LA GEOPOLITICA EN EL FRENTE DE TODOS
“Hoy en día, no significa la globalización nada que pueda ayudarnos fundamentalmente, no se trata de una transferencia del conocimiento del Norte hacia el Sur. No se trata de un comercio exterior que nos permita colocar nuestros productos. Mientras se nos habla con la mentira de que tenemos que abrir nuestras economías, ellos la cierran e impiden la colocación de nuestros productos en los países más avanzadas de la tierra.”
Raúl Alfonsín, Mayo de 2000.-
CORRIENDO EN CAMPO
MINADO: UNA DEUDA MÁS GRANDE QUE LA EXTERNA
Apenas cumplía un mes de gestión, el Presidente se embarcaba en un vuelo transoceánico para visitar lo que sería su primer país investido de la calidad presidencial. En ese caso fue Israel. ¿El motivo protocolar? Los 75 años de la liberación del Campo de Auschwitz-Birkenau a manos del Ejército Soviético. ¿El motivo de fondo? Comenzar a colectar, una a una, adhesiones de Jefes de Estado, susceptibles de influir en sus nacionales tenedores de bonos de nuestra deuda, para consolidar lo que sería, más adelante, una epopeya inimaginable: renegociar en mejores términos una alborotada e insoportable deuda externa con los acreedores privados que asciende al 90% del PBI argentino. Así fue haciendo escalas en cada uno de las naciones más preponderantes del universo europeo como Italia, Alemania, Francia y España. Recibido con insoslayables galardones en cada uno de estos, Alberto no sostuvo con ninguno de sus pares reuniones menores a la hora y media. Aun así se dio tiempo para visitar a quién, a mi criterio, sería uno de sus principales objetivos aliados a pesar de la innegociable distancia que los separa en cuanto al Aborto: el Papa Francisco.
Según las propias palabras del Presidente, a cada Director de Estado lo puso a tono con la necesidad imperiosa que tenía Argentina de reestructurar el cráter de empréstitos que había dejado Macri tras su paso por la gestión. Les insistió en la calidad de “inviable” de la deuda, término sostenido por el propio FMI. Les solicitó todo el apoyo y todas las gestiones posibles para ayudar a la Argentina a obtener un acuerdo técnicamente favorable en la propuesta de renegociación. Y lo consiguió. Logró que Martín Guzmán cerrara, en pleno pico pandémico, un acuerdo con el 99% de los acreedores privados y así desahogar al país de la presión financiera internacional que tenía. Es que la deuda y los riesgos de default, en una estructura económica como la nuestra, con el nivel de restricción y condicionamientos externos que porta, supone prácticamente el jaque para cualquier gobierno que pretenda ordenar las cuentas, no solo desde lo económico, sino desde lo político, desde lo social y desde lo soberano. Las presiones de los grupos financieros que adquieren deudas de países emergentes atraviesan todos los órdenes de una realidad nacional y diezma, rápidamente, las intenciones de cualquier gobierno popular y progresista para gobernar sin condicionamientos. Como ya es sabido las presiones financieras eclosionan economías, destrozan los (ya destrozados) tejidos sociales, desmembra las industrias y dinamita cualquier proyección política. Por eso, Alberto Fernández ordenó correctamente las prioridades y las formas. Y salió en busca del primer acierto a distancia: conseguir mejores condiciones de deuda para hacer arrancar una máquina económica parada y corroída.
Podríamos decir, sin temor a errores, y en las vísperas de un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional por la renegociación del crédito de 2018, que toda la Política Exterior de Alberto Fernández en su primer año de gestión, ha estado íntimamente condicionada por la aniquilante deuda recibida. Sin embargo, a pesar de estar apuntado desde todos los frentes internacionales, se ha dado margen para hacer de las suyas. Y vaya que bien hechas.
