aliento patológico”,
quizás ello no se deba tanto a alguna peculiaridad enigmática o metafísica de
su naturaleza política sino, en cambio, a su capacidad de “activar” y movilizar
ciertos sectores sociales: “los grasas y
las putas, los obreros y las empleadas domésticas”[2].
A éstas figuras sociológicas y antropológicas, es posible añadir la del
“migrante interno” y la del “cabecita negra” que fueron ambos, como afirma
Germani, “sinónimo de peronista”[3].
Se suma a esta serie también la del "villero" como señaló Hugo Ratier
en su paradigmático trabajo El cabecita
negra[4]. Extraña cadena asociativa entre tipos
sociales cuyas procedencias temporo espaciales difieren unas de otras: mientras
la del migrante refiere al traslado de los provincianos a los centros
industriales y de mayor desarrollo, la de cabecitas remite a los pobladores
mestizos y negros de territorios rurales en los albores del proceso de
constitución nacional, mientras que los villeros alude a aquellos habitantes de
asentamientos marginales de los grandes conglomerados urbanos.
Entonces ¿qué
clase de hilo une a cada uno de estos nombres y figuras entre sí? ¿y a cada una
con el peronismo? ¿qué condensan o deslizan sus significaciones?
Es posible
afirmar que si por un lado aquello que guardan en común pareciera referir a su
aspecto miserable y a la ubicación marginal que guardan en un sistema o
estructura social, por otro, es justamente ese rasgo despreciado lo que le
otorga protagonismo y centralidad en el análisis de la experiencia peronista.
Elementos residuales de una Argentina
en transición, diría el padre de la sociología argentina, Gino Germani[5].
O bien, como ha logrado narrarlo, de manera fantástica, la literatura de
Cortázar, se tratan de figuras que asemejan a un “Bestiario”, a una ruidosa
“Banda de alpargatas” que de pronto se aparecen en la escena principal del
teatro argentino.
Frente a ello,
nos encontramos con un hecho que se niega a ser definido de manera unívoca y
uniforme. El peronismo no remite a una experiencia relativa, únicamente, al
campo de bello, de lo armonioso y agradable. Tampoco de sus contrarios: lo feo,
lo sucio, lo malo. En su vivencia hay algo
más. Tanto para quienes fueron sus detractores como para sus fervientes
seguidores y fanáticos, las pasiones despertadas por su contenido ideológico,
sus símbolos y afectos, adquieren una consistencia que merece ser repensada. No
sólo en lo que tiene de intensidad sino también de persistencia identitaria en
la historia política argentina.
Si la
sintomatología del peronismo lo vuelve un cuerpo extraño e inclasificable en
los manuales de teoría política, tal vez exija la composición de figuras
inéditas y sobretodo incómodas. Más aún para las cuadrículas universitarias y los binomios que recorren
ciertos estrechos pasillos disciplinares[6].
Ahora bien, ¿qué tipo de lenguaje es capaz de abordar el peronismo y estas
figuras abyectas que no sea para restarle dignidad sino para devolvérselo?
La autora de
este escrito quisiera proponer aquí dos hipótesis a modo de apuestas para el
abordaje, tratamiento o trabajo con el peronismo: la primera es que aquellos
elementos residuales adquieren un valor político privilegiado en la experiencia
peronista que lo distingue de otros modos de construir políticamente un orden
comunitario. La segunda hipótesis, es que justamente por lo anterior, ha sido
el arte el terreno privilegiado para narrar y abordar el peronismo antes que
cualquier usina de pensamiento académico.
Quizás por
ello, y como ha sido señalado ya por una serie de trabajos[7], quienes
mejor han podido transmitir que es eso
del peronismo, hayan sido aquellos lenguajes artísticos capaces de
estetizar su aspecto despreciado y repulsivo. Julio Cortázar, “Bustos Domeq”[8],
entre los ya póstumos, Daniel Santoro, María Moreno, Alejandro Dolina y “Peter
Capusotto”[9],
entre los más contemporáneos, han potenciado, desde su trabajo artístico,
los modos de narrar y hacer inteligible
el peronismo sirviéndose para ello de este aspecto "grasa" y
miserable y sus costados más enigmáticos como siniestros. Desde sus diferentes
estéticas se dilucida asimismo una ética de trabajo con aquello
"maldito" del hecho del país burgués.
