EL SUEÑO DE LOS MURCIELAGOS

Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Domingo, 16 de Agosto del 2020

EL SUEÑO DE LOS MURCIELAGOS

            “¿Por qué me siento como me siento?” esa es la pregunta que, casi al final de “El sueño de los murciélagos”, la novela de Pablo Ramos, le hace Gabriel, un pibe de doce años, a la bruja Sara, mientras se siente caer en un pozo sin fondo.

            Han pasado ya un par de días desde que todo comenzó. No solo para él sino también para Marisa, su amiga -de la que está enamorado-, y para el resto de sus amigos, un grupo de pibes que nos recuerdan a los de películas como Stand by me o Los Goonies y por qué no, también a los de Stranger Things, que se nutre de las dos anteriores.

            Pero volvamos al comienzo. Corre el año 1980, es el primer fin de semana de las vacaciones de invierno en el Viaducto de Sarandí y el panorama es desolador: están cerrando los locales y las fábricas de la zona. De lo que antes fue prospero como la fábrica de vidrios o la rectificadora ahora solo quedan los despojos que sirven para inspirar terror o dar refugio a las ratas.

En este contexto Gabriel y Marisa se encuentran preocupados. Gabriel teme que el taller de bobinas para autos de su padre se funda ya que empezó a derrumbarse a causa de la importación de bobinas coreanas; Marisa, que su papá pierda su colectivo por sus problemas económicos “Es Lalo – Marisa llamaba a su padre por el nombre- dice que ni loco vende el colectivo, que antes lo prende fuego con él adentro. Dice que les va a prender fuego a todos los colectivos de línea que no sean de dueño propio, y mamá dijo que hace eso lo van a meter en cana…”.
Ambos encuentran una solución en Sara, la bruja del barrio, de la que aprenden un “conjuro de sangre” que consiste en el sacrificio ritual de un murciélago blanco primogénito y pichón sobre la tumba de una persona santa, y que es capaz de resolver los nudos del universo y  mejorar las cuestiones de trabajo. Un acto de fe cuando ya no les queda nada que perder.

Para tamaña empresa necesitarán la ayuda de sus amigos porque como dice Gabriel, nuestro narrador y protagonista, “los amigos siempre tienen que estar juntos, aunque sean de lo más inútiles”. También estará Rolando, ese amigo mayor – tiene más de cincuenta años- e incondicional de Gabriel que trabaja como cuidador en el cementerio y los guiará a través de este hasta la tumba del santo. Pero no solo se encargará de esto, sino que también les servirá de nexo con ese mundo de los adultos que en su inocencia todavía no pueden comprender.

Hay un enunciado que se repite durante la novela y que el grupo de niños no alcanza a vislumbrar del todo pero que encuentra su muestra más clara en la advertencia que les hace la Bruja antes de despedirlos de su casa: “Ah, una cosa más, para todos, especialmente para vos, Rolando. Son épocas oscuras, oscurísimas, no se detengan en la noche a hablar con nadie. Y si se llegaran a encontrar con un camión de soldados en los alrededores del cementerio, hagan como que no lo ven, y métanse rápido adentro. Yo los voy a proteger con mis oraciones”.  
Advertencia de vital importancia ya que, una vez llegados al cementerio, la noche siguiente y mientras se preparan para entrar a este por una puerta lateral, los salvará de ser vistos por el grupo de soldados con ametralladoras que descienden desde un camión volcador. Acompañados por un Falcon destartalado, fuman, se ríen y hablan fuerte antes de entrar por la puerta principal del cementerio.
Ante esta situación Rolando les dirá:
                           “—No le cuenten a nadie lo que vieron, pero tampoco se lo olviden —dijo.

             —¿Qué vimos, Rolando? —pregunté, después me corregí—: ¿Qué vienen a hacer esos acá?

             —Vienen a ocultar la verdad, querube, vienen a lavarse las manos —dijo Rolando con la voz un poco tomada por algo que me pareció tristeza.

             No pregunté nada más”

Una de las imágenes más oscuras de los tiempos en los que les toca crecer.

