LA CANCIÓN QUE NO CESA

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Domingo, 19 de Marzo del 2023

LA CANCIÓN QUE NO CESA

En la pasada feria del libro (2022) he tenido el privilegio de presentar el último poemario de Alejandro Carrizo, Perros locos llenos de lluvia; desde aquella noche he sentido, con intermitencias, la necesidad de reseñar la obra del autor jujeño.   

Para quienes el hábito de lectura es indisociable de la música, sepan que el poeta recomienda enfáticamente leer el libro con el acompañamiento del disco de Hugo Díaz, Summertime. 

Por confesión del autor, y por asociaciones lógicas para quienes rumbean por la poesía Beat, el título del libro es deudor de un verso de Allen Ginberg, de su célebre poemario Aullido. Pero este poemario tiene tantos Perros locos llenos de lluvia como iguanas del monte. Es un tributo que responde a un culto—o autor de— pero que, entre escena y escena, se cuela un tótem, tan nuestro, que hace de la ofrenda un acto de celebración en espejo: al referente poético urbano por un lado, al  referente telúrico, igual de poético, por otro.    

 

El poemario comienza así: 

Un pavo real emplumo el aire

el día que murió Allen Ginsberg

nos dejó un mandato 

               (como la abuela talé:

roben el vuelo de los tojo cabeza colorada

el sediento tiene víboras en los ojos 

Se comerá el mundo (no hay más tiempo

 la iguana de la siesta va por las venas

 con su cola escribe poemas urgentes 

 

Puedo hacer extensiva—a Allen Ginsberg— esta idea de que los clásicos adquieren versión definitiva con otras generaciones. En este sentido Ginsberg se perfecciona con Carrizo, el aullido de los perros locos, con el silencioso andar de las iguanas. 

Dice Santiago Sylvester que  Baudelaire fue un poeta moderno sin haber roto el encanto de los poetas antiguos. Del mismo modo, creo que Carrizo ha logrado forjar una escritura poética de vanguardia, sin alejar la mirada de quienes sembraron en el pasado las fuerzas de apoyo, un “cuidar la espalda” del acto poético moderno, que le permite amarrarse al hilo que une la palabra con lo esencial; el destiempo de la belleza que amalgama el ayer, hoy y mañana.  De allí los reconocimientos a los poetas y artistas que admira, en casi la totalidad de los poemas. 

Entre los pliegues de su propuesta poética se cuela un uso particular de los paréntesis, como aperturas que prometen el incesante viaje al encuentro de la forma, y su falta de cierre, más que indicar la frustración en el intento, nos deja la sensibilidad del viento que perfora una puerta, ya abierta para siempre.     

Al respecto nos dice María Eduarda Miranda: “el paréntesis sin cierre proyecta la idea-imagen más allá de los límites del poema. Como una música de fondo del mundo, permanente”. 

La poesía de Alejandro Carrizo tiene la secuencia de una tarde esperada de lluvia: sentimos el olor del agua próxima, el trueno que precede y acompaña al derrumbe, el chapoteo irregular sobre las chapas, el aroma de la tierra que se moja y nos roba el olfato; pero al finalizar, junto a la experiencia del goce, nos queda la mirada perdida en las nubes, como si unas gotas de más no estarían de sobra, y configurar así, en su totalidad, el éxtasis poético.  Ahí nos enfrentamos a la trampa y Carrizo afirma con contundencia: ser poeta es como llover, nunca alcanza.

Volviendo a esta idea del paréntesis, de los sonidos, los ripios; dice Susana Thenon, en sus cartas a Renata Tritel: 

“En cuanto a las transgresiones gramaticales y sintácticas, ellas se deben a una voluntad precisa de reconstruir (o deconstruir) una especie de pensamiento pre-verbal que intuyo existe antes del estado verbal. Son como poemas en bruto, previos al estado de palabra. Esto trae como resultado la paradoja de que se necesita una gran elaboración gramatical y sintáctica. Para destruir algo es necesario que ese algo este allí (bien hecho)” 

En el poemario, Carrizo nos entrega la fórmula de todo poema: la letra p multiplicada por  f- en griego- elevada al aliento. Es el único paréntesis que cierra. Será porque una formula tiene menos proyección que la poesía, la cual no tiene ataduras,  trasciende el papel. No hay paréntesis que obture a la musa de la siesta.  