CONDUCIENDO Y
ACORDANDO: LA TÁCTICA PARA LA REORGANIZACIÓN REGIONAL Y LA ALIANZA MULTIPOLAR
Es importante traer al recuerdo dos consideraciones, verdades de Perogrullo diríamos: la primera es que no estamos en la América Latina de la primera década y media de este siglo, donde proliferaban los gobiernos de izquierda, progresistas, donde las alianzas regionales eran una dinámica consolidada para avanzar en los programas de los pueblos; la otra, nos gobierna Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, los dos máximos cuadros del peronismo contemporáneo, inmensos Estadistas y, sobre todo, ajedrecistas de la geopolítica desde siempre. Recordar estas observaciones, tal vez, nos dilucide con mayor soltura el panorama de la Política Internacional de este gobierno.
Alberto Fernández asumía el 10 de Diciembre pasado en un contexto regional extremadamente hostil. Si tomamos el mapa físico-político de Argentina, ni bien asumió, rodeado de gobiernos de derecha, cuando no fascistas como Bolsonaro, el Presidente comenzó a tirar, desde su consagración electoral, las primeras líneas de discusión política para la nueva América Latina. Sin asumir, ante la consumación del golpe de estado en Bolivia que destituyera a Evo Morales, Fernández no titubeó un segundo en jugar su eterno rol de mariscal: cruzó llamados con el Presidente Mexicano Andrés Manuel López Obrador (diríamos su único aliado confeso aunque alejado geográficamente) para que pudiera México recibir como refugiado al depuesto presidente y vicepresidente boliviano. Para decirlo de otro modo, Alberto, sin haber asumido, y Lopez Obrador le salvaron la vida al líder aymara boliviano y su vicepresidente Alvaro García Linera. Apenas asumió al frente del país, le ofreció a Evo venirse a la Argentina para, desde las cercanías con Bolivia, comandar el proceso de recuperación del poder. Desde entonces, nuestro país no ha reconocido al gobierno de facto de Jeanine Añez Chávez, no ha designado embajador y no ha escatimado en tratar al régimen de dictadura.
Sin retirarse del Grupo de Lima, más bien quedándose con una fuerte posición crítica, Alberto lideró la fundación del llamado Grupo de Puebla, una mesa de dirigentes políticos regionales de distintos países cuyo objetivo central es volver a instalar “la hora de los pueblos” en América Latina. Puebla está integrado, entre otros, por Rafael Correa, Lula Da Silva y Dilma Roussef, Pepe Mujica, Marco Enríquez-Ominami, Evo Morales, entre otros. Bien podría ser un remake de aquella gloriosa etapa de oro del progresismo latinoamericano. Pero lo cierto es que hoy, a diferencia de aquella, el grueso de los integrantes del Grupo de Puebla no gobiernan, han perdido el poder en sus países y se intenta volver a construir frentes políticos para desarmar el aparato neoliberal que el pentágono ha consolidado desde hace media década.
Argentina ha tensado fuertemente relaciones con Chile. Fernández ha declarado públicamente que sigue de manera minuciosa los aconteceres de protestas masivas en el país cordillerano y que apoya abiertamente el plebiscito por una nueva constitución chilena que deje atrás la instaurada por Pinochet. A pesar de sostener una relación cordial con Piñera, Fernández participa de la idea de que se va apagando la llama pinochetista de casi 50 años y comienza a vislumbrarse una época de democracia plena, con un Estado Social de Derecho y un pueblo chileno organizado en las calles. Con Brasil la relación ha sido aún más tediosa. Bolsonaro se hartó de despotricar contra nuestro país, contra el gobierno del Frente de Todos y en particular contra Alberto Fernández. Este ha decidido jugar en la mesa del silencio, con indiferencia discursiva, aunque prepara, junto a Lula y Dilma, el escenario de resurgimiento del PT en Brasil que pueda cortar con un desgobierno infame, reaccionario, violento, hostil, mentiroso y conflictivo para la región. Bolsonaro tiene claro que Argentina, más allá de socio comercial, significa el pequeño espejo donde las alianzas regionales de traslucen, donde se puede consolidar una retaguardia política contra su gobierno y ser, nuestro país, un epicentro de la reorganización regional antiimperalista.
