UN VIAJE AL MONTE
En el día mundial del Medio Ambiente, Francisco Barrionuevo Sapunar nos propone tres libros para adentrarnos con la lectura en el monte santiagueño.
El árbol, es un
elemento del ecosistema al que difícilmente pueda endilgársele males, el árbol
es noble, por extensión “el monte es
perfecto y grandioso” diría nuestro coterráneo, Orestes di Lullo. Más o
menos conocidas sus bondades, la mayoría de nosotres advertirá su capacidad de
limpiar el aire y albergarnos en su sombra de los calores, por ejemplo.
Propongo conmemorar
la importancia de esta fecha a partir de tres libros o caminos que nos permitan
adentrarnos a la magia del monte y seguidamente plantar un arbolito en algún
sitio que lo requiera para obrar en consecuencia.
El lenguaje construye
puentes, habida cuenta da la literatura. Ese lenguaje progresivo propone
horizontes que pueden parecer inconcebibles y a la vez fascinantes. Porque en
todo caso ¿quién ha cancelado la posibilidad de que los arboles caminen durante
la noche o sus raíces se comuniquen para advertirse posibles obstáculos? Hay un
dialogo necesario con la infinitud de la vida allí, nos descubren hacia dentro
y nos transforman para amar el monte. Si en última instancia la ciencia anda a
tientas en la oscuridad de la naturaleza, cabe preguntarse ¿se puede conocer lo
que no se imagina?
Antes de emprender el
viaje debemos subir al carro que lleva a 1Jorge W. Abalos quien nos
advierte…” el bosque asume condición de
monstruo; un monstruo con presencia de siglos, de siempre… y antes de entrar en
ese ojo de la espesura tal vez te conviertas en parte del bosque”. El entomólogo
describe con minucioso sentimiento las gentes que se funden con el paisaje que
lo circunda y disuelve todas sus partículas hasta volverse el alimento de la
tierra, a la vera del río salado los shalacos van endulzando el aire caliente, con
sus juegos y ocurrencias.

Luego desde el país de la selva, 2Ricardo Rojas nos hospeda en una “…Comarca de limites salvajes amojonada de montes y mensurada de ríos, las expresiones humanas de sus habitantes asumen las ásperas cortezas, desfiguradas en las penumbras del crepúsculo: algún hueco siniestro que semeja el ojo solitario de un ciclope; ese nervudo gajo, el poderoso bíceps de un atleta; y la arboleda toda, un petrificado ejercito de gigantes. Es bueno saber que sobre sus imponentes estaturas se sostiene el firmamento, y en su cobijo los pájaros descansan entre ramas para luego sembrar las estrellas en su sitio. En el rostro del hombre están también las vetas de la madera, reminiscencias que cala el tiempo y la intemperie.

Para continuar el
periplo vegetal hay que seguir la picada que abre 3Clementina Quenel
quien “…busca la raíz de un libro, donde
la esencia de la tierra le llene las paginas, ... su relato absorbe nuestra
atención…, la vincha selvática se apretó
a su frente, a sus fosas nasales. Venía observando, que a pesar de la tierra
seca, doquier latía el brote vigoroso de la savia….una rama que toca a la otra,
una flor que se deshace, le devolvían el exacto sentido de la vida, y le agrandaban hasta la angustia, el anhelo del
monte..., siempre obstinado en el ejemplo vertical del árbol, ¡voluntad caudalosa
de abrazo solar sobre la tierra!
Quería desentrañar el idioma del bosque, pero voces sin ruidos superaban sus imágenes: debían ser los pechos encorvados, los riñones rendidos, los músculos relajados o acaso el estertor del bosque yacente…con el alarido moribundo del tallo que se tumba. Acaso, sin el recuerdo de nadie”.
Nuestra relación con la naturaleza demanda un cambio, esta pandemia nos lo enseña impiadosa, comenzar por el lenguaje puede ser una alternativa.

1
Shalacos, Jorge Washington Abalos.
2
El País de la selva, Ricardo Rojas.
3El Bosque tumbado, Clementina Rosa Quenel
Junto a la lectura se sugiere escuchar "El arbol" interpretada por Nacho Sanchez.