En perros locos llenos de lluvia hay poemas urgentes, escritos por iguanas con su cola, y también versos con referencias claras a los procesos históricos colectivos, a personas que participaron de las utopías tristemente inconclusas.  Hay muchas cosas urgentes como "...acribillar a carcajadas sobre una guitarra gastada de amaneceres"; hay homenajes y retrospectivas, la nostalgia de un pasado que habita entre verso y verso, como un tallo que puja hacia el país de la memoria. Hay un uso político del género. El poeta dice “ LAS POEMAS…pondrán sus iguanas a poemar/ aquí tienen mi cuerpo

 El poeta canta sobre la pus de los economistas/ se agotaron las hipocresías están deshilvanadas/ a los ventrílocuos le crecieron flores en/los dientes la poema metió su virus ahí…

Y en el remate agrega: Somos la inherencia de las iguanas que cantan /cantan cantan con Roque Dalton porque es hora de establecer el grito.

En otros versos, de impronta similar,  afirma:   Paco urondo es un sapo que va a renacer con la próxima lluvia o con la otra, lo presiento. 

Es un poemario con muchas dedicatorias: A poetas rabdomantes, rastreros, guerrilleros, luchadores. Introduce la palabra “socan”: poetas que responden a los intereses del pueblo hasta entregar su vida. Los poetas socan, y refiere en un anexo aclaratorio que el uso de esa palabra, en el contexto del poema, es atribuido a LEONEL RUGAMA, caído en combate en Nicaragua, a quien le piden que se entregue y el responde “que se rinda tu madre”, frase luego adoptada por el pueblo en su guerra revolucionaria. 

Esos mismos poetas que socan odian a los poemustios, las cartas de amor y las certezas recalcitrantes de los autoayudantes.

Por contraste los poetas rabdomantes y poetas rastreros:  

…fueron a vivir la poesía lejos de las academias/los veo alucinados por las noches saltando de techo en techo riéndose por las dudas (rodara su corazón sabiendo que no ganaran nada/ comerán de la nada/ iguana de la siesta iguana iguana

 En un poema dedicado a las madres de plaza de mayo, carrizo nos dice: 

 los asesinos aprendieron a temerles su

 ternura asusta sus pies cansados interpelan

 se saben locas locas de amor

 y se levantan cada mañana con el

silencio de los árboles en sus

vestidos 

ellas son 

la canción que no cesa

Vuelvo a Santiago Sylvester, quien afirma de Rimbaud: “ejerce su poesía una violencia sin indignidad, sin suciedad”. Del mismo modo En perros locos de lluvia hay poemas que nos llegan con el embate de la palabra muchos años silenciada, con el ansia de gritar una verdad que configure la vida de los márgenes históricos,  artísticos y sociales. El mismo Sylvester afirma de este  poemario que  “no hay dudas de que es del norte, pero no por decoración sino porque el paisaje se cuela como un ventarrón, hay una manera de estar, una respiración” 

Decir una manera de estar es también decir Rodolfo kusch, el  mero estar capaz de poner en cuestión la linealidad de la vida bosquejada por occidente; un modo de supervivencia y acomodación al ámbito americano, norteño podría agregar. El trasfondo vegetal del continente, la irrupción de lo autóctono, su flora, fauna y al hombre inmerso en el paisaje, su palabra e imagen, su restablecimiento por acatamiento al sentido de la tierra. Entender la “ensambladura del mundo".

El libro de Alejandro Carrizo comienza con un epígrafe de Libertad Demitrópulos: cada día es víspera.

Las iguanas de Carrizo nos ayudan a eso, a preparar la mañana elemental dónde se reúnan los muertos amados, la esperanza suspendida y los amores jurados. La fraternidad del verso y el mundo.  Una vez que terminen, los Perros locos llenos de lluvia  nos dirán  su aullido y la siesta —como una revolución— será nuestra. 

 



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