LA PANDEMIA EN LA GESTION INTERNACIONAL
Argentina estuvo dentro de las naciones ápices desde la pandemia. Ante la azolada intercontinental de la epidemia del Covid19, el gobierno nacional decidió tomar durísimas medidas de restricciones sociales, turísticas, económicas y ambulatorias. Con el diario del lunes y la catástrofe europea, Fernández decidió importar un método de combate al virus que no coincidía con los lineamientos de los grandes centros del mundo. Así comenzó a ganarse de rival a la prensa internacional cuando decidió imponer el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) en su formato de Fase 1. Lideró durante el primer par de meses los índices mundiales de infectados y de muertos por millón. Luego, ante la ruptura del acuerdo social pandémico, aquellas estadísticas cayeron y comenzaron a proliferar las negativas. Hoy Argentina pasó a integrar la lista de las principales naciones en muertos por millón y más aún en infectados/población.
No obstante, el temple de gestión pandémica internacional de Alberto no se ha modificado en demasía. Inmerso en una de las más inéditas guerras comerciales entre EEUU y China, no se alineó a la versión racista de Trump de endilgar la culpa al gobierno asiático. Más bien buscó en Xi Jinping un fuerte aliado para suministrar de insumos, recursos, Ciencia y Técnica del Covid19. Ahora Argentina integra una selectiva lista de países a los que China suministrará, de manera preferencial, su vacuna contra el coronavirus.
Otro fuerte aliado que se destapó hace algunas semanas es el Primer Ministro Ruso, Vladimir Putin. Luego del viaje secreto de Carla Vizzoti a Rusia, Argentina cerró un acuerdo bilateral por el cual el gobierno de Putin suministrará a nuestro país entre 10 y 25 millones de dosis de la vacuna Sputnik V. Contra todo pronóstico, Alberto se jugó por la vacuna que más dudas ha sembrado la comunidad internacional acerca de su efectividad. Sin embargo, de a poco se van abriendo los delicados datos que arrojan luz a la cuestión científica de la vacuna. Al parecer y según la óptica del reconocidísimo Dr. Hugo Pizzi, en la relación efectividad/aplicación, la Sputnik V sería la vacuna que más ventaja saca al resto. El gesto de Putin a Fernández, y al decir de muchos analistas con fuerte intervención de Cristina, coloca a la Argentina adentro de un complejo mapa geopolítico mundial donde Rusia y China integran una sociedad indisoluble contra las intenciones norteamericanas de conquistar la región de medio oriente y América Latina.
Amén de esto, y haciendo gala de su fama de pragmático, el gobierno argentino firmó convenio con Astrazeneca, el laboratorio que produce la vacuna de Oxford, y permitió desarrollarla en nuestro país, lo que permitirá un rápido y económico acceso ante la aparición de la dosis. Idéntico tratamiento tuvo las relaciones con el Laboratorio Pfizer, quién firmó un ambicioso acuerdo con el gobierno para producir sus ensayos en el Hospital Militar a cargo del prestigioso Dr. Fernando Polak.
VENEZUELA Y LA REGION
Sin dudas la cuestión venezolana es la que más divide aguas para adentro del Frente de Todos. Sin demostrar grandes fisuras ideológicas pero coexistiendo para su interior una heterogeneidad propia de un frente político de estas envergaduras, el gobierno ha tenido blancos y negros, y fundamentalmente grises con respecto a la trama venezolana. Las posiciones son mayormente claras para adentro del gobierno. Lo que no son claras son las definiciones que entran en pugna a la hora de jugar las piezas de la geopolítica.
Al asumir el gobierno, Fernández ordenó a su canciller Felipe Solá la expulsión de la embajada impuesta por el autoproclamado presidente venezolano Juan Guaidó. No reconoció a este como “presidente encargado” de Venezuela. Desandó completamente lo hecho por Mauricio Macri en esta materia. Y entabló relaciones formales (aunque sin reconocer de hecho) con el Gobierno Bolivariano de Venezuela en cabeza de Nicolás Maduro. Este último celebró la victoria del Frente de Todos como suya y exhortó a Alberto y Cristina a “reconstruir la patria grande de Chávez y Kirchner”. Sin embargo, los gestos entre las naciones no fueron del todo definidos. Venezuela no profundizó en demasía sus intereses por la Argentina y Argentina respondió con serios titubeos a la cuestión internacional contra Venezuela en los organismos multilaterales.
