ENTRE EL SER Y LA NADA SIEMPRE HAY UNA LLAMA SECRETA
En alguna ocasión (Dios me dispense por
ello), llegué a pensar que Jorge Rosenberg, en sus zocos, no podría escribir
nada más allá de Santiago del Estero; es decir, estaba imposibilitado –aunque
quizás lo hiciera adrede, quién sabe– de articular un lenguaje que no diera
cuenta de una ciudad particular y específica, identificable en sus elementos
constitutivos. Esta ciudad que todos
reconocemos al leer, por ejemplo, calle o plazoleta Mitre, la Alsina, Avda.
Belgrano, el Splendid, el club Dorrego, la plaza Libertad, el Parque Aguirre,
pinturerías por doquier, perros desflecados, etc. Pero dándole vueltas a esta
idea me doy cuenta de un error garrafal (al decir rosenbergiano), que trataré
de explicitar en lo que sigue. Esta dilucidación viene a ocurrirme
inmediatamente después de haber hojeado y ojeado, sin h, las primeras páginas
de “Crónicas precipitadas, Zoco VII.
El autor sea benigno (desde ya ansío sus mil perdones) si llegase a errar el
tiro en algún momento de este humilde comentario.
Estas
Crónicas precipitadas tienen una
memoria activa. Y esta no es una percepción mía, ya que el mismo autor lo
explica desde su propia significatividad en los zocos anteriores, que no son distintos
a estos, aunque hayan sido escritos durante una época agónica y trágica que le
tocó experimentar a todo el mundo, la pandemia del Covid 19. Me imagino que
esta actividad de la memoria impuso su pulso para desbandarse hacia una
explosión metafísica que se vio acorralada en espacios en donde el ánimo se vio
con desahucios, o desvanecido. “Tengo tanto pasado encima que tengo miedo a
equivocarme, un pasado de literatura…”, leo en Ciudades gemelas; y, en otros pasajes del mismo texto: “Por las
noches de inmerecido descanso, convivo con ciudades gemelas de inefable
simultaneidad.” Noten ustedes aquí la eficacia de la ficción, mecanismo a
través del cual alguien puede mostrarnos escenarios en donde ocurren fenómenos
que de otra manera nunca podríamos observar. Entonces estaría bien
preguntarnos: ¿cómo es posible que la memoria de nuestro escritor/cronista es
tan ubicua, perspicaz y asintomática –para usar un término acorde a esos días–
que no sólo abarca una ciudad delimitada en su efervescencia de flâneur, de buscador de
antigüedades y nostalgias engarzadas a un pasado siempre benévolo, sino que,
además, nos abarca y nos hace lugar en una ciudad que se renueva en cada página
de este libro, aunque parezca la misma? Sabemos que esto último es un engaño,
pero nos sentimos felizmente engañados. Nos damos cuenta de la maniobra, sin
embargo, nos dejamos llevar en el viento que viene desde cualquier lado, y se
estrella entre las hojas de algún eucaliptus en una noche de verano, o en un
mediodía, donde un hombre da instrucciones a una mujer cualquiera sobre cómo
hacer un asao, una manifestación de
una artimaña ligada a lo varonil, pero que es enmendada cuando se comparte,
aunque más no sea de lejos. El vasto e incómodo interrogante anterior, por
mucho que busquemos, no tiene resolución. Sin embargo, es probable que Jorge
Rosenberg nos de pistas erróneas con la que terminaremos apostados en una
cuarta dimensión esperando un regreso a lo real, que sólo es posible mediante
la mentira, un errabundo ardid para hacernos mirar de frente ese pasado que cuelga
del tiempo como un cartel donde se leen advertencias como “Cuidado con el can,
el loro lo está mirando”. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, dicen
los refraneros siempre dispuestos a no conmutar vericuetos para alcanzar la
iluminación. En este sentido, el humor es un solaz oportuno, porque su énfasis
es simple o campechano y, por ello,
repentinamente, nos hace carcajear. Por eso, él es quien nos lleva de la nariz
hasta una edad lunar, hecha de calles de tierra, minitamizada, por donde se
deshacen hilachas de la infancia colorida de sol y de pájaros, de muertos y
fantasmas que todavía hablan desde la otra vereda cuando el sol toca las hojas
de los lapachos aún sin florecer.
