EN TRANSITO PERPETUO
Hay muchas formas de viajar, y las razones que pueden motivarlo
son también infinitas, aún en el más empaquetado turismo de las denodadas
planificaciones y guías, nadie sabe del
todo quién lo espera realmente en la llegada y a veces puede sospechar
difusamente algo del regreso. Solo para
el turista empedernido puede existir ilusoriamente la idea de que se va y regresa parecidamente a sí mismo. La poesía
de Leopoldo Castilla es un viaje hacia un destino de recurrente descubrimiento,
una dislocación de sentidos que por momentos nos emociona y por otros nos
desmorona en una metáfora. Así como su comienzo cautiva, cada poesía atesora su
remate disonante como un nuevo punto de partida.
Decía Ricardo Piglia que el origen de la narración
puede ser el viaje de un hombre que sale de su comarca, y luego regresa a
narrar lo que vio, la otra posibilidad que sugería es el de la adivinación, la
de la lectura de las pistas y señales. Sin duda alguna, siempre tienen algo que
contar, tanto el que se va como el que queda, la vocación del viaje no puede
estar solamente atada a cambiar las coordenadas. El Teuco Castilla hace con la
poesía una conjunción única de las variantes que señala Piglia. En su
desplazamiento de un punto a otro del globo terráqueo, así como también en su
permanencia en su sitio de origen, anda siempre trazando un redondeo ocular que
está situado en el centro del territorio que eventualmente recorre. Puede ver
como se ataranta el humo de la choza porque antes ya viajó con los numerosos
pasos de la araña. Escucha el grito de las raíces de las algas por que vio huir
todos los caminos del pulpo. De un árbol se amamanta un templo y el sol se
ahorca en el horizonte. El Teuco se conecta con lo que está latiendo
desordenadamente en el lugar y con las palabras compone el paisaje natural que
está sucediendo “la belleza nunca toca la tierra”. En sus libros muchas veces el dolor de la
humanidad que testimonia hace que los continentes se confundan, y los países se
tornen meras anécdotas para un atlas, otras veces, su poesía es una aldea
única, situada en el territorio que lo inspira con precisas palabras. Difícil
saber si Don Leopoldo llega hacer pie en alguna parte, o es que flota siempre
con su infancia y anda en todas partes, caminando por el aire.
El viaje de
su escritura no está situada
fundamentalmente en la movilidad de una punta a la otra, sino en la
concentración y el asombro con la que suele descifrar el mineral que deslumbra el trópico, la
geometría de la araña que se proyecta en la constelación, el tigre que se
incendia con sus pasos coloridos, el
elefante que disuelve su monumental anatomía en el océano, es un niño que se
instala en los yuyarales del baldío para recordar a sus abuelas. Detrás de
alguna variante inimaginable aflora el viaje impredecible y revelador. Su voz siempre está situada en el otro, su
tarea es buscar apresar en las palabras lo que cada paisaje está contando en sus latidos. El Teuco
investiga los destinos que pisa, y regresa siempre conversando un nuevo
idioma, su fundamento es similar cuando
tiene que hablar sobre el proceso creativo, habla la poesía no hablo yo, habla
el lugar e impone su tono. No desdeña el trabajo que debe hacerse luego del
alumbramiento poético. Pero aquello es posterior es la tarea del amanuense
después del relámpago. Es la poesía la
que le carga las valijas y le compra los pasajes, aunque nunca se haya ido
realmente de Salta, como sentencia en una coplita “de las penas, la más
dichosa me vino a tocar a mí, yo soy lo mismo que el rio me voy sin salir de aquí”.
La actividad de cada lector es un proceso voluntario y deliberado, uno puede seguir
recomendaciones, sugerencias, consejos, pero muy de vez en cuando nos
encontramos con algo que nos abre la fascinación y el desconcierto. Hay muchas
formas de convertirse un viajero, un pasajero en tránsito perpetuo. La poesía
del Teuco es un camino sin treguas en lo indecible la cartografía de un paseante más allá del
mundo, un transeúnte que decodifica con su sensibilidad lo que estaba latente
en la corteza del árbol, o en el andar de un pingüino solitario o flotando en
la manada o en el cosmos y así nos traza una línea de fuga… Leerlo es un viaje
sin retorno, pues no te alcanzará la vida para leer como ese hombre comprende
la muerte, el que contempla nunca se va.