En el pasado mes de Octubre, la Alta Comisionada por los Derechos Humanos Michelle Bachelet elevó a la ONU un informe sesgado y parcializado acerca de supuestas violaciones contra los derechos humanos en Venezuela. Venezuela, por su parte, elevó su propio informe analizando caso por caso los suscriptos por Bachelet y desacreditando que existieran las mencionadas violaciones sistemáticas a los DDHH. La Argentina, a pesar de bregar por el levantamiento del bestial bloqueo contra Venezuela y Cuba y solicitar una salida pacífica y política a la crisis social, votó por aceptar el Informe de Bachelet instando a que la Alta Comisionada prosiga con su tarea de recopilación de información al respecto. Algunos lo entendieron como un espaldarazo a Maduro, otros, como el que suscribe, sostenemos que la definición forma parte de un wing-wing que Argentina planea realizar en este tema para no sofocar ánimos innecesarios, a la vez que expresa su enérgico rechazo al genocida e infame bloqueo con el que Estados Unidos presiona al pueblo venezolano.
El gobierno, por mucho que parezca, no le saca el culo a la jeringa. Por el contrario, expresa las contradicciones propias de un Estado soberano en soledad regional que intenta, inteligentemente y con astucia política, reorganizar un bloque latinoamericano lo susceptiblemente fuerte como para comenzar la construcción de una sólida hegemonía geopolítica que permita perdurar en el tiempo. No elude compromisos ni expresiones. Alberto Fernández no se caracteriza por la falta de definiciones para los temas políticos, no, en absoluto. Como sucedió con Julian Assange, donde pidió la inmediata liberación del ex director de Wikileaks en medio de un controvertido proceso de extradición para ser juzgado en territorio yanqui luego de que el cipayo presidente ecuatoriano Lenin Moreno lo expulsara de la embajada de Ecuador donde estaba refugiado desde 2012.
Lo cierto es que Argentina ha cambiado el rumbo en materia de política internacional de la mano del Frente de Todos. Y lo ha logrado hacer contra viento y marea, en una región plagada de gobiernos neoliberales y socios carnales de EEUU. A pesar de esto, con la tenacidad propia de un proceso sin mezquindades soberanas, Argentina lidera el proceso de reconstrucción regional popular. Y, a diferencia de otros líderes, Alberto lo hace desde el gobierno, desde la gestión del estado, desde la responsabilidad social y económica que reviste la presidencia, con el desafío de una democracia plebiscitaria cambiante como la nuestra, sin arrojar balas de sal, sin traicionar el programa político por el que, en otra época, Néstor Kirchner peleó con sagacidad junto a Chávez y Lula. Hoy ya no está Lugo en Paraguay ni el Frente Amplio en Uruguay. Evo fue derrocado en Bolivia. Zelaya ya no existe en la política de Honduras y Correa se encuentra batallando pero desde el exilio.
Argentina se encuentra sola en este naufragio regional, esbozando contenido programático, repensando el bloque latinoamericano emancipador y fundamentalmente dando batalla interna y externa a los agentes coloniales. La postal más clara se ha puesto de manifiesto en la emotiva y memorable despedida a Evo Morales y Alvaro García Linera quienes, horas antes de la asunción del nuevo Presidente boliviano por el MAS Luis Arce, cruzaban la frontera argentina-boliviana acompañados del Presidente argentino. Evo y Alberto se fundaron en un abrazo, reconstructor, de hermandad, como dos líderes, amigos, que se quieren, que se cuidan y que sueñan, en un tiempo no muy lejano, volver a levantar las banderas por las que murieron Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Fidel Castro.