ENTREVISTA A IGNACIO RATIER
Entrevistamos a Ignacio Ratier, quien hace unas semanas defendió su tesis titulada: "La emergencia de un espacio editorial independiente. El caso de Santiago del Estero (2009-2019)" Dirigido por el Dr. Daniel Badenes, de esta forma culmino su Maestria en Ciencias Sociales y Humanidades con Mencion en Comunicacion (UNQ). Ignacio pertenece ademas al equipo Politica y Ciudadania del INDES y trabaja en una beca doctoral CONICET.
¿Cómo surge tu interés por investigar el mundo editorial
santiagueño?
Hay un par de momentos bisagra que
definieron mi interés por este tema. Allá por el 2015, advierto en las redes
sociales que algunos escritores santiagueños jóvenes presumían objetos que para
mí no eran todavía familiares: fanzines, plaquetas de poesía y otras artesanías
que me llamaron la atención. Se estaba armando la primera edición santiagueña
de la Feria del Libro Independiente y Autogestiva (FLIA) -una movida cargada de
historia y emparentada en nuestro país y en nuestra región con eso que llamamos
edición independiente- y lo primero que dije es: “entonces poner a circular un
texto en papel no es imposible”. Una vez en crisis esa creencia, armo mi
plaqueta -una olvidable plaqueta de poesía, por cierto- y voy a la FLIA. Ahí me
encuentro con libreros que ya conocía -Felix Demassi, Francisco Santucho- y con
gente que ya andaba haciendo cosas, como los chicos de Larvas Marcianas, Umas,
Perras Negras, El Enchufe, Topos Bajo la Lluvia. Ese día Claudio Rojo Cesca y
los chicos de Larvas me hicieron un lugar en su stand y anduve dando vueltas
toda la tarde. Parezca tonto o no, dar de frente con ese mundo del que sabía
casi nada fue shockeante. Ahí pienso que se empieza a formar un compromiso
-comienzo a participar de la mayoría de las presentaciones, lecturas y otras
actividades, casi siempre como espectador, pero también generando vínculos de
amistad con muchas de esas personas. Digo esto porque no creo en una ciencia
que se desentienda de la naturaleza humana, investigo un espacio dinámico hecho
de relaciones en las que desde aquel momento estoy involucrado de diversas
maneras.
El segundo momento se da en 2018.
Cursaba mi segundo año de la Maestría en Ciencias Sociales y Humanidades de la
Universidad Nacional de Quilmes. En paralelo trabajaba, y todo era cuesta
arriba; pensaba seriamente en abandonar. El día que Argentina pierde con
Francia en el mundial, angustiado como buen futbolero, necesitaba aferrarme a
algo. Justo había terminado de cursar un seminario de Historia de los Medios y
tenía que proponer un tema para el trabajo final. Ahí se me ocurre que, en
medio de la vorágine de los estudios de comunicación digital que siempre leo
con gusto, era necesario poner la mirada en la cultura impresa. La cultura
impresa no muere con la cultura digital, se reconfigura y sigue teniendo un
peso enorme en nuestras sociedades, más allá de lo que puedan decir los
vaticinios. Entonces armé un trabajo para el que entrevisté a los y las editores
y editoras de Perras Negras, Larvas Marcianas, Edunse, Los Inquilinos, Bellas
Alas, entre otros. Sin saberlo, fue el principio de mi trabajo de campo. Y
desde entonces, reflexiono con otros prácticamente a diario desde ese lugar
bifronte.
Tu trabajo se titula “La emergencia de un espacio editorial
independiente” (2009-2019), ¿podrías comentarnos cómo fue desandar la tarea de
investigación?
La tarea de investigación insumió
muchísimo tiempo: relevamiento de las prácticas de edición en la provincia, del
estado del arte en el campo de estudios del libro y la edición, mucha lectura,
pero más charlas y participación activa en muchos eventos. Yo cuento hasta las
cerveceadas en Utopía y otros espacios de sociabilidad literaria como parte de
la tarea. En ese camino, se tomaron algunas decisiones importantes. Una de
ellas fue la de recortar el objeto de estudio. Los casos con los que trabajo no
agotan ni las prácticas de edición de nuestra provincia ni su cultura
literaria, pero abordan variaciones significativas sobre lo que se entiende por
“independencia”, que es una noción polisémica, escurridiza y bien problemática.
Y que en Santiago cobra una especificidad propia -ya vamos a eso. Otra decisión
fue la de estudiar tanto revistas culturales como sellos editoriales
autogestivos, algo que por lo general evitan los investigadores de este campo.
