Por
Malena Herrera
Jueves, 13 de Febrero del 2020
El rugby y la violencia patriarcal
Las noticias de violencia, protagonizadas por rugbiers, invaden la tv, las redes, las charlas entre amigues, compañeres de trabajo, y ponen en evidencia una temática que nos interpela, que nos plantea un interrogante central; ¿Qué relación existe entre la violencia machista o patriarcal y el rugby? Tras de esta pregunta, se observa a modo casi defensivo como se reproducen los discursos que piden no estigmatizar el deporte, no generalizar ni estereotipar a jugadores.
Esto me retrotrae al surgimiento del debate masivo sobre la violencia de género en Argentina en el año 2015, cuando un 3 de junio las mujeres salimos a marchar con el lema “NI UNA MENOS” tras una seguidilla de crímenes cometidos contra nuestros cuerpos y los cuerpos disidentes. Muchos hombres y también mujeres pedían por entonces no generalizar ni condenar a los varones “No todos los hombres son femicidas” o “No todos los hombres pegan, ni maltratan”. Claramente esto es cierto, como es cierto que no todos los rugbiers son violentos, ni criminales. Sin embargo, era necesario recalcar una constante que iba in crescendo, cientos de muertes de mujeres por año en manos de sus parejas o de varones “moralizadores” que les daban su escarmiento por haber salido con pollera corta, de noche, por haberse ido de mochileras “solas” (sin varones), por intentar ponerle fin a la relación o por un sinfín de motivos que denotan la cosificación y la apropiación a la que estamos expuestas.
Con el tiempo, producto de la lucha feminista, se instaló en la sociedad el concepto de violencia de género entendido como violencia machista, contra los cuerpos feminizados y disidentes, punto que hoy muy pocos se atreven a cuestionar.
Ahora bien, en un universo reducido como el de los deportes en masa, tales como el rugby y el fútbol, los hechos nos muestran una reiteración de violencia que nos obliga a la reflexión poniendo en evidencia que si actualmente el rugby se encuentra en el ojo de la tormenta no es caprichoso, ni azaroso. Pues, no hablamos de la violencia en el vóley, en el cesto, en el handball, ni en el hockey, mucho menos en los deportes que no son colectivos.
Por otro lado, los avances en la deconstrucción machista que se dan en toda la sociedad también llegaron a este submundo y hoy, se reivindica la incorporación de mujeres que lo practican y la profesionalización del deporte que incorpora algunos límites. A pesar de ello, notamos un retraso frente a demandas sociales vigentes y frente a la necesidad de transformación hacia un mundo libre de violencias.
La violencia de género es comprendida como un epifenómeno de un orden social traducido en un mandato de masculinidad entre los varones y en el submundo del rugby vemos como este mandato se intensifica. Es en este ámbito en el que la masculinidad hegemónica se impone y ese poder se intersecta incluso con el poder de clase con el que históricamente fue relacionado este deporte. Ambas condiciones concentradas refuerzan todos los códigos y ritos de las relaciones entre el equipo que deben cumplirse a rajatabla para no quedar fuera del conjunto.
Este contratiempo se pone en evidencia con la subsistencia de los rituales de iniciación, los llamados “bautismos”, las practicas sodomitas, necesarias para demostrar pertenencia al grupo y lealtad por sobre otros valores. En la jerga del rugby le dicen solidaridad a lo que la antropóloga Rita Segato le llama “Cofradía” en referencia a la complicidad entre machos, el que no demuestra lealtad al grupo, no pertenece y si no pertenece “NO ES”. Se juega la identidad en estos rituales o muestras de hombría.
Si retomamos la pregunta inicial, la violencia de género no es un problema de mujeres sino de la sociedad toda. El haber relacionado la problemática y limitado a una relación entre varones y mujeres nos ha sacado de eje, la línea horizontal, la relación entre ellos; los varones. Se condena al débil, al sensible, al pacífico y a todo aquel que encarne características atribuidas a lo “femenino”.
Es por ello que, los hombres “deben” retener el poder para mantener su status de superioridad respecto de la mujer y para participar de la competencia entre iguales con que se diseña el mundo de la masculinidad. Es en la capacidad de dominar y de exhibir prestigio que se construye la subjetividad de los hombres y a esa posición jerárquica se denomina “masculinidad”.
Se acentúa la necesidad de demostrar virilidad, de impartir miedo bajo la amenaza de ser estigmatizado como femenino, o maltratado por los “más fuertes”
Concluyendo puedo decir que nada nuevo digo, pero intento contribuir al debate sin sesgos de género. Decir “no estigmaticemos el deporte es contribuir inconscientemente a una estructura binaria históricamente sostenida entre cofrades”. Permitámonos romper la “complicidad machista” e Intensificar en todos los ámbitos la reflexión en post de un mundo menos violento. La responsabilidad es colectiva.
Malena Herrera
Abogada, Directora del Hogar de Protección Integral para Mujeres en Situación de Violencia, Diplomada en Ciencias Sociales con especialización en género de FLACSO. Integrante de la Colectiva Ni Una Menos de Sgo. del Estero.