Para ilustrar
un poco estas presunciones quisiera detenerme fugazmente en algunas reflexiones
del artista plástico Daniel Santoro. No tanto para asomarnos a un análisis de
su obra como para auscultar más bien su concepción respecto del hecho maldito:
esto es, de qué manera este fenómeno político es pensado desde la posición del
artista y, a la inversa, cómo su mirada artística reinterviene sobre el modo de
abordar el peronismo. En particular, y como venimos trazando desde las
preguntas iniciales que guían este escrito, interesa atender qué lugar y valor
reciben en la concepción de Santoro las figuras abyectas, residuales, aquellas
piezas sueltas del sistema que suelen ser vistas como aquello que mancha y
"ensucia" la dinámica política argentina. Al respecto dice el
artista,
“En el peronismo no
podés trazar límites, el peronismo es de arena, en dos minutos se te va todo a
la mierda. Tenés que juntar a todo, a los peores… Generalmente al peronismo se
van todos los peores, no los mejores. (…) El peronismo es mierda, está lleno de
mierda. Entonces, claro, tenés que conducir ahí y siempre se te pega la mierda.
(…) Me sale una cosa que dice el Tata Cedrón: ‘soy peronista, no pude ser
mejor’”[10].
Como señala
Santoro, el peronismo reúne a los peores, y allí se contamina e inmiscuye de
sustancias desagradables, se compone con lo defecado. Pues como los desechos
del propio cuerpo humano, todo sistema vivo (sea éste orgánico o social) genera
sus propios residuos, aquello que expulsa por considerarlo inútil e
improductivo. Por el contrario, es con éstos que el peronismo se edifica. El
peronismo, a contrapelo de una logica de la purificación, hace ingresar
aquellos elementos derrochados por ser considerados inservibles desde ciertas
visiones importadas de la política.
Se trata de una
lógica, en definitiva, que no se sirve de los tipos “puros” que filtra las
impurezas y las excluye para hacer de ellas un partido “con los mejores”. Se
trata en cambio de cómo se lidia con aquellas impurezas y miserias que
heterogenizan el orden comunitario produciendo una novedad, algo inedito en el circuito
de la economía material y, asimismo, libidinal del la sociedad.
Desde este
coordenadas se desprende también su estrategia y horizonte político. Si el
peronismo "combate al capital", no lo hace desde la lucha de clases,
sino a partir de re-introducir entre las relaciones de trabajo y las de
producción aquellos elementos que perturban la maximizacion de ganancias produciendo gasto y pérdida.
Pieza expulsada de un engranaje que, por el contrario, el peronismo redefine
como un rasgo diferencial, a dignificar y privilegiar por sobre otros.
“Yo formaba parte de la banda de
chicos que jugábamos en el patio de la iglesia. Él [el cura] era de izquierda y
rápidamente nos organiza socialmente a todos, nos hace entrar en la militancia
social en las villas. En general todo el barrio era peronista. Y el cura traía
canciones de la Guerra Civil tan de moda en ese momento. La más conocida era la
del tomate. “Qué culpa tiene el tomate de estar tranquilo en la mata”. (…) , y
después al final, cuando dice: “quiera el dios del cielo que la tortilla se
vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda mierda”. Pero lo más grave
era lo otro, el menú propuesto en la canción. Primero, el peronismo nunca le
hace comer mierda a nadie, no hay lucha de clases. Pero lo gravísimo es el menú
de los pobres: pan. El PC sí tiene esa cosa del sacrificio, que tenés que
luchar por el pan, el peronismo no. La revolución peronista no es una
revolución de sacrificio…”[11]
Es decir,
aquello que para las izquierdas constituye el punto crucial de un antagonismo
entre clases, para el peronismo se trata de reunirlos de manera articulada, a
partir de una lógica no maximizadora de ganancias sino, en cambio, generadora
de un resto improductivo que se enaltece, se dignifica, se vanagloria como
horizonte de bienestar: se trata de un concepto de dignidad que valora el
tiempo del descanso, de las vacaciones pagas, de las fiestas con sus “sidras y
pan dulces”. En el peronismo el pan y la miseria no resultan un techo en el
horizonte de la demanda política.
Negrxs, putxs,
migrantes, cabecitas, villerxs, se muestran como efectos residuales de un
proceso más amplio del que van quedando rezagados, periféricos, marginados. Es
decir, como aquello que el sistema económico y laboral no logra reabsorber bajo
su forma asalariada, y que comienza a mostrarse como elementos sobrantes, en exceso, en el orden social. Figura social improductiva o inútil
cuyo gasto no engarza en los engranajes del sistema económico-racional, en
cambio, derrocha, no ahorra, utiliza de manera irracional el dinero, genera
pérdidas. Con la llegada del peronismo, además, empieza a presentarse integrado
a diferentes espacios de la vida social, cultural y política antes reservada
para algunos selectos. ¿Será, como afirma el escritor Carlos Godoy que, “Un
peronista es peronista si, y solo sí, premia lo miserable?”?[12]
El lenguaje
artístico, nos remite a meter “las patas en la fuente” para recorrer aquellos
modos de trabajar con figuras sucias, miserables, inútiles, que, desde los
discursos cientificistas operan como obstáculo para el análisis. Ello en la
medida en que se trata de estéticas que admitan las paradojas y
contradicciones, la convivencia de lo múltiple y los opuestos, de los terceros
excluidos, cual lenguaje de los sueños, de la mística, la religión[13].
