LA EDITORIAL COMO POLITICA

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Sábado, 14 de Mayo del 2022

LA EDITORIAL COMO POLITICA

El discurso de Guillermo Saccomanno en la inauguración de la 46º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, ha puesto en escandalosa evidencia la inequidad existente en la industria editorial. El libro es territorio liberado al desenfreno del Capital, con un Estado en retirada que no contribuye a compensar desigualdades.

Entonces, en reuniones de trabajo con editores independientes, no podemos menos que preguntarnos ¿para qué editar? ¿Cuál es el sentido de nuestra labor?

Entre las muchas respuestas posibles, encuentro una que quizás me conforma más que el resto y esa respuesta se sustenta en dos premisas:

Primera, editamos para hacer justicia frente a un orden inequitativo en el reparto de la palabra impresa.

Segunda, consecuencia de la anterior, editar es un acto político.

La dimensión política de la labor editorial consiste en la lucha por la intervención activa en el reparto de la palabra impresa, en orden a restablecer, aun de manera parcial, la equidad entre las voces. Implica la creación de condiciones de posibilidad para que el discurso circule entre aquellas voces que invariablemente están destinadas a quedar afuera de todo espacio.

La palabra impresa ha sido históricamente administrada por agencias corporativas que persiguen intereses comerciales y políticos. Las grandes editoriales y grupos editoriales, los diarios y revistas de mayor tirada, los portales de noticias, juegan a que esa palabra circule por cauces que garanticen la estabilidad de un orden favorable. Son los dueños del papel, de los medios de información, del aparato tecnológico. Son los dueños de nuestras palabras y de nuestros silencios. Sus redes se extienden hasta formar nudos en el corazón del sistema financiero y productivo. Lo que significa que toda propuesta que ponga en riesgo sus intereses o que simplemente no contribuya a lograrlos, no tenga la menor acogida. Está sentenciada a guardarse en una cripta, desde el vamos.

Las editoriales independientes –y las editoriales universitarias como parte de ese colectivo–, tenemos en nuestras manos el juego de un pequeño poder. Pequeño, acotado, a escala micro, pero que sumados los esfuerzos puede llegar a inclinar la balanza para revertir ese reparto desproporcionado entre voces y silencios. Nuestra labor tiene incidencias insoslayables en el campo discursivo.

Se trata de un poder de rescate: acompañar propuestas que –aun siendo valiosas y necesarias– nunca hubieran sido alojadas por las editoriales dominantes. Se trata tan solo de escuchar las voces del viento. Voces que viajan desde tiempos ancestrales y que piden su lugar en el universo de la letra impresa. Voces huérfanas de edición. La industria cultural no las escucha, porque su resonancia es un murmullo que no satisface su voracidad. Porque no aseguran un beneficio económico de corto plazo.

Pero ahí están nuestras editoriales independientes, para escuchar, para reproducir y para propagar vibraciones desde sus páginas curadas con mano artesanal y con vocación distributiva. Propuestas literarias de autores noveles, desconocidos, o simplemente lejanos, del “interior profundo”;  proyectos innovadores que quieren resonar por fuera de sus gabinetes; patrimonios simbólicos rescatados del olvido y tanta letra viva que busca la página hospitalaria que la aloje.

Estamos hablando de justicia. Estamos hablando del justo reparto de la palabra. Un derecho que debiera estar garantizado en el seno del Estado.

Es en este sentido en el que estamos convencidos de que hay un desafío ético-político en la gestión editorial. El desafío de repartir con equidad los espacios de la palabra impresa. Generar el contrapeso necesario a la inequidad de las grandes agencias de la tinta y el papel.

Quizás nuestra fuerza sea limitada. Es cierto. Pensémonos dentro de las medidas de nuestra exacta dimensión, parafraseando a ese gran editor que ha sido Francisco René Santucho. Pero si sumamos la calidad de nuestros procesos, la articulación en redes, el valor simbólico de nuestras propuestas y el trabajo sostenido, podremos lograr al menos en parte restablecer el equilibrio del fiel de una balanza, demasiado inclinada de un solo lado.

Las editoriales independientes tenemos un desafío de equidad: Recoger las voces esparcidas por el viento. 



Francisco Rene Santucho



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