ESA MUJER. NOTAS SOBRE UN CUENTO DE RODOLFO WALSH

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Martes, 26 de Julio del 2022

ESA MUJER. NOTAS SOBRE UN CUENTO DE RODOLFO WALSH

Publicado por primera vez en 1965, el texto escenifica una conversación entre un periodista y un coronel en torno al destino del cuerpo embalsamado de una mujer a la que nunca se nombra. Se trata de Eva Duarte de Perón. Pero no lo dice. Utiliza en cambio el pronombre demostrativo Esa. La pregunta sobre la función de esta sustitución ha tenido muchas respuestas a lo largo de los años.                                  

 Iniciaré entonces señalando que Eva está implícita en el texto como una implicatura pragmática. Una información que el autor trata de hacer manifiesta sin expresarla explícitamente para que seamos los lectores quienes realicemos este esfuerzo, quienes mediante el proceso de inferencia lleguemos a la implicatura. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué Walsh quiere que hagamos este proceso? Una respuesta posible sería; para desinvertir el significante Eva de nuestros propios trapos, borrarnos como portadores de ese campo semántico que orbita alrededor de ella y ofrecernos literatura.

Eva, como cualquier objeto discursivo, no se presenta como una existencia en sí misma, sino que se constituye dentro de articulaciones discursivas. Por una parte, su valor performativo se define por el poder siempre derivativo que su figura representa socialmente y que se actualiza en la práctica reiterativa y referencial. En su enunciación o en su alusión este acto produce un efecto de actualización sobre un estado de cosas ya establecidas. Pero por otra parte, es a través de los desplazamientos significantes por donde el discurso también tiene la capacidad de construir y reconstruir sus propios referentes. El texto aquí aparece como un mediador que produce y actualiza la figura de un fantasma, una muerta que vive, en el sentido productivo del término, todavía es capaz de ser utilizada como un espacio de disputa, objeto de deseo de sus protagonistas. Walsh escribe Esa, no para negar el término Eva, sino para desplazarlo, para que aparezca de otra manera, como un sujeto amorfo de la enunciación, sugerido. Sobre ese sujeto amorfo Walsh coloca la fantasía del coronel. La función del vacío textual Eva sustituido por los pronombres personales es un desvío eficiente del autor porque logra construir en un segundo plano todo lo que no dice explícitamente.

Noe Jitrik (2019) afirma que lo que vale es la luz que se prende y no tanto aquello que ilumina. Una intermitencia, dice él, algo que aparece y se va, un intento de iluminación fracasado. La función de lo dicho es anclarnos ahí donde el objeto no está. Lo que se instala, en cambio, es otra cosa y es precisamente la dimensión de indecibilidad lo que impide el cierre del movimiento y motoriza el juego de sustituciones. De alguna manera es el artefacto textual el que nos mira y nos denuncia como carentes fascinados. En este sentido el cuento podría definirse no solo como una práctica social situada, sino también como una tecnología de la subjetividad que traduce, reconstruye y restituye el propio deseo.





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