ESTA TIERRA ES HERMOSA

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Sábado, 12 de Noviembre del 2022

ESTA TIERRA ES HERMOSA

El presente texto reune las palabras compartidas por Anibal Costilla con motivo de la presentación de la presentacion de "Paraje", de Carlos Aldazabal, en la 12° Feria del Libro en Sgo del Estero. 

El presente libro, “Paraje” del poeta Carlos Aldazábal, ganador del Premio “Olga Orozco" del Fondo Nacional de las Artes, 2021, del que tengo la suerte de ensayar un comentario, claro que de manera mínima y un tanto superficial, ya que su bella y misteriosa hondura merece un texto de alguien con mayor pericia en estas labores literarias, es inabarcable, dada la posibilidad inagotable de descubrir, en cada nuevo abordaje, un sinfín de tesoros hábilmente diseminados en el texto y que, cada vez, nos va dando pistas para conducirnos hacia lugares nunca antes explorados por la imaginación, impensadas artimañas para atraernos hacia la trampa, tal una serpiente que hipnotiza a su presa con un poder excesivo.

            En el primer poema, leemos:

            …la palabra escupió en mis ojos,

            y fue entonces cuando vi […]  

Y es en ese sentido que la palabra otorga la apertura de los ojos, escupe su saliva de luz, abrillanta la mirada y lava la oscuridad como un agua celestial o divina; además, autoriza al hombre (al poeta y a los otros) a ver el mundo con ojos nuevos, o renovados, en todo caso. De inmediato, pensamos en esa “revelación” a la que hace referencia, con gran certeza, María Rosa Lojo en el prólogo.

Esta idea que el poema refleja me hace pensar en el Evangelio de Juan 1, v.3, en ese prólogo magnífico que retoma la idea de la creación y de la Vida que ilumina a los hombres, cuando dice:

 “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra

   y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.”

No deja de ser interesante, además, la importancia del agua para el pueblo, el río generoso. El río permite el florecimiento excelso del monte, la majestuosidad se hace visible en su esplendor. El monte es dador de paz, a pesar de sus inextricables portentos, y de su aniquilación cada vez más despiadada por las garras de un capitalismo voraz y perverso. 

Pero también advertimos la presencia de la muerte. Los ojos que vigilan el débil equilibrio entre la vida y sus límites, su fin; sin embargo, da la impresión que sólo unos ojos, ajenos, estuviesen capacitados para percibir esa realidad que no todos pueden ver, ni nombrar, a pesar de compartir una lengua que se contrae hasta hundirse con la memoria de lo que fue y lo que quizás ya no pueda ser.

Por otro lado, los elementos naturales (la luna, el río, los árboles, etc.) son vistos con cautela, porque pueden beneficiar o perjudicar, de modos indistintos, el caminar en el mundo. Son mitologías del temor y la prudencia, una especie de sosiego ante lo misterioso.

Es claro que la metáfora propicia un movimiento íntimo e interno para intentar comprender los mecanismos vitales. Todo debe ser entendido a la luz de esa atmósfera de equilibrio, aunque de violencia quizás inminente. Será necesario implorar para evitar el desborde, para conseguir el perdón.


                       Fotografia de Luciana Cano

Al retomar la cuestión de los elementos de la naturaleza (del Cosmos) advertimos que son, a veces, implacables; la furia del sol lo es, al fin y al cabo. Para apaciguar esa violencia que suele atrapar lo vivo y abandonarlo a la intemperie de la muerte, se reza, se pide, se ruega o se implora. Existe, asimismo, la creencia de que si hay dulzura y rectitud en la palabra, tales virtudes funcionarían como un rito para devolver la piedad a lo superior, a las fuerzas que dominan la existencia.

A pesar de la presencia del miedo a la muerte, hay esperanza, porque el pasado fue un camino construido con sueños, con anhelos. Por ello, una voz nos dice y declara lo que abarcan no sólo sus ojos, sino su propia alma:

            “Esta tierra es hermosa.”

En ese aspecto, en “Eisejuaz” de Sara Gallardo, libro al que encuentro emparentado con este, hay un hermoso pasaje que dice: “Así lloré. El Señor movió el monte, y me sonrió”. Esa misma conmiseración hacia el pueblo que sufre, en este caso en el alma de Eisejuaz, Lisandro Vega, Éste también, tal su nombre, se observa en cada verso de este libro magistral de Carlos Aldazábal.

Además, el monte tiene un espíritu que enseña, dicta leyes, promueve con su decir y explica los misterios que rodean a la Naturaleza. También advierte, o le hace vivir el sentimiento de agonía a quien puede soportar las imágenes que manifiesta la muerte misma en su desquiciada dimensión.

Por suerte, existen los mensajeros. Estos alertan y alientan la salvación, la supervivencia, y permiten el desafío ante los duros embates de la realidad.

Aunque todas las cosas sobre esta tierra, sobre este peculiar paraje ancestral, tienen dueño, un espíritu que orienta el devenir desde el interior de esas mismas cosas, habilita la conexión y la comunicación con el hombre, para guiarlo, para adiestrar su intuición y los modos de permanecer, de la manera más esperanzada posible.


 Fotografia de Luciana Cano

Compartimos tres poesias de "Paraje" de Carlos Aldazabal.


         Carancho (Ahutsaj)

 

¿Era yo ese cadáver que te alimentaba
en el camino polvoriento?
Recuerdo el juego de esconder el corazón,
el juego de correr hasta perdernos en el monte.
¿Éramos nosotros bajo las garras del carancho?
Quise asustar la soledad apostando mi nombre,
y mi nombre secreto apareció en tu boca
y tu nombre me fue dicho en esa niebla
hasta que te revelaste, cazadora furtiva en este juego.
Ahora, desde un árbol somos observados
y nuestros cuerpos yacen bajo la sombra del incienso,
ofrendas en el monte para el pico y las garras,
para los ojos que miran y que ven
el perfecto equilibrio de la vida y la muerte.


 Pasionaria (Samokitaj)

 

Nubecita que llovés en mis ojos,
ventisca que escupís el arenal para que vea,
así te encuentro, mensajera del furor
y me desarmo en gorjeos,
como si un pajarito te cantara.
Después viene el enojo,
el hombro levantado de la ternura
que me hace desbaratar la previsión,
y luego del enojo, pastizal comido por el fuego,
la delgada inocencia de una boca que dice:
“Cantorcito desalmado que me hacés de tu séquito,
yo te enciendo en la ventisca arenosa
para que me veás y logrés encontrarte,
esforzado rastreador, vos que no sabés de tu presa
más que el sonido de las ranas, el sonido de la tormenta,
esa que viene, agua de río, para hacerte escarmentar”.

 


 Luna (Iwela)

 

Otra vez la palabra escupió en mis ojos
y entonces vi a la luna, ladrona de almas,
reteniendo la risa de los niños,
la pena de los niños,
los huesos de los niños
y también sus canciones.

 

 
Entonces le imploré:
“Luna, señora de luz blanca,
ese niño que lleva de la mano,
ese niño que lleva del pescuezo,
esa mujer llorona y desvalida,
ese anciano quejoso,
esas almas que pueblan sus praderas,
deben volver, Señora”.

 
 
Y todas las almas cantaron a la luna
para que la luna duerma,
y fue pesado el sueño de la luna,
y fue sutil la marcha de las almas.

 
Entonces viste el mundo,
pequeña bendición salvada de la luna.
En los brazos de tu madre pudieron verte todos,
y en mis ojos abiertos de palabra tu risa iluminó mi oscuridad.

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