LA EDITORIAL COMO POLITICA
El discurso de Guillermo Saccomanno en la inauguración de la 46º
Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, ha puesto en escandalosa evidencia
la inequidad existente en la industria editorial. El libro es territorio liberado
al desenfreno del Capital, con un Estado en retirada que no contribuye a
compensar desigualdades.
Entonces, en reuniones de trabajo con editores independientes, no
podemos menos que preguntarnos ¿para qué editar? ¿Cuál es el sentido de nuestra
labor?
Entre las muchas respuestas posibles, encuentro una que quizás me
conforma más que el resto y esa respuesta se sustenta en dos premisas:
Primera, editamos para hacer justicia frente a un orden
inequitativo en el reparto de la palabra impresa.
Segunda, consecuencia de la anterior, editar es un acto político.
La dimensión política de la labor editorial consiste en la lucha
por la intervención activa en el reparto de la palabra impresa, en orden a
restablecer, aun de manera parcial, la equidad entre las voces. Implica la
creación de condiciones de posibilidad para que el discurso circule entre aquellas
voces que invariablemente están destinadas a quedar afuera de todo espacio.
La palabra impresa ha sido históricamente administrada por
agencias corporativas que persiguen intereses comerciales y políticos. Las
grandes editoriales y grupos editoriales, los diarios y revistas de mayor
tirada, los portales de noticias, juegan a que esa palabra circule por cauces
que garanticen la estabilidad de un orden favorable. Son los dueños del papel,
de los medios de información, del aparato tecnológico. Son los dueños de
nuestras palabras y de nuestros silencios. Sus redes se extienden hasta formar
nudos en el corazón del sistema financiero y productivo. Lo que significa que
toda propuesta que ponga en riesgo sus intereses o que simplemente no contribuya
a lograrlos, no tenga la menor acogida. Está sentenciada a guardarse en una
cripta, desde el vamos.
Las editoriales independientes –y las editoriales universitarias
como parte de ese colectivo–, tenemos en nuestras manos el juego de un pequeño
poder. Pequeño, acotado, a escala micro, pero que sumados los esfuerzos puede
llegar a inclinar la balanza para revertir ese reparto desproporcionado entre
voces y silencios. Nuestra labor tiene incidencias insoslayables en el campo
discursivo.
Se trata de un poder de rescate: acompañar propuestas que –aun
siendo valiosas y necesarias– nunca hubieran sido alojadas por las editoriales dominantes.
Se trata tan solo de escuchar las voces del viento. Voces que viajan desde
tiempos ancestrales y que piden su lugar en el universo de la letra impresa.
Voces huérfanas de edición. La industria cultural no las escucha, porque su
resonancia es un murmullo que no satisface su voracidad. Porque no aseguran un
beneficio económico de corto plazo.
Pero ahí están nuestras editoriales independientes, para escuchar,
para reproducir y para propagar vibraciones desde sus páginas curadas con mano
artesanal y con vocación distributiva. Propuestas literarias de autores
noveles, desconocidos, o simplemente lejanos, del “interior profundo”; proyectos innovadores que quieren resonar por
fuera de sus gabinetes; patrimonios simbólicos rescatados del olvido y tanta
letra viva que busca la página hospitalaria que la aloje.
Estamos hablando de justicia. Estamos hablando del justo reparto
de la palabra. Un derecho que debiera estar garantizado en el seno del Estado.
Es en este sentido en el que estamos convencidos de que hay un desafío
ético-político en la gestión editorial. El desafío de repartir con equidad los
espacios de la palabra impresa. Generar el contrapeso necesario a la inequidad
de las grandes agencias de la tinta y el papel.
Quizás nuestra fuerza sea limitada. Es cierto. Pensémonos dentro
de las medidas de nuestra exacta dimensión, parafraseando a ese gran editor que
ha sido Francisco René Santucho. Pero si sumamos la calidad de nuestros
procesos, la articulación en redes, el valor simbólico de nuestras propuestas y
el trabajo sostenido, podremos lograr al menos en parte restablecer el
equilibrio del fiel de una balanza, demasiado inclinada de un solo lado.
Las editoriales independientes tenemos un desafío de equidad: Recoger las voces esparcidas por el viento.
