ELOGIO PARA ANSELMO
“Montemos, en fin, la
bicicleta,
démonos a la levedad de su andadura, echemos a rodar en el fino encordado de sus ruedas”
Samuel Schkolnik
Desde el lunes 6 de septiembre vamos a extrañar a Anselmo, para siempre. Ya no llegará en bicicleta a Utopía buscando libros para leer a Marcela. Ya no tendremos al fino interlocutor con sus preguntas precisas, sin ambages. Ya no nos enseñará la importancia de pensar la ciudad para la persona que la habita. Ya no escucharemos su romance de dos ruedas, ese amor adolescente por el que dio su vida. Su coherencia no nos enseñará la importancia de defender los principios construidos en la política, lo común de la vida. Más allá de sus 74 años, tenía un espíritu joven, por eso continuaba haciendo proyectos. Y si algo define a un joven es justamente esa capacidad de cumplir con el mandato que contiene esta palabra: proyectarse - viene del latin, proiectare, lanzar adelante-. Anselmo sabía de esto. Su formación de arquitecto lo marcó. Sus proyectos lo mantenían activo, siempre vigente, siempre con cosas por hacer y planes por concretar.
Como el poeta ante la página en blanco, el arquitecto experimenta el vértigo de las primeras líneas en el tablero. Sabe que el trabajo es lo primero, la inspiración, si llega, que lo encuentre trabajando, piensa. Entonces dibuja y sueña. Indaga los gustos y las costumbres de quienes pasaran sus horas en esa casa. Sabe que en sus manos atesora el futuro de una vida que esta por suceder en ese plano a dibujar. Así concibió su Mishki Wasi, la casa enterrada en la barranca del Dulce y que alberga los sueños propios de Anselmo y su familia.
Polemista nato, nunca dejó de ejercer el derecho de opinar desde su saber en los temas que le interesaban: el crecimiento de la ciudad, la importancia de su planificación, el uso del espacio público con criterios que incluyan a cada persona que lo usa. Hoy siento que no lo escuchamos lo suficiente. Que su pregón por la bicicleta necesita de más voces que lo defiendan. Él nos decía que el ave pedestre, al decir de Schkolnik, hoy reclama su espacio en las calles. Espacio que le ha pertenecido en otra época y que poco a poco ha ido perdiendo frente a las motos y automóviles. Este es un reclamo silencioso que hoy queremos amplificar en estas líneas buscando recobrar el espacio para ella en las calles de nuestra ciudad. El automóvil ha despojado a los ciclistas de las calles y nos obliga a quienes circulamos en ella a las maniobras menos pensadas porque nadie respeta el espacio común de la calle y nos comportamos con un egoísmo y desconsideración que es fácil advertir a cualquier persona que observe la cantidad de veces que paramos en doble fila, o que giramos donde está prohibido, o a una velocidad excesiva para las calles que tenemos hoy, etc. Como decía Augé, es muy probable que nunca lleguemos a ver ciudades en las que solo se circule en bicicleta, pero al menos reclamemos a las autoridades la importancia de controlar el tránsito respetuoso de los automóviles por las calles de nuestra ciudad, para que nunca más las vidas de nuestra gente quede sujeta al comportamiento irresponsable de quienes nos trasladamos por ellas.