FRACTURA
Propongo comenzar con
el título, contundente y provocador por cierto, de este libro intenso de Julio
Salgado. Permite varias lecturas, pero nos limitaremos en ellas. Toda fractura
es quiebre que podemos relacionar con el lenguaje poético del autor, que se
agudiza en este libro. Pero, la fractura también es una apertura y, como tal, convocante
para investigar qué hay del otro lado. A la luz del poemario, la fractura se
manifiesta como un verdadero umbral o lugar de pasaje de un espacio a otro
espacio, el que contiene esa oquedad donde perdura oculto lo deseado por el
poeta. De lo oscuro del mundo a los enigmas del misterio que no deja de emitir
señales que el poeta no elude y lo mantienen alerta. Son las que alientan y
alimentan su vocación – vocatio, llamado
- por la Poesía, su Amada. Memoria y olvido, en un continuo acontecer de la
apertura, infieren constantemente en el presente y en el futuro, protegiendo al
pasado de ser totalmente develado.
Salgado percibe, indaga
e interpela. Vértigo y vibración condensan y sugieren imágenes, pinceladas,
desde ese registro exploratorio asentado en el éxtasis que produce el
detenimiento. Moroso detenimiento en la aventura de avanzar, como el enamorado,
por el camino hacia lo prometedor pero incierto, donde habita la amada. De allí
el pronunciamiento de su canto que brota de lo profundo de sí, como en las aves
canoras: “Vean volar zorzales (…)/ Oigan/
bajo el terrón de sus pechos/ la oda ardiente de la magia.” (p.27) El canto es el fruto nacido del amor y cuando acontece,
sabemos que se ha instalado el Absoluto en la magia de la Poesía.
Salgado recupera
imágenes que devienen epifanías. Iluminaciones que urden y traman su poesía
desde la fractura-apertura, fase liminal necesaria del pasaje a esa realidad
siempre presentida pero que nunca se logra poseer totalmente. Espacio al que va
y del que retorna con ciertas comprobaciones: “Vuelvo del otro lado/ como la lengua que fue otro ojo de los ciegos./ Lo
insondable. La poesía que vive junto al pan/ o una granada” (p. 30) El
Poeta es el que tiene la verdadera capacidad de ver.
En la poesía de Salgado
se borran los márgenes del espacio y el tiempo y éste, a su vez, pierde su
unidad. Las imágenes se activan como profecías que debemos capturar antes de que
resplandezca otra visión, pinceladas que iluminan el misterio. La conversión de
una imagen que viene del pasado se manifiesta hacia el futuro, desde un presente
donde adquiere un matiz que no estaba pero que ahora se patentiza. Apenas
accedemos a la visión, ésta se transforma en otra, transmitiendo la magia del
movimiento fluvial que nos motiva a sumergirnos en esa zona múltiple de
vivencias y percepciones, vinculadas a su tierra natal y oracular: Frías, en
Santiago del Estero.
Enlaces de fluidos
recalan en espacios oníricos. Sensaciones, fugacidades que salen a la luz, al
oído y la sensualidad, al olfato y al movimiento. El poeta, el pecador ante la
Amada, necesita ofrecerle protección : “Yo
seré tu parquero/ El blasfemo. (…) Magna es tu silueta/ Llevada por las sombras/ Antes que llueva./ Eres la incierta /
Hecha del cloroformo/ Y el terciopelo del reptil/ Que nos acerca” (p. 20).
La Poesía, la incierta y, a veces, la maga, pero la que siempre hace posible la
apropiación de un nuevo nivel de realidad.
Cuando Salgado percibe
que la Poesía lo abandona, dice: “Hay
visiones que se despiden de mi cuerpo./ El repentino estrago que producen cerca
del corazón /caos en la boca.”
(p.28) Estos versos expresan que la Poesía es una con su ser carnal, pero su
abandono ocasiona la reaparición de las palabras cotidianas, las que no dicen,
vanas por lo estériles, lo cual también habla del espacio dicotómico en el que
está instalado el poeta, entre el Mundo y la Poesía, como ya lo habíamos
expresado en un ensayo sobre su obra.
El poeta es el amante iluminado
por Eros, su guía, de ahí los poemas transidos de deseo. Deseo de posesión que
se manifiesta con resplandores vivos, como luciérnagas. En el comienzo de Preguntas (p.9) hay indicios al
respecto: “Me preguntaron si conocía la
Poesía de las aves canoras./Pensé
apareo siringa calculando las
cuentas de un rosario.” Versos que nos guían al mito de la ninfa Siringa y
el semidiós Pan, quien la amaba y estaba obsesionado con poseerla, pero ella
huyó y con la ayuda de sus hermanas, fue convertida en cañaveral. Pan sólo pudo
abrazar las cañas con las que construyó una flauta. El deseo amoroso, la pasión, se transformó en
música, la Armonía, el Absoluto.
Retomando a nuestro poeta, el amante es el deseante que acude
a las señales de la Amada, a la siempre furtiva revelación que le acerca
atisbos del Absoluto. Ya Platón, a través de Sócrates en su diálogo con Fedro, expresó
que los poetas no pueden andar el camino de la Belleza sin que Eros los
acompañe y les sirva de guía.
Instantes, desvelos del alma con la experiencia poética que
siempre está renaciendo en el amor por el canto. Mientras las notas del canto
se demoren en los campos y los ríos, entre las montañas y los árboles, en el
fluir de las galaxias y en los mares, resta una esperanza para los mortales,
pues el canto preserva en su origen inmemorial –para quienes sepan escucharlo-,
la huella de lo sagrado, los acordes de la lira de Orfeo.
Cuando leemos los poemas de Salgado advertimos que estamos ante uno de los escasos poetas que, – parafraseando a Hölderlin -, poéticamente habita la tierra.
