LA DESIGUALDAD Y LA CRISIS EN TIEMPOS DE PANDEMIA
Un
primer efecto interesante de la pandemia sobre la economía es la amnesia
producida sobre la memoria colectiva con respecto a los problemas que
atravesaba el mundo y la región antes de la aparición de este cisne negro. La
pandemia ha sido tan traumática que resulta dificultoso pensar en otras
urgencias. Sin embargo, estos problemas permanecen latentes y tarde o temprano
volverán a emerger sus consecuencias.
En
economía, uno de los fenómenos que más centralidad adquirió en los últimos años
es la desigualdad. Desde 1980-1990 esta última ha aumentado en prácticamente
todas las regiones del mundo y atrae cada vez más la atención de académicos,
políticos, periodistas, etc. Branko Milanovic muestra cómo el aumento de la
desigualdad trae aparejado dinámicas destructivas (revoluciones, revueltas
sociales y guerras). En este sentido, en el escenario prepandémico estaba muy presente
la preocupación por el ascenso de la extrema derecha en el mundo y por la
emergencia de fuertes conflictos sociales. Vale recordar la violencia desatada
en las calles de distintos países latinoamericanos durante 2019, como Chile o
Bolivia. Cabe preguntarnos qué ocurrirá con la desigualdad y sus dinámicas
destructivas una vez que retorne la “normalidad”.
¿Salud o economía?
Una dicotomía que rápidamente se presentó durante los primeros días de circulación
del Coronavirus SARS-CoV-2 es el trade off entre salud y economía. Según
algunas voces, el gobierno nacional debía elegir entre privilegiar una de estas
dos dimensiones. Sin embargo, es importante tener en cuenta que si bien las
políticas implementadas por los gobiernos tienen efectos sobre la cantidad de
muertos por COVID-19 y sobre el rendimiento de la economía, existen muchas
variables que de manera interrelacionada terminan determinando los resultados.
Por ejemplo, es importante considerar el estado de la economía previo a la
pandemia, la densidad demográfica, la proporción de población urbana, los
hábitos sociales de la población, entre otras.
¿Cuáles
fueron los resultados? En estos momentos, Argentina se encuentra entre los veinte
países con mayor cantidad de muertos por millón de habitantes debido a COVID-19.
Considerando esta variable no se puede afirmar que estamos frente a un caso
exitoso en el frente sanitario. El efecto más importante de la temprana
cuarentena que atravesó el país fue evitar el colapso del sistema de salud,
cuestión no menor. Por otro lado, en términos de caída del producto, la
economía argentina es, según estimaciones provisorias del FMI, la de peor
rendimiento después de España y Perú, con una contracción de 12,3% interanual. Sin
embargo, la nueva ola que azota al hemisferio norte está generando
reordenamientos en estos rankings, de allí que para llegar a resultados más
concluyentes es necesario esperar al final de la película.
Es
importante matizar este dato ya que, a diferencia de otros países, el nuestro
venía de una crisis autoinfligida desde 2018. Así, la caída del 12,3% en 2020
incluye contracciones de la actividad económica en los primeros meses del año,
cuando aún el virus no había comenzado a circular. Asimismo, la gestión
económica logró sortear con éxito dos procesos críticos: la negociación con
parte de los acreedores de la deuda pública y la corrida cambiaria que llevó el
precio del dólar informal a 195$. Si los pronósticos de default, brusca
devaluación o hiperinflación de los irresponsables de siempre hubieran
ocurrido, la caída del producto hubiera sido mucho mayor. Además de esta
variable, es fundamental considerar otras para realizar un diagnóstico más acabado
del frente económico, cuestión que abordaremos a continuación.
La crisis en perspectiva histórica: contracción del PBI,
desempleo y pobreza
Argentina
atravesó numerosas crisis económicas a lo largo de su historia. Julián Zícari
indica que desde 1860 ocurre una crisis cada 10 años y que el factor común de
todas ellas son los problemas en el frente externo. Sin embargo, no todas tuvieron
los mismos efectos ni similar intensidad. Tomaremos una de las peores crisis
que atravesó el país, la del 2001, para poner en perspectiva lo que acontece en
el presente.
En
primer lugar, la contracción proyectada para 2020 del producto en un -12,3% es levemente
superior a la del 2002 (-10,9%). Por ende, estamos frente a una de las caídas
del PBI más fuertes de la historia. En segundo lugar, la desocupación llegó al
13,1% durante el segundo trimestre de este año (en el tercero la cifra fue de
11,7%), cuando en los trimestres anteriores se encontraba en valores cercanos
al 10%. Es decir que, en el peor momento, hubo un crecimiento de 3 puntos
porcentuales en el desempleo. En comparación, durante la crisis de 2001 la tasa
de desocupación llegó a un máximo de 21,5% y aumentó aproximadamente 10 puntos
porcentuales. En tercer lugar, el 44,2% de las personas en Argentina se
clasificaron como pobres en el tercer trimestre de este año según un informe de
la UCA, un valor 3,4 puntos porcentuales más elevado al del mismo periodo de
2019. En comparación, durante la crisis del 2001, la pobreza subió 20 puntos y
llegó a casi el 66%. Se observa que en término de desempleo y pobreza los
impactos de la crisis del Coronavirus son bastante menores en comparación al
estallido del 2001. Según el mencionado informe de la UCA esto se debe a las
políticas aplicadas por el gobierno nacional (por ejemplo, sin las transferencias
sociales, estiman que la pobreza hubiera ascendido al 53%).
A modo de balance final
Desestimando
cualquier relato maniqueo, estamos ante una de las crisis más fuertes que
atravesó el mundo en general y el país en particular. En cuanto a lo negativo,
los datos de caída del PBI y de muertes por millón de habitantes hablan por sí
mismos. Mucha tinta se escribirá en el futuro cercano para ayudarnos a comprender
cuanto puede atribuirse a la crisis precedente, al shock externo y a las
medidas del gobierno. En cuanto a lo positivo, se despejaron los escenarios
apocalípticos de default, brusca devaluación e hiperinflación y se mitigaron
los efectos sobre el desempleo y la pobreza. La nueva “normalidad” traerá el
desafío de reconstruir economías golpeadas con un trasfondo de niveles elevados
de desigualdad.