En voz alta

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Sábado, 14 de Agosto del 2021

En voz alta

En voz alta
La niñez nos marca de tal manera, que lo que nos toca vivir en esta etapa (el amor, el cariño, la paciencia, el desapego, el desinterés, la violencia) va a ser el material con el que vamos a construir al adulto/a que seremos en el futuro. Cada vez que leo los versos de William Wordsworth, no termina de sorprenderme la verdad que ellos revelan y la profundidad con la que el autor nos enseña sobre la vida cuando dice: “el niño es el padre del hombre” y esto, que para mí es una verdad, es lo que llevo conmigo como el más preciado bien en esta etapa en la que me toca ser padre.
Intento pensar en mi niñez y los primeros recuerdos que tengo son de mi casa donde pase mi infancia. Busco y advierto que mi memoria ha olvidado muchas cosas y recuerda solo las que eligió no hacerlo. Sabemos que así funciona, como un mecanismo de defensa inconsciente. Cuando nos esforzamos por hacer memoria y estimulamos la conciencia, vuelven algunas imágenes para ayudarnos a comprender hoy lo que tal vez entonces no éramos capaces de hacerlo y así entender mejor la vida, con la experiencia que ella nos da.
De los recuerdos amontonados de mi niñez feliz, hay uno que lo tengo presente y es el de mis dientes postizos con los que fui al jardín de infantes, ganados en la plaza por un tropezón que me llevo de bruces al suelo sacando de cuajo mis dientes centrales. Recuerdo mis amigos del pasaje Figueroa y los aprendizajes heredados de sus andanzas. Yo que era un niño más bien tranquilo, he ido conociendo a través de ellos (al día de hoy lo hago) la vida como si fuesen mías las alegrías y míos los dolores que cada cual ha ido recibiendo en su vida. 
Recuerdo a mi padre llevándome a practicar deportes extraños: lucha greco-romana en el club Independiente o Esgrima en el Lawn Tennis.  También un Fiat 600 azul, que los sábados nos buscaba por casa, donde encontre amigos y aprendí mis primeras canciones de cancha camino a Old Lions. Recuerdo el apuro por no llegar tarde a casa después de entrenar en Santiago BBC junto a mi hermano y a mi madre, angustiada, esperándonos llegar en la parada del 19.  
Cuando un niño aprende a golpes los límites, así reacciona para resolver las diferencias con otros cuando es niño y de grande también. La violencia nos educa tristemente y es muy difícil reconocernos violentos, porque no somos conscientes de ella. No recuerdo haber sido jamás golpeado por mi madre ni tampoco por mi padre. Esto no quiere decir que no haya ocurrido, simplemente, no lo recuerdo. En cambio, tengo fresca la tarde de mi primera pelea a la salida de la escuela, yo tendría 7 años, no se los motivos ni circunstancias, solo que he salido perdiendo. Mi contrincante era un niño al que regularmente lo castigaban con dureza en su casa. Lo vi crecer y seguir peleando a golpes por cualquier diferencia que se le presentara, o simplemente para no perder la costumbre. Era lo que había aprendido y solo tenía este recurso para solucionar sus asuntos. Si somos capaces de criar una generación de niños y niñas sin violencia, vamos a estar contribuyendo al futuro de la humanidad tanto, pero tanto, que no creo que tengamos noción de ese impacto. Criar a una persona libre de violencia, cabal, entera, digna de sí,  es una tarea para quienes somos los padres y las madres hoy. Debemos enseñar a poner la palabra donde antes nos enseñaron con golpes. Sustituir la cachetada, el chirlo, el grito por razones que nos enseñen la importancia de la palabra para educar y ser usada como herramienta para la vida futura.
No importa la cantidad sino la calidad de tiempo que pasamos con nuestros hijos e hijas. Saber hacerlo es un desafío para nosotros, porque cada uno de ellos tiene diferentes inquietudes y gustos y nuestra intención de darle calidad, trata de combinar sus intereses con los nuestros, sus temas con los que nosotros queremos conversar. Muchas veces esta calidad de tiempo está vinculada a momentos de lectura; otras cuando vemos películas o cuando escuchamos música, pero la más importante ocurre en las conversaciones después de comer, porque es uno de los momentos en que estamos todos y podemos hablar al mismo nivel. Poner en práctica la palabra, las razones, los fundamentos de nuestros pareceres nos permite generar una calidad de tiempo compartido que no debemos desaprovechar. Después cada cuál seguirá con sus cosas, tomará sus decisiones, se equivocará o no, es necesario que así sea. 
Pero no todo es la palabra. La crianza nos marca, somos el ejemplo con lo que hacemos y no con lo que decimos. Una vez un profesor nos dijo: “si le dices a tu niño que lea más y no vea tanta televisión, debes estar consciente que vos también debes hacerlo, porque si les dices que lean, pero jamás te ven leer, no leerán tampoco”. Cuando ponemos la palabra debemos después sostenerla con nuestros actos. Entonces el desafío de ser padres y madres se vuelve difícil, trabajoso, arduo, pero seguros de que lo que sembramos con nuestro hacer volverá, crecido en ellos y estaremos orgullosos de cada cosa que logren. Los niños y niñas aprenden lo que ven hacer y no, de lo que les dicen que hagan y no ven hacer.

Por eso en este día de las infancias creo (y cuando digo creo es una afirmación no una duda) que el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos e hijas es ser padres y madres cariñosos que enseñen con la palabra y no con el garrote; padres y madres que den el ejemplo antes que un sermón; que acompañemos en lo que emprendan, con la prudente distancia para no invadir y la necesaria presencia para que se sientan apoyados. No hay recetas, ni garantías de acertar, se aprende a ser padre y madre día a día, como dice Serrat: “sin saber el oficio y sin vocación”.   



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