LA CANCIÓN QUE NO CESA
En la pasada
feria del libro (2022) he tenido el privilegio de presentar el último poemario
de Alejandro Carrizo, Perros locos llenos
de lluvia; desde aquella noche he sentido, con intermitencias, la necesidad
de reseñar la obra del autor jujeño.
Para quienes el
hábito de lectura es indisociable de la música, sepan que el poeta recomienda enfáticamente leer el libro con el
acompañamiento del disco de Hugo Díaz, Summertime.
Por confesión del
autor, y por asociaciones lógicas para quienes rumbean por la poesía Beat, el
título del libro es deudor de un verso de Allen Ginberg, de su célebre poemario
Aullido. Pero este poemario tiene
tantos Perros locos llenos de lluvia
como iguanas del monte. Es un tributo que responde a un culto—o autor de— pero
que, entre escena y escena, se cuela un tótem, tan nuestro, que hace de la
ofrenda un acto de celebración en espejo: al referente poético urbano por un
lado, al referente telúrico, igual de poético, por
otro.
El poemario
comienza así:
Un pavo real emplumo el aire
el día que murió Allen Ginsberg
nos dejó un mandato
(como
la abuela talé:
roben el vuelo de los tojo cabeza colorada
el sediento tiene víboras en los ojos
Se comerá el mundo (no hay más tiempo
la iguana de la
siesta va por las venas
con su cola escribe
poemas urgentes
Puedo hacer
extensiva—a Allen Ginsberg— esta idea de que los clásicos adquieren
versión definitiva con otras generaciones. En este sentido Ginsberg se
perfecciona con Carrizo, el aullido de los perros locos, con el silencioso
andar de las iguanas.
Dice Santiago
Sylvester que Baudelaire fue un poeta moderno sin haber roto el encanto
de los poetas antiguos. Del mismo modo, creo que Carrizo ha logrado forjar una
escritura poética de vanguardia, sin alejar la mirada de quienes sembraron en
el pasado las fuerzas de apoyo, un “cuidar la espalda” del acto poético
moderno, que le permite amarrarse al hilo que une la palabra con lo esencial;
el destiempo de la belleza que amalgama el ayer, hoy y mañana. De allí
los reconocimientos a los poetas y artistas que admira, en casi la totalidad de
los poemas.
Entre los
pliegues de su propuesta poética se cuela un uso particular de los paréntesis,
como aperturas que prometen el incesante viaje al encuentro de la forma, y su
falta de cierre, más que indicar la frustración en el intento, nos deja la
sensibilidad del viento que perfora una puerta, ya abierta para
siempre.
Al respecto nos
dice María Eduarda Miranda: “el paréntesis sin cierre proyecta la idea-imagen
más allá de los límites del poema. Como una música de fondo del mundo,
permanente”.
La poesía de
Alejandro Carrizo tiene la secuencia de una tarde esperada de
lluvia: sentimos el olor del agua próxima, el trueno que precede y
acompaña al derrumbe, el chapoteo irregular sobre las chapas, el aroma de la
tierra que se moja y nos roba el olfato; pero al finalizar, junto a la
experiencia del goce, nos queda la mirada perdida en las nubes, como si unas
gotas de más no estarían de sobra, y configurar así, en su totalidad, el
éxtasis poético. Ahí nos enfrentamos a la trampa y Carrizo afirma con
contundencia: ser poeta es como
llover, nunca alcanza.
Volviendo a esta
idea del paréntesis, de los sonidos, los ripios; dice Susana Thenon, en sus
cartas a Renata Tritel:
“En cuanto a las
transgresiones gramaticales y sintácticas, ellas se deben a una voluntad
precisa de reconstruir (o deconstruir) una especie de pensamiento pre-verbal
que intuyo existe antes del estado verbal. Son como poemas en bruto, previos al
estado de palabra. Esto trae como resultado la paradoja de que se necesita una
gran elaboración gramatical y sintáctica. Para destruir algo es necesario que
ese algo este allí (bien hecho)”
En el poemario,
Carrizo nos entrega la fórmula de todo poema: la letra p multiplicada por
f- en griego- elevada al aliento. Es el único paréntesis que cierra. Será
porque una formula tiene menos proyección que la poesía, la cual no tiene
ataduras, trasciende el papel. No hay
paréntesis que obture a la musa de la siesta.