Pienso que abordar experiencias como la de Los Inquilinos, Parlètre, Ojo al
Charqui -además de Umas y Samurai, que fueron revistas nacidas en el seno de
grupos que también se abocaron a la producción de libros- nos permite ver los
notables vínculos que existen entre los que hacen libros y revistas. En todos
los casos, salvo en Ojo al Charqui (2010-2011), los grupos hacedores tienen o
tuvieron un vínculo directo con algún sello editorial. Sin embargo, si vamos a
las trayectorias de Héctor Andreani y Gabriela Rocuzzo, que formaron parte de
Ojo al Charqui, vemos que luego de esa experiencia se ligaron de diferentes
formas a la producción de libros. No solo eso, juntos trabajaron para editar
WawqesPukllas, un libro de literatura juvenil en lengua nativa resultado de un
arduo trabajo con adolescentes bilingües de Figueroa, lo cual muestra que aun
en nuestra posición periférica -con relación al espacio editorial nacional, que
es a su vez periférico en el espacio transnacional- Santiago es centro de otras
periferias que ven obturadas la posibilidad de poner a circular sus literaturas,
saberes y visiones del mundo.
¿Cuáles son los hallazgos que consideras más significativos?
Me resulta difícil hablar de los
hallazgos más significativos de la investigación sin irme por las ramas. Haré
el intento. El trabajo es apenas una estación, la próxima es el doctorado,
donde trabajo con las últimas tres décadas del espacio editorial santiagueño en
toda su amplitud. Así y todo, creo que lo más importante tiene que ver con
poder mostrar lo que las estadísticas libreras nacionales invisibilizan
-Santiago no aparece o aparece dentro del ítem Otras provincias. Y con mostrar
que el famoso boom de editoriales independientes, tildado de nacional, fue un
fenómeno del AMBA que alcanzó en menor medida a otros centros del país como
Córdoba y Santa Fe. Este trabajo muestra que detrás de esos números y esas
creencias hay una trama de relaciones socio-materiales gigante con sus
particularidades y temporalidades, y que las miradas sustancialistas de los
objetos impresos sirven de muy poco. Hablemos de libros, plaquetas, revistas o
fanzines -que, dicho sea de paso, a veces tienen apariencias muy similares,
bajo las precarias condiciones de producción del espacio editorial
santiagueño-, todos estos artefactos son productos de relaciones sociales y a
su vez producen muchas otras. Dos de las dimensiones de análisis fueron las
sociabilidades y las estrategias de financiamiento de los proyectos. Para lo
segundo, la regla es que en lo económico casi siempre se pierde, pero en cuanto
a lo primero, se construyen redes de relaciones con agentes de otras provincias
-e incluso de otros países- y se establecen conexiones riquísimas con la
cultura literaria, con el circuito underground, la cultura universitaria y, por
supuesto, con el Estado y el mercado. De hecho, si hablamos de hallazgos
significativos, un posicionamiento moral común entre los editores
independientes santiagueños es el de la reivindicación de lo autogestivo en
concomitancia con la idea de no transar con el Estado. A diferencia de los
estudios pioneros de la edición independiente que muestran cómo muchos sellos
-la mayoría nacidos en el AMBA- nacieron como una respuesta a la
homogeneización propiciada por la financiarización de la industria editorial,
la edición independiente en Santiago es más la elección de alternativas a las
vías estadocéntricas de desarrollo, que son una opción que algunos proyectos
eligen con todo derecho. Hay que decir que la edición pública también ha
crecido mucho en la última década con la producción de Edunse y la
Subsecretaría de Cultura de la Provincia, tema en el que estoy empezando a
meterme de lleno ahora.
Otra dimensión de análisis fueron
las formas de construcción de los catálogos y las agendas. Aquí vemos una
diversidad de apuestas estéticas que tienen en común el cuidado por lo
material, lo visual y lo táctil, elementos que condicionan fuertemente la
recepción y la lectura. A su vez, en la mesa de un congreso me plantearon si se
podía hablar de catálogos teniendo en cuenta la acotada cantidad de títulos que
publican los sellos santiagueños. Y si bien considero que deben crearse mejores
condiciones para que la producción aumente y sea más visible, me permito poner
en duda esos exigentes criterios cuantitativos. Los catálogos son formas de
intervención política, son políticas culturales, políticas de la lengua y
políticas de lectura. Basta con que dos obras se encuentren en una colección
para que dialoguen entre sí y produzcan sentidos incontrolados por el mismo
editor. Y, además, ¿qué es un catálogo en la periferia? Lo que circula en
Santiago en el plano editorial -y sobre todo en cuanto a las industrias
culturales en general- casi siempre viene de otra parte, de Buenos Aires y de
otros centros, ¿por qué los once títulos de Larvas Marcianas, los cuatro de
Perras Negras, los siete de Umas o lo que llevan editado nuevos sellos como
Chernobyl, Tóxicxs, Piedra Madre o El dedo de Pumpido no conformarían un
catálogo?, ¿qué es entonces lo que estos proyectos han hecho? Ni hablar de
Barco, que tiene decenas de títulos publicados. O de Bellas Alas, que también
ha editado decenas de títulos, posicionándose desde otro lugar pero también
aportando mucho a la producción cultural santiagueña.
