EL VICIO DE ESCRIBIR
La labor de la escritura es un compromiso cotidiano con la palabra, “estamos hecho de huesos como de palabras” (Liliana Bodoc) por eso celebramos las primeras palabras del recién nacido, como también se recuerda las que se pronuncian antes de morir. El escritor trabaja en lo milimétrico en cada sílaba, en cada letra y también en el cuerpo entero del texto es decir en lo que su totalidad consolida luego de un trabajo artesano, paciente. “Lo lento siempre encierra una perspectiva de calidad” (Mempo Giardineli). En una coma o en un signo de exclamación puede cambiar todo el sentimiento y el pensamiento plasmado en un papel. Es por ello que “cada palabra debe estar puesta de tal modo que sin ella el poema no puede existir” (Nicolas Guillen). Una hoja en blanco siempre es una tierra a descubrir, un abismo que siempre exige un salto más, una caída más honda, un golpe más fuerte. La palabra se inscribe en el cuerpo como una grafía incansable, es el pulso en las venas de quién empuña el lápiz o de quién pulsa teclas para dibujar, el escritor es consciente del necesario paso en falso, del ineludible camino equivocado que servirá para drenar las palabras y no ahogarse. Acontecido el naufragio el escritor selecciona las palabras sobrevivientes con delicadeza, las dispone en la costa para mirarlas, las pronuncia en voz alta y las calla con los ojos. La belleza relumbra cuando no hay demasiada carga en el barquito de papel. Para llegar a buen puerto hay que sortear implacables olas que interrogan ¿Por qué, para qué y para quienes escribo? La universalidad del texto reside en su calidad, más que en su falta de pertenencia territorial, luego sobreviene el juego desigual de las editoriales, sus alcances y limitaciones, el escritor-editor proletarizado, el escritor cooperativo, el escritor competitivo, los monopolios y los que se organizan solidariamente con otros escritores. Es cierto las buenas historias se van entretejiendo todos los días, pero al escribirlas hay que evitar deshacerlas, la escritura puede parirnos o sepultarnos en una oración. El trabajo de la corrección es un trabajo infinito, muchas veces nada deja de ser un borrador. Solo quien corrige y re lee sabe cuándo es aceptable detenerse, el buen lector agradece el gesto, cuando imagina las escenas, los escenarios, los aromas con maestría, es él quien a veces termina de corregir, creando una versión intransferible y única. Sin el lector el texto tampoco existiría. El escritor escribe para vivir, y vive dentro de la escritura. A cada rato le aparece un vocecita relatándole lo que está experimentando en carne propia. Mi abuelo materno falleció cuando yo tenía 8 años, esa experiencia con la muerte me hizo escribir en mi cuaderno unas palabras, cuando mi abuela las leyó decidió enmarcarlo en un cuadro. Una tarde inesperada me llevo y edito en un cuadro aquella poesía. La colgó en un lugar visible de su casa y me dio un destino. Los amigos y hasta los desconocidos le recetan al escritor que escriba, es esa su medicina, saben que cuando detiene el dolor en un escrito, alguien queda contando aquello por él. Así magnífica o empequeñece las cosas o las experiencias hasta disolverlas o volverlas eternas. Cualquier libro editado es siempre un objeto mágico, algunos solo son un punto de partida, trampolines. Otros libros no dejan de comunicar nunca “las grandes obras se reproducen a sí mismas en sus distintos lectores y así cambian continuamente. De la capacidad de autoproducción se sigue la pluralidad de significados y de esta la multiplicidad de lecturas” (Octavio Paz). El escritor transcurre sensitivo, permanentemente en varios lugares, en distintos tiempo, en distintas vidas, respirando con soltura mientras la escritura se va haciendo, solitaria o compartida. La inspiración viene de libros ajados, de paginas que no se editaran mas, libros perdidos, prestados, párrafos o imagenes que se recuerdan difusamente , allí está el material preciado para la invención. Para un escritor a veces, es difícil advertir donde comienza la ficción o la realidad, va un ejemplo... de repente, usted ahora, es el personaje central de un texto que habla sobre la labor del escritor y alguien a su lado está leyendo su lectura, y pensando lo que ahora en este momento usted piensa, esa sensación de asfixia y adrenalina se parece a la que un escritor siente cuando el texto sale como él lo deseaba y explota un magnetismo irrefrenable que lo lleva a leer y releer un rato el texto buscando los mecanismos, los entretelones, la punta de un ovillo que no se puede detener y que tampoco tiene un final. Allí reside el vicio de la escritura.