En perros locos llenos de lluvia hay poemas
urgentes, escritos por iguanas con su cola, y también versos con
referencias claras a los procesos históricos colectivos, a personas que
participaron de las utopías tristemente inconclusas. Hay muchas
cosas urgentes como "...acribillar a
carcajadas sobre una guitarra gastada de amaneceres"; hay
homenajes y retrospectivas, la nostalgia de un pasado que habita entre verso y
verso, como un tallo que puja hacia el país de la memoria. Hay un uso político
del género. El poeta dice “ LAS
POEMAS…pondrán sus iguanas a poemar/ aquí tienen mi cuerpo
El poeta canta sobre la pus
de los economistas/ se agotaron las hipocresías están deshilvanadas/ a los
ventrílocuos le crecieron flores en/los dientes la poema metió su virus ahí…
Y en el remate
agrega: Somos la inherencia de las
iguanas que cantan /cantan cantan con Roque Dalton porque es hora de establecer
el grito.
En otros versos, de impronta similar, afirma: Paco urondo es un sapo que va a renacer con la próxima lluvia o con la
otra, lo presiento.
Es un poemario
con muchas dedicatorias: A poetas rabdomantes, rastreros, guerrilleros,
luchadores. Introduce la palabra “socan”: poetas que responden a los
intereses del pueblo hasta entregar su vida. Los poetas socan, y refiere en un
anexo aclaratorio que el uso de esa palabra, en el contexto del poema, es
atribuido a LEONEL RUGAMA, caído en combate en Nicaragua, a quien le piden que
se entregue y el responde “que se rinda tu madre”, frase luego adoptada por el
pueblo en su guerra revolucionaria.
Esos mismos
poetas que socan odian a los
poemustios, las cartas de amor y las certezas recalcitrantes de los
autoayudantes.
Por contraste los
poetas rabdomantes y poetas rastreros:
…fueron a vivir la poesía lejos de las
academias/los veo alucinados por las noches saltando de techo en techo riéndose
por las dudas (rodara su corazón sabiendo que no ganaran nada/ comerán de la
nada/ iguana de la siesta iguana iguana
En un poema
dedicado a las madres de plaza de mayo, carrizo nos dice:
los
asesinos aprendieron a temerles su
ternura asusta sus
pies cansados interpelan
se saben locas locas
de amor
y se levantan cada
mañana con el
silencio de los árboles en sus
vestidos
ellas son
la canción que no cesa
Vuelvo a Santiago
Sylvester, quien afirma de Rimbaud: “ejerce su poesía una violencia sin
indignidad, sin suciedad”. Del mismo modo En
perros locos de lluvia hay poemas que nos llegan con el embate de la
palabra muchos años silenciada, con el ansia de gritar una verdad que configure
la vida de los márgenes históricos, artísticos
y sociales. El mismo Sylvester afirma de este poemario que “no
hay dudas de que es del norte, pero no por decoración sino porque el paisaje se
cuela como un ventarrón, hay una manera de estar, una respiración”
Decir una manera
de estar es también decir Rodolfo kusch, el mero estar capaz de poner en
cuestión la linealidad de la vida bosquejada por occidente; un modo de
supervivencia y acomodación al ámbito americano, norteño podría agregar. El trasfondo vegetal del continente, la irrupción de lo autóctono, su
flora, fauna y al hombre inmerso en el paisaje, su palabra e imagen, su restablecimiento por acatamiento al sentido de la
tierra. Entender la “ensambladura del mundo".
El libro de
Alejandro Carrizo comienza con un epígrafe de Libertad Demitrópulos: cada día es
víspera.
Las iguanas de Carrizo nos ayudan a
eso, a preparar la mañana elemental dónde se reúnan los muertos amados, la
esperanza suspendida y los amores jurados. La fraternidad del verso y el
mundo. Una vez que terminen, los Perros
locos llenos de lluvia nos dirán su aullido y la siesta —como
una revolución— será nuestra.