LA DIGNIDAD DE LA MEMORIA
Una sola vez estuve
en la misma habitación que Musa. El día que comenzó la Megacausa. Se hacia
difícil reprimir la tentación de mirarlo. De transmitirle toda la rabia, el
dolor, el horror que había sembrado. Huracán de maldad. En todos los relatos
que fuimos alojando antes del testimonio aparecía siempre su nombre, además de
los del grupo de tareas que comandaba. Había también episodios de encuentros
callejeros, en los que su presencia volvía a hacerse sentir y paralizaba. Ese nombre
repetido mil veces como un mantra, Musa, para conjurar el miedo, Musa, para
exorcizar el daño, Musa, para construir diques que separen del horror.
Los juicios sacaron a
la luz la verdad histórica, permitieron a las víctimas y familiares encontrar
las palabras para nominar lo indecible, después de décadas de terror y
silencio. Por lo que era preciso, antes del día de testimoniar, que los
testigos tuvieron un espacio en el cual desplegar su relato, tramitar un poco
la angustia que suscitaba el reencuentro con los recuerdos, intentar ordenar
las palabras, lograr dar cuenta de los padecimientos vividos, para procurar
justicia.
Fue así que conocí a
Leticia. Llegaba a Santiago para el juicio después de muchos años afuera. Fui a
buscarla al aeropuerto y esa misma tarde comenzaron los largos encuentros en
los que me contaría su historia y la de su familia, ligada para siempre a la
cruel historia de este país. Era sorprendente como había conservado intacto en
su memoria, detalles, recuerdos, pequeños sucesos que almacenaba a la espera de
esto que estaba a punto de acontecer. Atesoraba todas las cartas escritas, los
habeas corpus, los recortes de diarios en una carpeta amarilla que había ojeado
y leído innumerables veces. Aguardando, aguantando, recordando, convirtiéndose
en la testigo perfecta. Lo traumático tiene ese efecto de impresión profunda,
de sellarse de manera indeleble en la memoria y en el cuerpo. Casi de manera
cinematográfica podía contar los días previos y posteriores al secuestro. Esa
tarde, en la que me contó los sucesos que cambiaron su vida para siempre, ambas
volvimos a escuchar las puertas abiertas a patadas, el motor del Opel verde
color limón levantando polvareda en las calles de ese pueblito. Ese relato que había
escuchado de boca de sus vecinos.
Llego el día de
testimoniar. Caminamos juntas hasta las sillas que estaban delante del
tribunal. Era difícil respirar. Siempre tuve la impresión de que el aire dentro
del recinto era otro, mas denso, como una sustancia viscosa a la que le costaba
penetrar en el cuerpo. Lo de siempre. Sentarme del lado de los genocidas, la
testigo a mi otro costado. El cuerpo dividido en dos. Casi podía sentirlo. Mi
lado izquierdo se paralizaba, rígido, haciendo de barrera a las miradas de los
represores. Del lado derecho casi que podía abrazar con cientos de tentáculos
invisibles que tomaban de las manos, alcanzaban el vaso de agua. Allí
estábamos. Fue un largo relato, que ya se había grabado en mi memoria también.
Incluso esa noche anterior había soñado todo. El Open verde color limón
llegando para sembrar el horror, patrullando impunemente por las calles del
pueblo todo el día, parando en despensas, mostrando las caras desenfadadamente.
Luego la desaparición, lo impensable. Aun la veo. Parada en la vereda de su
casa. Su pequeña hija agarrada de su pollera. La dificultad de creer lo que le
cuentan sus amigos que llegan sin él. El horror de vivir en lo sucesivo la
búsqueda infructuosa, las puertas que se cierran, la espera en vano. El Opel
verde color limón estacionado en la DIP. 35 años después estaba ahí, en esa
inmensa dignidad que le daba la búsqueda de justicia.
Cuando terminó de testimoniar salimos juntas y me dijo: es la primera vez que me siento viuda. El velorio de Rubén es hoy.
Psicoanalista
Miembro permanente Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud
Ex acompañante Juicios de Lesa Humanidad.