ENTREVISTA A IGNACIO RATIER

Cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios.

Publicado en Entrevista...
Por Mundar
Domingo, 29 de Mayo del 2022

ENTREVISTA A IGNACIO RATIER

Entrevistamos a Ignacio Ratier, quien hace unas semanas defendió su tesis titulada: "La emergencia de un espacio editorial independiente. El caso de Santiago del Estero (2009-2019)" Dirigido por el Dr. Daniel Badenes, de esta forma culmino su Maestria en Ciencias Sociales y Humanidades con Mencion en Comunicacion (UNQ). Ignacio pertenece ademas al equipo Politica y Ciudadania del INDES y trabaja en una beca doctoral CONICET.

¿Cómo surge tu interés por investigar el mundo editorial santiagueño?

Hay un par de momentos bisagra que definieron mi interés por este tema. Allá por el 2015, advierto en las redes sociales que algunos escritores santiagueños jóvenes presumían objetos que para mí no eran todavía familiares: fanzines, plaquetas de poesía y otras artesanías que me llamaron la atención. Se estaba armando la primera edición santiagueña de la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA) -una movida cargada de historia y emparentada en nuestro país y en nuestra región con eso que llamamos edición independiente- y lo primero que dije es: “entonces poner a circular un texto en papel no es imposible”. Una vez en crisis esa creencia, armo mi plaqueta -una olvidable plaqueta de poesía, por cierto- y voy a la FLIA. Ahí me encuentro con libreros que ya conocía -Felix Demassi, Francisco Santucho- y con gente que ya andaba haciendo cosas, como los chicos de Larvas Marcianas, Umas, Perras Negras, El Enchufe, Topos Bajo la Lluvia. Ese día Claudio Rojo Cesca y los chicos de Larvas me hicieron un lugar en su stand y anduve dando vueltas toda la tarde. Parezca tonto o no, dar de frente con ese mundo del que sabía casi nada fue shockeante. Ahí pienso que se empieza a formar un compromiso -comienzo a participar de la mayoría de las presentaciones, lecturas y otras actividades, casi siempre como espectador, pero también generando vínculos de amistad con muchas de esas personas. Digo esto porque no creo en una ciencia que se desentienda de la naturaleza humana, investigo un espacio dinámico hecho de relaciones en las que desde aquel momento estoy involucrado de diversas maneras.

El segundo momento se da en 2018. Cursaba mi segundo año de la Maestría en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Nacional de Quilmes. En paralelo trabajaba, y todo era cuesta arriba; pensaba seriamente en abandonar. El día que Argentina pierde con Francia en el mundial, angustiado como buen futbolero, necesitaba aferrarme a algo. Justo había terminado de cursar un seminario de Historia de los Medios y tenía que proponer un tema para el trabajo final. Ahí se me ocurre que, en medio de la vorágine de los estudios de comunicación digital que siempre leo con gusto, era necesario poner la mirada en la cultura impresa. La cultura impresa no muere con la cultura digital, se reconfigura y sigue teniendo un peso enorme en nuestras sociedades, más allá de lo que puedan decir los vaticinios. Entonces armé un trabajo para el que entrevisté a los y las editores y editoras de Perras Negras, Larvas Marcianas, Edunse, Los Inquilinos, Bellas Alas, entre otros. Sin saberlo, fue el principio de mi trabajo de campo. Y desde entonces, reflexiono con otros prácticamente a diario desde ese lugar bifronte.

Tu trabajo se titula “La emergencia de un espacio editorial independiente” (2009-2019), ¿podrías comentarnos cómo fue desandar la tarea de investigación?

La tarea de investigación insumió muchísimo tiempo: relevamiento de las prácticas de edición en la provincia, del estado del arte en el campo de estudios del libro y la edición, mucha lectura, pero más charlas y participación activa en muchos eventos. Yo cuento hasta las cerveceadas en Utopía y otros espacios de sociabilidad literaria como parte de la tarea. En ese camino, se tomaron algunas decisiones importantes. Una de ellas fue la de recortar el objeto de estudio. Los casos con los que trabajo no agotan ni las prácticas de edición de nuestra provincia ni su cultura literaria, pero abordan variaciones significativas sobre lo que se entiende por “independencia”, que es una noción polisémica, escurridiza y bien problemática. Y que en Santiago cobra una especificidad propia -ya vamos a eso. Otra decisión fue la de estudiar tanto revistas culturales como sellos editoriales autogestivos, algo que por lo general evitan los investigadores de este campo. Pienso que abordar experiencias como la de Los Inquilinos, Parlètre, Ojo al Charqui -además de Umas y Samurai, que fueron revistas nacidas en el seno de grupos que también se abocaron a la producción de libros- nos permite ver los notables vínculos que existen entre los que hacen libros y revistas. En todos los casos, salvo en Ojo al Charqui (2010-2011), los grupos hacedores tienen o tuvieron un vínculo directo con algún sello editorial. Sin embargo, si vamos a las trayectorias de Héctor Andreani y Gabriela Rocuzzo, que formaron parte de Ojo al Charqui, vemos que luego de esa experiencia se ligaron de diferentes formas a la producción de libros. No solo eso, juntos trabajaron para editar WawqesPukllas, un libro de literatura juvenil en lengua nativa resultado de un arduo trabajo con adolescentes bilingües de Figueroa, lo cual muestra que aun en nuestra posición periférica -con relación al espacio editorial nacional, que es a su vez periférico en el espacio transnacional- Santiago es centro de otras periferias que ven obturadas la posibilidad de poner a circular sus literaturas, saberes y visiones del mundo.

