LA ABOGACIA, EL TRABAJO Y LA MILITANCIA FEMINISTA

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Domingo, 31 de Mayo del 2020

LA ABOGACIA, EL TRABAJO Y LA MILITANCIA FEMINISTA


En este humilde intento de nota de opinión, vengo a proponer ciertas reflexiones que nos incumben desde las individualidades, pero como todo, estas percepciones cuanto más personal las sentimos terminan siendo ineludiblemente de carácter político y colectivo.

Me situó y escribo desde el lugar de mujer, abogada, feminista y militante popular, y es desde ese espacio de donde parto para pensar algunas estructuras planteadas como formales y estáticas para aportar a construir una idea cuanto menos remota de lo variable y contingente.

Saliendo de la universidad, formadxs desde los inicios en carreras individualistas, unipersonales y/o de sociedades claras y competitivas, nos golpeamos con realidades que difieren enormemente con lo leído en enormes libros. Una realidad en la que no todxs somos iguales y donde parece un mito la idea de que todxs tenemos los mismos derechos (o las mismas posibilidades de acceso). Así las cosas, para algunxs, claro que no todos, comienza una primera ruptura entre lo que pensamos seria “el trabajo de nuestras vidas” enfrentados a  situaciones que escapan de los libros, los códigos de procedimiento, incluso muchas veces del sentido común. Ese Poder Judicial, promocionado como el Poder Estatal reservado para lxs abogadxs, termina siendo un espacio factible de acceso para unxs pocxs, de largos procesos, ilegibles resoluciones e inentendibles medidas, casi siempre contra los sectores populares y postergados.

Ante tal crisis entre lo ideal y lo real, algunxs decidimos accionar, modificar, romper, crear. Dentro del crisol de posibles desenlaces ante la diyuntiva, es unirnos a la lucha social, tomar aquello recibido y aprehendido y ponerlo a disposición como herramienta de cambio. Pensarnos desde el ejercicio del derecho para introducir modificaciones en el hacer y el pensar para  ir dando otra impronta al trabajo que realizamos. Reflexionar sobre qué significa en la vida de las personas nuestras intervenciones, como poder ir generando de manera colectiva  y horizontal un saber popular que incluya a todxs y que permita el efectivo cumplimiento de los derechos como así también romper con la idea de lo imprescindible de nuestra presencia en toda cuestión judicial.

Ese camino que algunxs hemos elegido, imitando a muchos que nos preceden e inspiran, requiere una militancia que ponga a su servicio nuestra fuerza de trabajo. Militancia que se lleva no solo de nuestro tiempo, energías, ideas y compromiso, sino también  la famosa posibilidad de productividad. Aquí puedo identificar una segunda ruptura desde donde pretendo que podamos interpelarnos, desde un ejercicio de la profesión como un medio para garantizar el acceso a la justicia a los sectores vulnerables y el costo económico que ello nos representa. 

Seguramente no sea a la única profesión que esto le ocurra, pero es de ahí donde puedo opinar, desde donde puedo observar a otrxs colegas y puedo plantearme ciertos interrogantes. Es decir, poder disociar la militancia de aquello que genera nuestros ingresos económicos, es un lujo que no todos podemos darnos. Pareciera un tema tabú poder hablar abiertamente de ello o algún tipo de  sacrificio que  corresponde dar por el privilegio de la acceder a la educación universitaria. Y así las explicaciones que debemos darnos y darles a quienes de lugares más cómodos nos reclaman. Como lo dije al principio, no tengo ideas cerradas y concretas sobre esto pero sí creo que es un debate que debiéramos darnos, desde la sinceridad de que las necesidades personales son también parte del problema del colectivo. Pensar en una militancia rentada tiene una idea de sacrilegio, pero dada la coyuntura nacional e internacional, en el sentido social y económico, me parece una de necesaria reflexión, para evitar que los más fuertes ideales se vayan diluyendo en  mil excusas.

Y por último pensar este camino profesional un poco turbulento en una tercera y fundamental ruptura, que es el ejercicio de una profesión esencialmente machista y misógina. Como nos introducimos en este mundillo y salimos ilesas es una receta que no conocemos, pero que sin duda estamos buscando a base de prueba y error para que este proceso sea cada vez menos violento. Aliarse, buscarse, encontrarse e identificarse con otras mujeres abogadas es la parte en donde muchas preguntas encuentran respuesta. Porque trabajamos en esto, para que lo hacemos, que esperamos y que estamos dispuestas a dar para que ello ocurra. Trabajar y militar con mujeres y para mujeres es una experiencia mágica, por eso seguramente nos gusta percibirnos Brujas. Por que como todo aquelarre, el de las abogadas feministas, es un espacio donde nos permitimos deconstruir todas las ideas impuestas, construir contantemente conocimiento colectivo, espacio donde nos acompañarnos amorosamente y nos contenemos para poder enfrentar  procesos judiciales injustos y violentos para con las mujeres. Nuestro aquelarre es en donde de manera permanente nos invitamos a pensarnos desde las experiencias personales y donde aprendemos a sobrellevar las contradicciones propias de la generación de transición a la que pertenecemos. En este sentido y fortalecida por el encuentro con ellas, mis compañeras, es que pienso que debemos interpelarnos en la profesión desde otro lugar, desde otras formas y desde la aplicación de la perspectiva de género en todos los procesos que nos toque intervenir.

Vivir, trabajar y militar es una constante toma de decisiones, que tipo de abogacía ejercer, desde que lugar lo hacemos, como vivimos de ello y como aportamos para que los conceptos e ideales democráticos se vuelvan una realidad cotidiana, es una tarea a la que no debería ser posible escaparnos.




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