El trabajo también indaga en
algunas trayectorias significativas de editores. Es fascinante cómo el ingreso
al espacio tiene distintas vías y cómo la relación con la lectura y la
escritura en las biografías de los editores también exhibe diversidad y
singularidades interesantes. También es simpática -no deja de parecerme
gracioso- la alta participación de psicoanalistas, mayor que la de aquellos que
vienen de la formación en letras o comunicación. Por otra parte, vemos que es
dominante la presencia de sectores medios urbanos y en todos los casos los
editores han tenido un paso -concluso o inconcluso- por la universidad. También
es común que los editores se hayan ido a estudiar a otras provincias donde
vivieron experiencias en talleres u otros proyectos autogestivos, instancias en
las que se producen saberes prácticos que trajeron consigo al volver y que
quedaron para el resto del camino. Otra cosa importante ha sido la
sociabilidad digital, las nuevas condiciones sociotécnicas facilitaron no solo
la circulación de la palabra y el acceso a la información y el conocimiento,
sino también el encuentro entre personas que andaban queriendo lo mismo. Por
último, no quisiera desligar el fenómeno independiente del deseo de escribir y
publicar. Los editores son también escritores y lectores. Y las dificultades
para encontrar un espacio de visibilidad a veces pueden ser determinantes para
la aparición de estos proyectos culturales. De hecho, el espacio independiente,
que es poroso y difícil de delimitar, se caracteriza por la construcción de
espacios alternativos y la búsqueda de nuevos modelos de valoración. Claro que
lo que tiene en común con el polo heterónomo de la edición santiagueña es que
hay baja institucionalidad y problemas para definir árbitros que decidan qué es
lo legítimo.
¿En base a qué criterios surgió la delimitación del período de
investigación?
Como te decía, el trabajo sigue y
viaja más atrás en el tiempo. Estos recortes siempre tienen algo de arbitrario.
Decidí que sea en 2009 porque es el año en que se forma el grupo La Jeta
Literaria, que editó La antología Jetona (2010) y del que luego nace Perras
Negras (2011), el primer sello autogestivo de los recién llegados -recordemos
que Barco y Quipu vienen trabajando de mucho antes y siguen vigentes. Me parece
significativo ese hecho porque en la Jeta hubo una gran confluencia de agentes
y también un efecto rebote, personas que no se sumaron porque quisieron armar
la suya y que también fueron claves en lo que vino después. Además, en la Jeta
se produce toda una declaración de intenciones, se manifiesta la necesidad de
escribir de otra manera, mirar lo urbano y lo barrial, quitarle solemnidad a la
literatura. Toda una serie de posicionamientos morales y estéticos que tienen
peso a la hora de pensar los conflictos dentro del espacio editorial
santiagueño.
¿Cómo describirías el rol de las editoriales independientes en la
comunidad santiagueña?
Aportan a la bibliodiversidad, construyen espacios, canales y redes alternativos, complejizan la trama de relaciones, fortalecen el rol del editor -lo que se conoce como mediación editorial- y de otras figuras, como la del ilustrador y el diseñador, que participan de otra manera y son imprescindibles para las apuestas políticas de estos grupos. Y otra cosa, acentúan la dimensión social de la lectura y generan una intensa sociabilidad cara a cara, algo que enriquece y dinamiza la cultura.
¿Has podido conocer cómo fueron los inicios del trabajo editorial
santiagueño? ¿Quiénes fueron los pioneros en el trabajo?
Sobre el tema hay un trabajo excelente de Daniel Guzmán, Historia de las Revistas Culturales. Santiago del Estero, 1900-1950, editado por Bellas Alas, donde cuenta que la primera publicación literaria santiagueña se llamó El picaflor y fue iniciativa del periodista Luis Varela. Eso data de 1863. En el mismo libro se encuentran pistas sobre el mundo editorial de la primera mitad del siglo XX, aunque esté enfocado en las revistas culturales. Si pensamos en el rol camaleónico de los editores, que también ofician de escritores, gestores, correctores, diseñadores y de tantas otras cosas, creo que algunas de las figuras a destacar en ese sentido son las de Fortunato Molinari, Bernardo Canal Feijoó, Pedro Almonacid, Samuel Yusem y Francisco René Santucho. Imposible no pensar también en María Adela Agudo y Carola Briones, que editaron la revista de poesía Zizayán a mediados del siglo XX. Algo de esto está en el trabajo porque me parece que la mirada histórica de largo plazo siempre enriquece la investigación y, en este caso, es crucial para poner en valor lo que viene ocurriendo en Santiago hace más de una década, un movimiento que actualmente goza de mucha vitalidad y aun en las penosas condiciones económicas que atravesamos nos invita a mirar el futuro con buenas expectativas.
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