¿Cuáles son los hallazgos que consideras más significativos?

Me resulta difícil hablar de los hallazgos más significativos de la investigación sin irme por las ramas. Haré el intento. El trabajo es apenas una estación, la próxima es el doctorado, donde trabajo con las últimas tres décadas del espacio editorial santiagueño en toda su amplitud. Así y todo, creo que lo más importante tiene que ver con poder mostrar lo que las estadísticas libreras nacionales invisibilizan -Santiago no aparece o aparece dentro del ítem Otras provincias. Y con mostrar que el famoso boom de editoriales independientes, tildado de nacional, fue un fenómeno del AMBA que alcanzó en menor medida a otros centros del país como Córdoba y Santa Fe. Este trabajo muestra que detrás de esos números y esas creencias hay una trama de relaciones socio-materiales gigante con sus particularidades y temporalidades, y que las miradas sustancialistas de los objetos impresos sirven de muy poco. Hablemos de libros, plaquetas, revistas o fanzines -que, dicho sea de paso, a veces tienen apariencias muy similares, bajo las precarias condiciones de producción del espacio editorial santiagueño-, todos estos artefactos son productos de relaciones sociales y a su vez producen muchas otras. Dos de las dimensiones de análisis fueron las sociabilidades y las estrategias de financiamiento de los proyectos. Para lo segundo, la regla es que en lo económico casi siempre se pierde, pero en cuanto a lo primero, se construyen redes de relaciones con agentes de otras provincias -e incluso de otros países- y se establecen conexiones riquísimas con la cultura literaria, con el circuito underground, la cultura universitaria y, por supuesto, con el Estado y el mercado. De hecho, si hablamos de hallazgos significativos, un posicionamiento moral común entre los editores independientes santiagueños es el de la reivindicación de lo autogestivo en concomitancia con la idea de no transar con el Estado. A diferencia de los estudios pioneros de la edición independiente que muestran cómo muchos sellos -la mayoría nacidos en el AMBA- nacieron como una respuesta a la homogeneización propiciada por la financiarización de la industria editorial, la edición independiente en Santiago es más la elección de alternativas a las vías estadocéntricas de desarrollo, que son una opción que algunos proyectos eligen con todo derecho. Hay que decir que la edición pública también ha crecido mucho en la última década con la producción de Edunse y la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, tema en el que estoy empezando a meterme de lleno ahora.

Otra dimensión de análisis fueron las formas de construcción de los catálogos y las agendas. Aquí vemos una diversidad de apuestas estéticas que tienen en común el cuidado por lo material, lo visual y lo táctil, elementos que condicionan fuertemente la recepción y la lectura. A su vez, en la mesa de un congreso me plantearon si se podía hablar de catálogos teniendo en cuenta la acotada cantidad de títulos que publican los sellos santiagueños. Y si bien considero que deben crearse mejores condiciones para que la producción aumente y sea más visible, me permito poner en duda esos exigentes criterios cuantitativos. Los catálogos son formas de intervención política, son políticas culturales, políticas de la lengua y políticas de lectura. Basta con que dos obras se encuentren en una colección para que dialoguen entre sí y produzcan sentidos incontrolados por el mismo editor. Y, además, ¿qué es un catálogo en la periferia? Lo que circula en Santiago en el plano editorial -y sobre todo en cuanto a las industrias culturales en general- casi siempre viene de otra parte, de Buenos Aires y de otros centros, ¿por qué los once títulos de Larvas Marcianas, los cuatro de Perras Negras, los siete de Umas o lo que llevan editado nuevos sellos como Chernobyl, Tóxicxs, Piedra Madre o El dedo de Pumpido no conformarían un catálogo?, ¿qué es entonces lo que estos proyectos han hecho? Ni hablar de Barco, que tiene decenas de títulos publicados. O de Bellas Alas, que también ha editado decenas de títulos, posicionándose desde otro lugar pero también aportando mucho a la producción cultural santiagueña.