En el cementerio, Gabriel, quien asumió la responsabilidad del sacrificio, tendrá que atravesar junto a sus amigos tres puertas que dividen en tres sectores el lugar (La de los pibes chorros, la de los deformes y la de los angelitos) antes de llegar a la tumba del santo donde se realizará el sacrificio. Será en cada uno de ellos donde se enfrentará a un tipo de prueba que le enseñará sobre el respeto, la humildad, la importancia de la amistad y la responsabilidad. Como así también a hacerse cargo desde tan chico de que, para salvar el taller de su padre, deberá matar al pichón y lastimar a un ser que nada tiene que ver con todo eso. Superar al corazón de uno y volverlo de roca.
El cementerio será entonces el lugar en donde Gabriel se topará cara a cara con el dolor, un momento bisagra en su vida, ya que implicará la perdida de la inocencia y el abandono del mundo de la infancia.

Gabriel no podrá concluir el ritual. A último momento, cuando ya el animalito ha aceptado su destino de sacrificio, lo libera:

“Fue entonces que lo liberé. Le desaté las patas, lo agarré despacio y lo solté al aire. Yo no estaba seguro de que pudiera volar, tenía la edad esa en la que empiezan pero casi siempre con ayuda de su madre o su padre. Me di cuenta de lo importante que era tener padre y madre, pero también me di cuenta, cuando lo vi volar solo, planear sobre las cabezas de mis amigos que seguían con los ojos cerrados, levantarse más alto que los árboles e irse, de que lo más valioso, además de la vida, es la libertad”

“¿Por qué me siento como me siento?” esa es la pregunta que se hace Gabriel, sentado en los sillones de la Bruja Sara, el día siguiente al del ritual fallido. Está solo, ese fue el compromiso que tomo con ella la ultima vez que la vio: volver a verla para contarle lo sucedido.

Ante la pregunta, la respuesta de Sara será esclarecedora:

“—Las historias a veces no tienen un final feliz —eso dijo, y yo me asusté, pensé lo peor. Pensé en papá, en mamá, en mis amigos—. Pero a veces lo importante es, para algunas historias, que tan solo terminen. Están pasando cosas malas en este país, muy malas, y lamentablemente a tu familia le toca también una parte de toda esa pérdida. Quiero decirte que vos no sos responsable, que esta aventura tuvo un propósito en tu vida: ayudarte a encontrar el camino. Y ahora te voy a decir algo un poco difícil de entender pero que es una de las pocas certezas que me llevo de esta vida. El camino es parte de la meta. No son dos, camino y meta, sino uno, como todo en este mundo… Entonces, más allá de tus sueños de salvar el mundo de todos, más allá de ese chiquito que jugaba y, no te avergüences, todavía juega a ser un superhéroe con superpoderes que salva a la humanidad, está el hombre que vas a ser. Y hoy empieza el camino”

Y Gabriel lo entiende, jura que lo entiende. Sin embargo, seguirá soñando con ser un superhéroe y tener el poder de solucionar los problemas, aunque eso le genere tristeza y un poco de vergüenza admitirlo.

La imagen final es hermosa y poética: Gabriel está trepado al techo de su casa. Es de noche, mira el cielo y respira el aire frio. Mira hacia un costado y ve un murciélago colgado de las patitas. Jura que es el mismo que él liberó en el cementerio. Está quieto, durmiendo. Se pregunta si estará soñando, si estará preocupado por su familia y si el también sueña con ser un superhéroe con superpoderes

“…Pensé que tal vez los murciélagos soñaran con Batman, sonaba lógico. Batman, el murciélago más fuerte y justiciero que se convertía en hombre para salvar al planeta de la maldad. Eso, para que dejaran de existir el dolor y la maldad. Para que no hubiera más gente pobre donde hay tanta riqueza, ni tanto dolor y miedo en medio de lo que debería ser tan solo felicidad. Para que todos estemos bien de una vez y para siempre. Y otra vez empecé a volar con eso. Es que me di cuenta de que la idea era hermosa, y que de ser así, de haber un mínimo de esperanza de que pudiera ser así, yo también compartía el sueño de los murciélagos”

 FRANCISCO ZAMORA



Categorías

Autores