Ya
dije que este es un libro de la memoria, pero también es de restos de una
arqueología que no ha sido develada en su totalidad. Es un libro de varias
ciudades que, aunque no tengan nombres, podemos percibir su arquitectura
definida y específica, la idea de un lugar que no es el nuestro, aunque
tengamos el alma atrapada en algún rincón de su compleja ensoñación. Aunque
también este libro contiene un alfabeto al que le faltan algunas letras, que da
impulso a una mitología donde se reúnen relatos esenciales elaborados desde la
mirada del entorno, del ser en movimiento y también en reposo, en días en que
la vida se maravilla de la propia existencia inmarcesible. Asimismo, estas
crónicas intentan, de manera científica y sociológica, actualizar un pasado en
donde la música de las palabras convive con recuerdos de ciudades, familiares,
amigos, calles empedradas, comercios extintos y la vida de un mundo propio, de
un solo propietario.
Rosenberg
instaura un nuevo género en la narrativa de la provincia, como lo expresara
Marta Terrera en su precisa introducción a Montón
de Zocos, publicado por EDUNSE en 2019; digo en estos breves textos cruza
de ficción y crónica periodística, quizá primos hermanos del folletín o de las
crónicas, como las conocíamos hasta entonces a través de los diarios que de
manera periódica, le hacían lugar en algún rincón de sus páginas. Creo que
equivocado estaba cuando pensaba que los Zocos no podría hacer otra cosa más
que permitir al lector una consustanciación con lo citadino desde una mirada
íntima y autosorprendida, desde un transcurrir temporal siempre nostálgico y
efusivo, digno de un espíritu que cree que el pasado siempre es lo más parecido
al paraíso, un pasado que sustenta y sostiene el bastión de una infancia
impoluta, de bolitas y juegos en la siesta. Pensándolo mejor, quizás sea un
error confundir al zoco con un género en particular, porque el Zoco, el sujeto
que enuncia a la ciudad, que desentraña la cultura culinaria de los barrios, el
primor imponderable de las calles y de sus habitantes, que manifiesta un
conocimiento al borde de la delectación filosófica, también es la ciudad en sí
misma, su alma, el camino que lo conduce hasta su propia casa, su mirada hacia
adentro, la voz con la que nos hablará a todos nosotros. Y aquí vuelvo al
inicio. Aquí es donde reconozco mi error. Rosenberg escribe ciudades, fantasmas
que son de carne y hueso, que sienten el sol y la lluvia, que viven mientras
tocamos las hojas para darlas vueltas, para hacerlas respirar. El arte es
escribir, arremeter con paciencia ante la hoja en blanco, aunque más no sea por
despuntar el vicio, como lo manifiesta en algún lado del libro. Ese es su
arte, su manifiesta espectacularidad, y su modestia.
Además,
y por si fuera poco, la poesía ( y los amigos poetas) es la arteria principal
de esta ciudad lunar, soterrada en el ladrido de los perros callejeros o el
grito inaugural de algún pájaro, silenciado ante la maravilla de la noche y sus
fantasmas. ¿Cómo podríamos quedar ante esto?:
…la
luz lunar se desperdicia en los techos.
¿Acaso
no nos quedamos mudos, con la boca cerrada, como si hubiéramos recibido en
nuestra propia cara un portazo de palabras y de poesía, luego de ahondar en
esta imagen memorable?
Estas
“Crónicas precipitadas” de Jorge Rosenberg, me dejan un sabor extraño en el
paladar. No sabría decir exactamente por qué. Pero sí, y quizás sea válido, siento
en profundidad eso que el autor manifiesta: […] "El silencio es total, como si
hubiera muerto. Grítame por mi nombre desde la otra cuadra, grítame por mi
nombre que tengo miedo". Me precipito hacia esos designios de verdad, de
preeminencia de lo real, lo que se siente se toca con todo el ser. Si la
muerte, o morirse, en todo caso, es un error (aunque sea la cosa más cierta que
nos pueda ocurrir), no queda otra que mirar el futuro, que son dos tiempos
juntos, dos tiempos rosenbergianos, pasado y presente en un mismo tejido vital,
porque, como dice Jorge, “no hay más
remedio que vivir.”
Aníbal Costilla
13° Feria Prov. del Libro de
Santiago del Estero
26 – 10 -2023.-