El trabajo también indaga en algunas trayectorias significativas de editores. Es fascinante cómo el ingreso al espacio tiene distintas vías y cómo la relación con la lectura y la escritura en las biografías de los editores también exhibe diversidad y singularidades interesantes. También es simpática -no deja de parecerme gracioso- la alta participación de psicoanalistas, mayor que la de aquellos que vienen de la formación en letras o comunicación. Por otra parte, vemos que es dominante la presencia de sectores medios urbanos y en todos los casos los editores han tenido un paso -concluso o inconcluso- por la universidad. También es común que los editores se hayan ido a estudiar a otras provincias donde vivieron experiencias en talleres u otros proyectos autogestivos, instancias en las que se producen saberes prácticos que trajeron consigo al volver y que quedaron para el resto del camino. Otra cosa importante ha sido la sociabilidad digital, las nuevas condiciones sociotécnicas facilitaron no solo la circulación de la palabra y el acceso a la información y el conocimiento, sino también el encuentro entre personas que andaban queriendo lo mismo. Por último, no quisiera desligar el fenómeno independiente del deseo de escribir y publicar. Los editores son también escritores y lectores. Y las dificultades para encontrar un espacio de visibilidad a veces pueden ser determinantes para la aparición de estos proyectos culturales. De hecho, el espacio independiente, que es poroso y difícil de delimitar, se caracteriza por la construcción de espacios alternativos y la búsqueda de nuevos modelos de valoración. Claro que lo que tiene en común con el polo heterónomo de la edición santiagueña es que hay baja institucionalidad y problemas para definir árbitros que decidan qué es lo legítimo.

¿En base a qué criterios surgió la delimitación del período de investigación?

Como te decía, el trabajo sigue y viaja más atrás en el tiempo. Estos recortes siempre tienen algo de arbitrario. Decidí que sea en 2009 porque es el año en que se forma el grupo La Jeta Literaria, que editó La antología Jetona (2010) y del que luego nace Perras Negras (2011), el primer sello autogestivo de los recién llegados -recordemos que Barco y Quipu vienen trabajando de mucho antes y siguen vigentes. Me parece significativo ese hecho porque en la Jeta hubo una gran confluencia de agentes y también un efecto rebote, personas que no se sumaron porque quisieron armar la suya y que también fueron claves en lo que vino después. Además, en la Jeta se produce toda una declaración de intenciones, se manifiesta la necesidad de escribir de otra manera, mirar lo urbano y lo barrial, quitarle solemnidad a la literatura. Toda una serie de posicionamientos morales y estéticos que tienen peso a la hora de pensar los conflictos dentro del espacio editorial santiagueño.

¿Cómo describirías el rol de las editoriales independientes en la comunidad santiagueña?

Aportan a la bibliodiversidad, construyen espacios, canales y redes alternativos, complejizan la trama de relaciones, fortalecen el rol del editor -lo que se conoce como mediación editorial- y de otras figuras, como la del ilustrador y el diseñador, que participan de otra manera y son imprescindibles para las apuestas políticas de estos grupos. Y otra cosa, acentúan la dimensión social de la lectura y generan una intensa sociabilidad cara a cara, algo que enriquece y dinamiza la cultura.

¿Has podido conocer cómo fueron los inicios del trabajo editorial santiagueño? ¿Quiénes fueron los pioneros en el trabajo?

Sobre el tema hay un trabajo excelente de Daniel Guzmán, Historia de las Revistas Culturales. Santiago del Estero, 1900-1950, editado por Bellas Alas, donde cuenta que la primera publicación literaria santiagueña se llamó El picaflor y fue iniciativa del periodista Luis Varela. Eso data de 1863. En el mismo libro se encuentran pistas sobre el mundo editorial de la primera mitad del siglo XX, aunque esté enfocado en las revistas culturales. Si pensamos en el rol camaleónico de los editores, que también ofician de escritores, gestores, correctores, diseñadores y de tantas otras cosas, creo que algunas de las figuras a destacar en ese sentido son las de Fortunato Molinari, Bernardo Canal Feijoó, Pedro Almonacid, Samuel Yusem y Francisco René Santucho. Imposible no pensar también en María Adela Agudo y Carola Briones, que editaron la revista de poesía Zizayán a mediados del siglo XX. Algo de esto está en el trabajo porque me parece que la mirada histórica de largo plazo siempre enriquece la investigación y, en este caso, es crucial para poner en valor lo que viene ocurriendo en Santiago hace más de una década, un movimiento que actualmente goza de mucha vitalidad y aun en las penosas condiciones económicas que atravesamos nos invita a mirar el futuro con buenas expectativas.

¡ATENCIÓN! Mundar es un espacio autogestivo, en este comienzo de año queremos tomar impulso para seguir haciendo crecer este proyecto cultural que nos encuentra a cada rato escribiendo y leyendo junto a vos. Queremos que seas parte de nuestra mesa, invítanos un cafecito para que Mundar siga creciendo. https://cafecito.app/revistamundar2022



Categorías

Autores