Significa tomar lo abyecto, lo negativizado o excluido del análisis para
ejercer un nuevo reparto de lo sensible, un reparto diferente con los restos
malditos de la historia. Punto de contacto en el cual, la historia y la
política se encuentran con la estética y la ética del arte creando un nuevo
lenguaje, singular, que otorgue a aquellos restos un valor otrx, diametralmente
distinto, reparador. Este "nuevo" lenguaje es el que parió, hace ya
75 años, aquel inolvidable 17 de octubre.
[1] D. Macor y C. Tcach, “El enigma peronista”, La invención del peronismo en el interior
del país, Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, 2003, pág. 5.
[2] El destacado nos
pertenece.
[3] Tal como lo destaca el trabajo de
Germani, esta figura ha sido mirada como un actor social que, desde el inicio,
brindó al peronismo su apoyo e impronta, los rasgos de su carácter mestizo,
tradicional, recién llegado, que asemejaba al de los viejos caudillos
federales. G. Germani, “El surgimiento del peronismo: el rol de los obreros y
de los migrantes internos”, en Revista
Desarrollo Económico, Vol. 13, n°51, 1973, p. 466. El debate sobre
el papel del “migrante interno” en el surgimiento del peronismo fue iniciado
por Germani y sucedido por otros interesantes trabajos que discutían sus
hipótesis. Al respecto, se recomienda T. Halperín Donghi, “Algunas observaciones sobre
Germani, el surgimiento del peronismo y los migrantes internos”. Desarrollo Económico vol. 56, n° 14, 1975, pp. 765-781.
Asimismo, la relación entre “cabecita negra” y “peronista” se estableció aún
sin tener referencia empírica en los discursos del propio Juan Domingo Perón,
quien jamás utilizó la primera referencia para aludir a los obreros y
“descamisados”, como ha sido señalado en el trabajo de D. James. “Los orígenes
del peronismo y la tarea del historiador”, en Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda, Tomo II,
N° 3, pág. 141. Al respecto otros trabajos sumamente interesantes en esta
línea: R. Guber, “’El Cabecita Negra’ o las categorías de la investigación
etnográfica en la Argentina”, en Revista
de Investigaciones Folclóricas, vol. 14, 1999, pp. 108-120; También puede
consultarse, N. Milanesio, “Peronists and Cabecitas: Stereotypes and Anxieties
at the Peak of Social Change” en M. Karush y O. Chamosa, The New Cultural History of Peronism: Power and Identity in
Mid-Twentieth Century Argentina, Durham, Duke University Press, 2010, pp.
53-79.
[4] H. Ratier, El Cabecita Negra, Buenos Aires, Centro
Editor de América Latina, 1971.
[5] G. Germani, Política y Sociedad en una época en transición. Buenos Aires,
Paidós, 1956.
[6] O. Acha y M.
Vallejo, “Introducción: filosofía, psicoanálisis, historiografía” en Inconsciente e historia después de Freud, Buenos
Aires, Prometeo, 2009, pág. 9.
[7] Carlos Gamerro, 2007;
Pablo Alabarces, 2011.
[8] Pseudónimo bajo el que
escribieron durante un tiempo Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.
[9] Personaje del producto
audiovisual “Peter Capusotto y sus videos” realizado por Diego Capusotto y
Pedro Saborido.
[10] D. Santoro, “En el peronismo no podés
trazar límites, el peronismo es de arena”, disponible en: https://revistazoom.com.ar/daniel-santoro-en-el-peronismo-no-podes-trazar-limites-el-peronismo-es-de-arena/
[11] D. Santoro, “En el
peronismo no podés trazar límites…”, op. cit.
[12]
C. Godoy, Escolástica Peronistra Ilustrada, datos
[13] Siguiendo a Groppo, “La exclusión de los elementos
heterogéneos del campo de la conciencia homogénea es equivalente al mecanismo
de censura de elementos inconscientes. El inconsciente es lo heterogéneo de la
conciencia y es precisamente en su análisis de los sueños que Freud presenta un
modo de relación específico y una estructura (de condensación y desplazamiento)
en ambos niveles. Para Bataille es en los sueños y en el pensamiento místico
donde encontramos el lenguaje específico de lo heterogéneo. En ambos campos hay
un elemento que organiza tdo el sistema de lo heterogéneo y es el de la afectividad como opuesto a la
abstracción y neutralidad propia del campo ordenado de lo homogéneo
científicamente calculable y de la síntesis de la razón”. A. Groppo, “Heterogeneidad
y Política en Bataille y Laclau”, op. cit. pág. 62.